Biblioteca teosofica de las maravillas






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BIBLIOTECA TEOSOFICA DE LAS MARAVILLAS

(SERIE D.-TOMO I)

EL ARBOL

DE LAS

HESPERIDES

(CUENTOS TEOSÓFICOS ESPAÑOLES)

MADRID

EDITORIAL PUEY0

CALLE DEL ARENAL, 6.

1923

A mi entrañable amigo D. Ricardo Maura

Accediendo a los deseos de muchos de nuestros lectores que qui­sieran tener reunidos en un solo volumen nuestros cuentecitos teosóficos españoles y «novelas cortas», damos hoy este tomo XXXI de nuestras «Obras completas», intercalando entre aquéllos algunos, pe­queños trabajitos de nuestra ya remota juventud, y cuya sencillez e ingenuidad nos serán dispensadas.

El libro así formado guarda cierta analogía con los tomos 1

de dichas «Obras completas», en lo de estar compuesto por crónicas ­y demás artículos publicados, y con otros tomos tales como EL TESO­RO DE LOS LAGOS DE SOMIEDO, DE SEVILLA AL YUCATÁN y PÁGINAS OCULTISTAS Y CUENTOS MACABROS, En la de ser estas últimas tres novelas teosóficas ya mucho más extensas.
El Caballero de la Luz Astral (1)

¡Hay muchas moradas en la Casa de mi Padre!

JESUS, en el Evangelio de San Mateo
Mi santa madre, que esté en gloria, era una señora harto singular. Católica, casi mística, tenía, sin embargo, cosas raras que habrían cau­sado extrañeza al menos riguroso de los párrocos de aldea, y una manera especial de considerar-pues que era bastante ilustrada, con ilustración impropia de señora pueblerina-todas las cosas relativas a la gran epo­peya extremeña de Francisco Pizarro en América, epopeya que ella había leído más de una vez en el libro del Inca Garcilaso de la Vega y en Los Varones célebres, de don Manuel Jose Quintana.

Una noche de invierno-lo recuerdo cual si fuese ahora, con esa luci­dez con la que suelen recordarse las cosas de la infancia cuando nada se 6a pintado todavía en la tabla rasa escolástica de nuestra mente- acababa de leerme mi madre las embelesadoras aventuras de Robinsón Crusoe en su isla solitaria: la primera noche del joven náufrago, pasada entre las ramas de un árbol, por miedo a las fieras; su primera comida con ostras de la playa; el encuentro providencial de una covacha donde guarecerse contra las inclemencias del cielo, y el más providencial descubrimiento del fuego, con el que ya pudo guisar, calentarse, ahuyentar a las alimañas y hasta labrarse una canoa... Aventuras todas que mi imaginación infantil veía al vivo y aun agigantadas, ora hacia los rincones obscuros de aquella cocina de aldea, ora entre las Ilamitas de la alegre lumbrarada, en las que, entre tanto, hacía yo surgir crepitantes, y blancas como la nieve, las palo­mitas del maíz, postre luego de mi cena.

(1)Publicada, con ilustraciones de Melendreras, en La Novela Corta, di­rector D. José de Urquía, Madrid, el 7 de octubre de 1922.
-¡Mamá!-hube de decirla con esa terrible profundidad de ciertas in­contestables preguntas infantiles-, ¿verdad que en un mundo así se esta­ría muy a gusto, sin peleas con los chicos y sin la diaria obligación de ir a la escuela?

La pobre madre, lanzándome una compasiva mirada de cariño que era todo un poema, limitóse a decirme:

-Sí. No hay duda que ese sería un mundo hermoso, como a la postre lo fue para Robinsón; pero no pierdas de vista que él tuvo, y todos tenemos que conquistarlo con la lucha, porque « ¡milicia, y bien ruda, dice Evangelio, es la vida del hombre sobre la tierra!»

Y luego, como si en aquel mismo momento se la antojase sembrar en mi fecunda mente una semilla eterna, llamada a germinar sólo con los ­años, añadió con viveza:

-¡También ha habido en la Historia, que es, sin duda, la mejor novela, Robinsones-héroes como nunca enseñó Daniel Defoe! El capitán ex­tremeño Gil Beltrán de Garcerán, de la familia de los Menachos de Mon­tánchez...

Pero calló repentinamente como si se hubiese arrepentido de su frase:_ ¡Que si quieres!... No sabía bien ella el niñito curiosón e insoportable que estaba educando.

Desde aquel día, en efecto, ya no hubo paz en nuestras veladas inver­nales. Mientras caía fuerte la lluvia y el viento azotaba, cual a anclada nave, las paredes de nuestra vivienda convidando a gozar de esas delicias del hogar feliz y resguardado que yo había dado en llamar gráficamente «acurrucancias», mi eterna cantinela era ésta:

-Mamá, anda, ¡cuéntame lo del capitán Menacho!

