Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capitulo 4 Capítulo 5 Capitulo 6 Capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12 Capítulo 13






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ALFREDO GARCÍA FRANCÉS

BALAS DE CARMÍN



BALAS DE CARMÍN
Alfredo García Francés
Copyright © 2012 Alfredo García Francés

Reservados todos los derechos. De acuerdo con la legislatura vigente pueden ser castigados quienes sin la preceptiva autorización del autor reprodujeran, o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte. Ninguna de las partes de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de ninguna forma, ni por ningún medio, sea electrónico, químico,

mecánico, magneto-óptico, grabación, fotocopia o cualquier otro, sin previa autorización escrita. Todos los personajes son producto de la imaginación del autor.
ISBN 978-84-96-647-20-6
Diseño de cubierta: Fernanda Fernández-Bogotá
"Un beso es siempre casto, la palabra que lo describe es siempre impúdica."

Sándor Márai. La amante de Bolzano.
"Estar sólo es cargar eternamente el doloroso recuerdo de quién ha fallecido."

Alfredo Bryce echenique. Entre la soledad y el amor.
"Mi interior está tranquilo, gracias a Dios, me acostumbro al golpe terrible."

Stendhal. Rojo y Negro.

ÍNDICE
Primera Parte: Colombia
Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capitulo 4 Capítulo 5 Capitulo 6 Capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12 Capítulo 13
Segunda Parte: Panamá-Miami
Capítulo 14 Capítulo 15 Capitulo 16 Capitulo 17 Capítulo 18 Capítulo 19 Capítulo 20 Capítulo 21 Capitulo 22 Capítulo 23 Capítulo 24 Capitulo 25 Capítulo 26
Tercera Parte: Madrid
Capítulo 27 Capítulo 28 Capítulo 29 Capítulo 30 Capítulo 31 Capítulo 32 Capítulo 33

Capítulo 34 Capítulo 35 Capítulo 36 Capitulo 37
Primera Parte Colombia

Capítulo 1


El paso del tiempo ha hecho que los recuerdos se difuminen, de igual manera que se desvanece la sierra bajo la espesa neblina grisácea que la sepulta.
Mientras aguardo intento recordar y, en lo más hondo de mi alma, rebobino la verdadera película de mi vida. Según parece, igual les ocurre a quienes se encuentran en trance de muerte.
Me llamo Melania Bejarano, aunque todos me llaman Lany, tengo 23 años y me secuestraron al salir de la Universidad de los Andes en Bogotá, un día igual a todos, en el que nada hacía suponer que iba a comenzar el terrible infierno que estoy viviendo.
Llevo casi dos años secuestrada en estos montes y de Lany la despreocupada muchacha raptada y vendida por una banda de delincuencia común a los guerrilleros de las FARC, desdichadamente para mí, ya apenas queda nada.
Está casi amaneciendo, la humedad, el frío y el miedo me hacen tiritar y me estremezco rechinando mis dientes; no he dormido un minuto en toda la noche pensando si voy a estar a la altura de lo que me toca vivir. En el campo flota un olor a tierra mojada, al café que prepara el ranchero, a la madera quemada de las fogatas y al aceite que impregna el revólver Colt Anaconda de 8 pulgadas que sostengo en las manos; muy pronto, a la hora de la verdad, vendrá un hijueputa que introducirá en el barrilete una bala calibre 44 Mágnum.
Los dos kilos y medio que pesa esta arma tiran de mis manos hacia el suelo con más fuerza que una tractomula. Sólo sus rugosas cachas de goma antideslizante impiden que resbale de mis entumecidos dedos hasta el suelo. Mi torturador ha elegido esta arma porque sabe que su peso y la exagerada longitud de su cañón hace imposible que, por sorpresa, la pueda voltear para hacerle tragar un tiro; así que este armatoste estúpido sólo sirve para lo que tengo que hacer, disparar una bala, mientras el propietario del arma permanece seguro a mis espaldas.
Un negro muy joven con uniforme de la guerrilla, sin hablar y con los ojos bajos, pone en mis manos una taza metálica de tinto; sostengo el revólver entre las rodillas y alcanzo a darle un sorbo antes de que con una manotada, el comandante Molina, envíe el pocillo a volar por los aires. Mientras empuño el arma de nuevo me queda en la boca el sabor abrasador del café con ron y un regusto a metal que hace tiempo identifico con el odio.
Nunca antes odié pero no voy a parar hasta rellenarle el cuerpo de bala a Rubén Molina. Y él, que lo sabe, se cuida aunque, por maldad, no puede detenerse y necesita seguir jodiéndome.
Uno de los muchachos sale de una choza jalando de un hombre atado al que otro camuflado aviva

hundiéndole la punta de su AK-47 en los riñones; el tipo, va de civil, sucio y roto y con las manos llagadas atadas con alambre de púas.
—¡Hágale, hágale! ¡Muévase, muévase! —grita el camuflado—, ¡camine...! Venga acá, venga acá...
Prácticamente lo arrastran de la soga mientras el tipo sin zapatos sólo mira donde poner los pies sin lastimarse; el compa que lo jala lo deja caer sentado sobre sus talones, de espaldas a nosotros.
—No me maten.... —murmura el hombre casi sin voz—, ¡por favor, no me maten! —Nadie lo va a matar—intenta calmarlo el guerrillero.

El hombre, del miedo tan tenaz que tiene, comienza a gemir cuando ve que el muchacho se hace a un lado con prudencia.

—¿Quién dijo que no lo matamos? —ríe Molina dirigiéndose a los guerrilleros concentrados para ver el espectáculo—. ¡Hoy toca barrer y barremos! Lo dicen las órdenes del secretariado de las FARC, ¡este man perdió el año! Y hoy nos deja...

—Por Dios, ¡no me maten! —solloza el preso esperando lo rafagueen en cualquier momento—. Por favor, ¡no me hagan daño, muchachos... !

—Quihubo, doctor Bejarano, ¿cómo vamos de ánimo...? —me acerca Molina al preso empujándome por la espalda—. ¡Aquí, le traigo una sorpresita para endulzarle la partida! Bueno, mona, aliste el arma...

—¿Una muchacha...? —exclama el civil ahora con voz orgullosa—. ¿Es que en las FARC no hay hombres con güevas...? ¿Tienen que traer una vieja para matarme...? ¡Pues pilas, muchacha, si la obligan a bajarme, por Dios, hágalo ya...! Usted sabe, si me van a matar... ¡acabemos!

—¡Hágale! —alienta Molina metiendo la bala en el tambor del arma—. No pierdan más tiempo... ¡Píquelo, Lany... !

—¡Por Dios Bendito! —se agita tembloroso el condenado—. ¡No puede ser... !

—Me temo que si, Bejaranito —ríe Molina—. ¡A usted, Doctor, lo va a bajar su propia hijita... ! ¡No se me voltié, hombre...! Que aquí la mona se me impresiona, ¡no se lo ponga tan p'arriba...!

—¿Lany...? —hundió los hombros el doctor Bejarano— . ¿Eres tú, nena...?

—Si, papá, soy yo... —avancé dos pasos hacia él levantando el arma—. Hasta que me encontraste...

—¡Lany, perdóname! —gimió destrozado mi padre—. Yo hice lo que pude para encontrarla... Pero, ¡hágale, mijita, a lo que vinimos...! Debe hacerlo si la obligan... usted es inteligente, ¡tiene que seguir adelante, siempre adelante! ¡Máteme, sálvese y rece por mí... !

—¿Que cree que he estado haciendo desde que supe esto? —respondí pasito—. Todos nacemos para morir, papá... Es su vida o la mía y usted, como Judas, ya me negó tres veces. ¡Hace dos años que me mató negándose a pagar mi rescate! Por favor, ¡la bendición, papá!

—¡Perdóname si puedes, perdóname, hija mía! —se irguió mi padre—. Que Dios la bendiga, nena...
Ahí, en ese momento, se me enfrió la sangre para siempre; me di cuenta de que si vivía tras matarlo, nunca más sería yo misma. Aun así, sujeté el revólver con ambas manos, apunté a su nuca y suavemente tiré del gatillo. Después del estruendo del tiro y el brutal retroceso que casi me arranca el arma me estremecí. Será la humedad, pensé, sintiendo arder el metal del arma.

Yo, hoy lo entiendo, fui peligrosa siempre. Peligrosa para mí porque era imposible obviar los antecedentes familiares que impulsaban a la autodestrucción y al suicidio a mis más próximos allegados. Pero, sobre todo, desde niña era peligrosa para aquellos a los que yo catalogaba como enemigos. Por supuesto, después de que me negara, tantas o más veces que San Pedro a Jesucristo, me fue fácil eliminar a mi papá de mi lista de amigos. Así, cuando tuve que elegir entre su vida y la mía, dar el siguiente paso no fue dificultoso. La opción era evidente y lo maté.
A lo mío lo llaman reacción sicótica maníaca esquizoafectiva. Días después pensé mucho en Edipo, propietario del copyright del más famoso complejo mundial; incluso adapté una versión del mismo a mi sexualidad ya que, si Edipo mató a su padre y se acostó con su madre, yo, lesbiana, al matar a mi papá, no sería más que una Edipa, deseosa de tirar con mamá. Mentiras de los putos loqueros que cada uno opina una cosa diferente. Simplemente ya no quería a mi padre, me vi en la necesidad, tuve que elegir y salvé mi culo.
Mi papá quedó meado, sin media cabeza y con un revoltijo de sesos, sangre y huesos desperdigados delante de él. Mientras contemplaba la escena, oí la risa de Molina y, dejando caer el arma, me acerqué, lo miré a los ojos sonriendo y me alejé despacio.

Capítulo 2


Nací en Bogotá y durante mi infancia fui la niña consentida de papá y mamá. En ese tiempo, aún teníamos una posición cómoda, una casa bonita en Chapinero y éramos una familia unida y feliz. Mi infancia fue alegre, la de una niña querida, aunque, pronto aparecieron las primeras nubes negras en el cielo.
Mi bisabuelo fue un malagueño que, orgulloso como hidalgo pobre, repetía a quién le preguntara por sus orígenes que, él, venía de Antequera, el cruce de caminos en el corazón de Andalucía.
Según las leyendas familiares, a los niños nos contaban que el pobre bisabuelo, pese a vivir cerca, nunca vio el mar por ser Antequera ciudad interior, apartada de la costa por la sierra del Torcal; así, cuando su desaprensivo socio lo arruinó, por primera vez se acercó a las playas y, sin que se sepa por qué, eligió América para rehacer su vida.
Me gusta pensar que llegó pobre y humillado a Bolivia huyendo de la vergüenza y para cuidar allí su dignidad herida; el porqué eligió la cordillera de los Andes también era un misterio que nadie en la familia supo desvelar. De niña me contaron que se aposentó en La Paz pero la dureza del clima y la enorme altitud de la ciudad lo incomodaban mucho; pronto metió de nuevo sus pocas cosas en un baúl y abandonó La Paz para, un 6 de Agosto, día de la Independencia de Bolivia, llegar a Santa Cruz de la Sierra entonces una mera aldea que vivía un eterno verano el año entero.
Decía la tradición familiar que buscaba en aquella ciudad y en las enormes extensiones de selva, manigua y praderas que la rodeaban, un clima más parecido al de su querida Andalucía; supimos que allí se casó con la bella hija de unos ricos hacendados a la que, enamorada hasta la médula del español, no le importó que mi bisabuelo, maletín en mano, ganara su vida intentando vender por las calles enlodadas artículos de tocador, jabones y cremas para las manos. Ella debía tener 17 años y él cerca de 38, se amaban con locura y mi bisabuelo, por pasión, acabó de criarla y malcriarla tras casarse con ella a las tres semanas de conocerla.
Mi joven bisabuela pasó de un hogar repleto de sirvientes, donde cada una de las hermanas tenía su propia niñera, a ser una modestísima ama de casa en dos destartaladas habitaciones de alquiler; sin embargo, no perdió y llegó a inculcarle a su marido el amor por la poesía, la música clásica y la lectura, sin dejarse influir por su familia de la que orgullosos siempre rechazaron ayuda alguna. Un fonógrafo y sus discos fue el único regalo de bodas que aceptó la joven desposada.
Sus papás nunca perdonaron al hambriento español, ladrón de una hija a la que mantenía en la miseria y que tenían destinada para esposa de otro hacendado español viejo amigo de la casa.
Pasó algún tiempo y, sin dejar de preparar nunca el almuerzo de su marido en un brasero de

carbón, entre melodías de Chopin y Mozart, la penuria y la presión de su familia de oligarcas les hizo emigrar.
Tampoco se supo jamás qué los llevó a Colombia, despreciando la riqueza de unos padres desesperados que, antes de perderla, intentaron varias veces matar a mi bisabuelo; en Colombia, más enamorados que nunca, la dulce niña que era ella y el enamorado andaluz, establecieron casa en Bogotá tras descartar, sin que supiéramos porqué, hacerlo en Cartagena de Indias.
De niños, cuando mis padres querían darnos ejemplo de austeridad, nos contaban como, entonces, por la escasez de recursos que sufrían, mi bisabuela con azúcar quemado, uvas pasas y alcohol rebajadísimo en agua, preparaba a su esposo un bebedizo que en algo le recordara los vinos de Andalucía. Y mi bisabuelo, Don José Bejarano, por cautivarla, le decía que ni los más ricos olorosos, finos, ni el Moscatel ni el Pedro Ximénez, ni ningún otro vino generoso de España teníar tan delicioso sabor como el que ella preparaba.
Siguió vendiendo sus productos de tocador y, no tardando mucho, dejó de hacerlo por la calle y alquiló un local con vivienda encima. Debió ser la primera pueblerina perfumería de Bogotá y, de aquellos días, nos contaron a los niños como los bisabuelos fabricaban en la tina del baño un enjuague bucal de mucha aceptación en la ciudad. Tal éxito tuvo el producto llamado Yecorincol que, durante años, mi bisabuelo Don José Bejarano viajó por todos los rincones colombianos vendiendo su preparado estrella; con el tiempo, venida la prosperidad, sería su hijo Alfredo el que llevaría la venta de ese elixir a lomos de mula, en ferrocarril o caminando. Incluso, continuó haciéndolo, cuando entró en la Academia Militar donde se forjó como hombre de armas.
Para entonces, la tienda de Bogotá era ya un floreciente comercio y una legión de proveedores patoneaban Colombia vendiendo el remedio bucal Yecorincol y haciendo aumentar la prosperidad de mis ya entonces ancianos bisabuelos; mientras, mi abuelo, finalizado el curso se presentaba con sus calificaciones ante el bisabuelo a recibir, inevitablemente, las órdenes para sus vacaciones.
—Bien, mijo, no hizo usted más de lo que debía —lo miraba cálidamente con aquellos ojos de miel y uva que yo heredé muchos años después—. Hijito, la vida no es un lecho de rosas, hay que afanarse muy duro para vivir decorosamente y yo persigo que usted no lo olvide nunca. Así, pues Alfredito, ayude a sus papás, ¡coja su maleta y, durante sus vacaciones, viaje Yecorincol sobre vagón!
Esa frase se repitió todos los veranos, año tras año, de manera que para siempre quedó entre los dichos familiares, y, a través de generaciones, la seguimos empleando cuando queremos quitarnos a alguien de encima.
—Por favor —decimos desdeñosamente los Bejarano ante el asombro del interpelado—, ¡viaje usted Yecorincol sobre vagón!
Mi abuelo Alfredo, único varón entre dos niñas de las que una falleció al nacer, heredó de su mamá el amor por la lectura, la música y la belleza, cosa chocante en su ambiente de militares rudos y más aficionados al trago y el puterío que a lánguidos sonetos y nocturnos de Chopin.

Con el tiempo, los prósperos negocios quedarían en manos de Doña Isabelita, mi tía-abuela, que, solterona y sin nada mejor que hacer, los acrecentó vertiginosamente al invertir con acierto una importante herencia recibida de nuestra familia boliviana; pues, hacía mucho tiempo, que sus papás renunciaron a desheredar a mi bisabuela, aquella hija rebelde matrimoniada con un pobretón español. Estamos orgullosos de ser blanquitos, de buena estirpe española y acaudalados, decían siempre nuestros familiares bolivianos. Según comentaba mi abuelo Alfredo, los suegros del bisabuelo, eran de un extremo racismo con la indiada.
Siendo mi abuelo Don Alfredo Bejarano distinguido cadete en los ambientes de la alta sociedad bogotana, conoció a una joven española, granadina, recién llegada a América con su viudo padre, embajador de España en Colombia. Esa fue Doña Amalia, mi abuela, la que amplió el mestizaje familiar con un inestimable chorro de sangre azul. Referente a lo rancio de sus blasones, entre mi familia, circulaba la historia de cuando en su luna de miel por Europa mis abuelos visitaron Granada; ella misma nos narró mil veces la cara de asombro que puso mi abuelo, el militar, cuando tras la misa mayor en la Catedral, ella lo arrastró a rezar un rosario ante la tumba de los Reyes Católicos.
Fascinación que aumentó cuando, sin inmutarse, mi abuelita le explicó que era vieja costumbre familiar rezar ante la sepultura de sus reales antepasados difuntos a los que, desde generaciones, campechanamente apellidaban Tita Isabel y Tito Fernando.
El viejo militar era el amable señor de la casa pero, en su vida, hubo un pasado de violencia del que nunca se habló; la abuela, tan cuidadosa en todo lo que afectara a su esposo, contaba vagamente algunos incidentes de su vida militar, tan ligeramente como quién habla de ir de pic-nic. Nos relató que, ya desde muy niño, participó activamente en la Guerra de los Mil Días tomando parte del lado conservador. Que, como todos los colombianos, vivió como un tremendo trauma la separación de Panamá y, en 1928, participó en los choques del ejército contra los trabajadores de la United Fruits de los que, al poco, surgirían los movimientos sindicalistas.
En 1932 su unidad combatió intensamente contra el ejército peruano para recuperar la franja amazónica invadida alcanzando, en esos combates, las más altas distinciones militares que siempre lució con orgullo. Se retiró con la llegada al poder de los liberales aunque, con la nueva entrada en el Gobierno de los conservadores en 1946, volvería temporalmente al ejército durante la barbarie civil que, en ciudades y campos, se conoció como el período de La Violencia. Tras estas luchas salvajes aparecieron las primeras guerrillas y mi abuelito abandonó definitivamente el ejército.
El viejito fue un verdadero caballero, de gustos finos, racista a morir, muy orgulloso de su apellido y de su aristocrática y beata esposa. Ya pensionado del ejército, todos los días a la misma hora, después de la siesta se sentaba en su butaca a leer mientras, rodeada del servicio de la casa, ella rezaba el rosario; eran tan distinguidos que, si el tiempo era desapacible, con licencia del obispo, ¡el cura de la parroquia venía a dar la comunión a mi abuelita!
En aquella casa era imposible no escuchar ópera; se escuchaba en todo el barrio porque mi abuelo la oía con el volumen más alto. Nunca nadie los vio pelearse, ni cuando los más espectaculares escándalos y despilfarros del abuelo, y su amante, eran la comidilla de Bogotá. Nadie lo cree pero

llegó a contratar una compañía de ópera italiana para que viniese a Colombia el día del cumpleaños de la abuela; los italianos dieron dos representaciones con el aforo del teatro comprado en su totalidad por mi abuelo para invitar a sus amigos, compromisos sociales y, en definitiva, la crema y nata de Bogotá.
La primera representación, elegantísima, para mi abuela y los matrimonios amigos fue exquisita en etiqueta y con deliciosas delicatessen traídas desde Paris y servidas en el ambigú durante el entreacto por una legión de uniformados camareros; al día siguiente otra actuación para la amante del abuelo, la señorita Churretes, a la que asistieron los mismos hombres del día anterior pero, esta vez, dejando en casa a las esposas y llenando el teatro con sus queridas, amantes y putas.
Debió ser tal la orgía de trago y tiradera en los palcos que los artistas interrumpieron la representación, aunque, a plomazo limpio, fueron convenientemente persuadidos y debieron seguir cantando durante toda la noche que duró la parranda.
Aunque toda Colombia se enteró por los diarios, nunca riñeron por éste asunto; creo que ellos regañaban discretamente a puertas cerradas. Un día me atreví a preguntar qué obras interpretaron aquellos italianos y la abuela me respondió que, elegidas por ella, para las señoras fue una ópera decente, La flauta mágica de Mozart, y, para las amigas de la señorita Churretes, una de zorras, la Carmen de Bizet.
Luego, pasara lo que pasara, todos los Días de la Madre eran especiales en aquella casa; mi abuelo era extraordinariamente espléndido en sus regalos y nunca dejó de llegar con hermosísimas joyas, flores, perfumes y, lo más dulce, los dátiles que buscaba hasta debajo de la tierra y que, en carísimos transportes, mandaba traer de todas partes del mundo por ser los preferidos de su esposa; esto se repitió todos los Días de la Madre y por supuesto, en cumpleaños, aniversarios, Navidades y cada vez que el abuelo tenía alguna fechoría que hacerse perdonar.
Nunca supimos porque mi abuelita apodaba despectivamente señorita Churretes a la querida del abuelo; los buenos de corazón decían que porque siempre iba excesiva, aunque torpemente maquillada y, los más chismosos, comentaban que la conoció en un barrio indígena muy pobre, peinada de colitas y, tan niña, que aún le colgaban los mocos.
En cualquier caso, todos coincidían en que esa india era de una belleza incomparable; tanta como su codicia que por poco no arruina al abuelo antes de abandonarlo por un afortunado negro brasileño que pasó de andar descalzo a importar de Londres los zapatos hechos a medida y cosidos a mano. La fortuna, dilapidada en los casinos y los más exquisitos hoteles que recorría acompañado de una legión de amigachos, mayordomos y rodeado por las putas más caras de Europa, aún dio para que el abuelo y la abuela, atemperadas las pasiones por la edad, vivieran sobriamente pero juntos y felices los últimos años de sus vidas.
Como mi abuelo, mi papá Don José Luis Bejarano, doctor en Derecho, título académico que consiguió recorriendo las más benévolas Universidades de medio mundo, fue un ejemplo de cómo terminar de derrochar absurdamente los restos de una fortuna tirándola por la ventana.

Intentó licenciarse en España y sólo sacó en limpio perder algunos años en Salamanca y renovar las relaciones con la familia del bisabuelo, en aquellos momentos, repartida entre Granada y Cádiz. Como es de imaginar aquellos serios militares quedaron espantados ante el derroche de mi papá y no quisieron relacionarse excesivamente con tan excéntrico familiar; sin embargo, esto nos sirvió a mí y a mis hermanos para pasar algunos veranos en España con los que llamábamos primos. Y, a mi papá, para adoptar un aire de señorito andaluz que utilizaba con resultados infalibles en sus conquistas bogotanas.
En cuanto mi padre puso la mano en los dólares y acciones que quedaron tras la muerte de mis abuelos y en las pocas tierras que no arañaron la señorita Churretes y el negro de los zapatos ingleses, comenzó una autentica orgía de irracionalidad, porque, si algo caracterizó a mi papá, fue su espíritu de autodestrucción.
Recuerdo que en nuestra casa de Chapinero, entre decenas de sirvientes había, algo absurdo entonces en cualquier mansión de Bogotá, dos cocineros; uno francés y otro vasco, porque mi papá vestía hasta la ropa interior en Europa, sólo comía y bebía lo mejor y se hacía traer el foie de Francia, los discos de canciones napolitanas desde Italia y hasta hubo ocasiones en que, por glotonería, en avión llegaban angulas de una ciudad española llamada Bilbao. Cuando mi mamá le reprochaba rezongando tanto derroche y tanto gasto innecesario, el siempre respondía lo mismo, déjalo, mi amor, sólo es dinero y nos lo merecemos.
Por supuesto él era aún más racista que todos sus ancestros juntos y ese racismo desmesurado, heredado de generación en generación, hizo que, mientras se lo pudo permitir, nunca entrara en su casa mayordomo, administrador o camarero que fuera indígena o negro, salvo los sirvientes de menos rango y los que trabajaban en el campo o cuidando sus caballos. Y, curiosamente, al igual que el abuelo, sólo olvidaban su racismo para las amantes que eligieron entre las indias más puras de Colombia. Los dos coincidieron en preferir para sus amores indias guajiras, de la costa del Atlántico, ambas tan exóticas como avariciosas en su afán de arrancarles hasta el último centavo antes de abandonarlos.
Mi papá ubicó en la ciudad el más lujoso bufete de abogados que se conoció nunca en Suramérica y, desde el principio, su despacho se distinguió siempre por dos cosas; la primera, por lo exclusivo de sus clientes y, la segunda, porque en los tribunales perdía todos los pleitos. Ocurría que, dictada la sentencia, sus empleados arreglaban los asuntos de sus clientes con tremendos sobornos y, en el peor de los casos, a punta de pistola; así, finalmente, Ley y clientes, todos contentos. Menos los damnificados, generalmente gente pobre, a los que se expoliaban derechos y tierras cuando no la vida. Dijo Cicerón, nada más injusto que la excesiva justicia y, quizás por eso, los sicarios de mi papá la aplicaban a pepazos. Observando, aprendí que la justicia anestesia a los pobres y que los ricos, ellos, nunca la exigían porque utilizaban mejores calmantes.
Mi padre era un señor muy orgulloso de sus apellidos, ustedes son Bejarano decía, y, entonces, llamarse Bejarano era mucha cosa en Colombia; según la vieja tradición familiar descendíamos directamente de los herederos de don Alonso Diego López de Zúñiga y Sotomayor, duque de Béjar, pasado a Las Indias mediado el siglo XVI. Su gente, los Bejaranos, acabaron tomando el gentilicio por apellido.

Éramos descendientes de un viejo linaje muy respetado en Castilla y, yo, lo sabía bien por haberlo constatado durante mis estudios de literatura; el propio Miguel de Cervantes y Saavedra, dedicó al duque de Béjar, su benefactor, el gran libro Don Quijote de la Mancha y, también Góngora, en su dedicatoria de Las Soledades, demandaba el favor de tan importante mecenas.
Ricos, militares, ganaderos, ennoblecidos con nueva sangre azul española y aún con campos y gente trabajando para nosotros, mi familia estuvo siempre muy orgullosa de su estirpe aunque, hoy, Bejarano sea un apellido común en Colombia; y él, mi papá feliz, todo un señor abogado, imagínense, ¡Doctor Bejarano por aquí, Doctorcito, por allá!
Pronto estuvo alcoholizado y recuerdo que al levantarse, en bata de seda italiana, recibía en su habitación de manos de la de adentro, con delantal y cofia almidonados, el diario y su desayuno en bandeja de plata; mientras ojeaba el periódico, la empleada le preparaba un limón exprimido en un vaso alto que terminaba de llenar con chorros de ginebra inglesa y unas gotas de agua. Ese era su desayuno aunque, de mayor, supe que a veces también se metía un pericazo.
Y mientras desayunaba no paraban de sonar aquellas viejas canciones napolitanas de Giuseppe Di Stefano que seguirían oyéndose mientras durasen su desayuno y su toilette a los que, aproximadamente, dedicaba cada mañana dos horas y media. La ceremonia terminaba cuando, avisado de que le esperaba el carro en la calle, encarado a la puerta de salida, daba un beso a mi mamá y estiraba hacia atrás los brazos para que el mayordomo introdujera en ellos las mangas de su abrigo. Tras él, quedaba flotando en el aire, un olor fresco a polvos de talco y colonia Álvarez Gómez.
Muchos días, antes de acudir al despacho, presenciaba el entrenamiento de sus caballos de carreras. Aquellas cuadras de magníficos ejemplares de pura sangre inglesa, que, tratados mejor que las tres cuartas partes de la población colombiana, sin embargo, jamás, en ningún continente, ganaron una sola carrera.
Para entonces, además de alcohólico ya era adicto y, en sus fiestas y reuniones, la cocaína y el caviar ruso se servían indistintamente en fuentes de porcelana china de las que los invitados se servían a cucharadas. Su amante india encanalló pronto sus relaciones que cada día eran menos chic y más delincuenciales; pronto, sus únicos amigos y clientes de su bufete serían los chulos de sus putas, narcotraficantes y las mafias del lavado de dinero. Así, hasta que arruinado en lo físico, en lo moral y en lo financiero, cerró el despacho, nos desatendió y huyó de nuestras vidas. En ese momento comencé a odiarlo.
Poco después, viviendo en un apartamento de Sindamanoy que hubiera sido un lujo para cualquiera pero que, a nosotras, se nos antojaba diminuto, sin perros, ni criados, ni extensos jardines, mi hermana querida, Ana María, enfermó de cáncer y murió en menos de un año; por supuesto, mi papá no apareció ni en el hospital, ni en el entierro y, eso, me hizo aborrecerlo mucho más.
Aquella tarde que volvimos enlutados del cementerio con mamá, jugando a la ruleta rusa con un amigo que vino a dar el pésame, mi hermano Pablo se voló la tapa de los sesos. Esta vez, tampoco

vino al entierro y, al dolor lacerante de haber perdido dos hermanos en tres días, tuve que añadir, con infinita angustia, el tremendo desasosiego de comprobar que tampoco tenía padre. Fue entonces cuando decidí que era mejor no tener papá que tener un padre hijueputa y, aquel día, lo maldije con toda mi alma.
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