-No, que no lo vas a entender: ¡eres muy tonto y muy pesado!...replicaba resistiéndose-. Te contaré, si quieres, otras mucho más lindas cosas.

-¡No, que quiero lo del capitán Menacho!-insistía, pesado cual un tábano, tirándola de la falda y haciéndola toda clase de mimosos arru­macos.

Tuvo, al fin, que capitular: ¿qué madre no ha capitulado con su hijo en circunstancias semejantes? Así que, haciéndose notoria violencia a si misma, y quizá comprendiendo que hay insistencias a veces providencia­les, pues que tocan con los insondables misterios que llama Destino e In­consciente nuestra pobre filosofía, acabó por decirme solemnemente, arre­llanándose en el viejo sillón, mientras yo sacaba con las uñas mismas Y a riesgo de quemarme, la undécima palomita de la velada:

-¡Mira que es una cosa muy triste, y que a nadie he contado nunca, porque a mí me la contó antaño, y con mucho misterio, mi abuela, encargándome no la dijese sino al que fuese digno de comprenderla, y tú eres un niño todavía!...

-Pero, entonces, ¿cómo quieres que sea mañana un hombre? ¡Yo no se la contaré a ningún chico, si así lo deseas!

-Y harás bien en no contarla, porque no te creerían y además se reirían de ti, teniéndote por loco. ¡Hay cosas-añadió en un aparte como los del teatro y del que no perdí nada con mi perspicacia-que son algo así como tradiciones de familia, porque el capitán Menacho y nosotros!...

No terminó la frase, ni hacía tampoco falta alguna, pues ya tenía bas­tante con lo que había oído. Por otra parte, hay que convenir en que los niños son hombres a quienes, por no haberlos educado todavía en unas cosas, no se les ha deseducado en otras...

Y el cuento en cuestión, aunque relatado sin ese sencillo calor que da la palabra de una madre cuando habla algo interesante a su hijo, decía como sigue:

II

Cuando Francisco Pizarro trazó la célebre raya en el suelo, invitando a que la pasaran los valientes que quisiesen seguirle en demanda de las fabulosas riquezas del imperio de los Incas del Perú, es fama que sólo trece la pasaron con sus caballos. Los demás volvieron grupas hacia Santa Marta, teniendo la soñada aventura contra aquel pueblo, tan numeroso como las arenas del mar, por empresa de locos temerarios más que de gentes de sano juicio.

Entre tales héroes se encontraba el valeroso paladín Gil Beltrán de Garcerán que fue el primero también en tocar las consecuencias de su heroísmo.

El joven primogénito de los linajudos Penachos de Montanchez ávido siempre de aventuras raras, fue vencido de allí a pocos días, no por indio alguno, que no se encontraban sino por el invencible enemigo de una naturaleza tropical, abiertamente hostil a los invasores.

Lejos ya de los caudalosos ríos, Cauca y Magdalena la fiebre, auxiliada por la fatiga y la pésima alimentación, pues es fama que tuvieron que adobar y cocer hasta las correa; de los atalajes de sus caballos, envenenó la roja sangre del mozo extremeño tanto que cierto día cayó de repen­te al pie de una desecada torrentera y extraviado, perdió el rastro de los suyos, quedando abandonado a las inclemencias en las soledades aquellas.

¿Buscaron solícitos, los compañeros de Garcerán, al así perdido? le dieron, buenamente, por presa de alguna fiera, o se preocuparon menos de él que de sí propios y de los saquitos de esmeraldas codiciosamente recogidas por ellos, esmeraldas ¡ay! que, cual la pepita de ore del gallo de la fábula, para nada les servían allí contra el hambre, la sed y los elementos?

La historia no lo dice, pero es piadoso el pensar lo primero, aunque alguno, quizá, más bien sospechase lo último.

En su postración mortal, nunca pudo saber el joven el tiempo que así ­permaneció, abrasado y delirante, sin otro auxilio que el de Dios, padre ­de los desvalidos, y sin más compañía que la de su fiel caballo Lucero un alazán de pura raza cordobesa, que parecía hablarle y animarle en su abandono.

Había cerrado hacía tiempo la noche. La tibia atmósfera se perfumaba con los mil desconocidos olores de las vírgenes soledades aquellas y el creciente de la Luna, una Luna tropical que da calor y congestiona, ilu­minaba ya apenas los altos picachos del lado de Occidente, desde los cua­les probablemente se divisaría el Océano Pacífico.

En el mágico silencio, el bravo, bajo la acción de su delirio, creyó oír, no lejos, el dulce canto de un hada, con notas las más extrañas, y en len­gua, naturalmente, desconocida.

¿Era aquella voz extrahumana una de esas ilusiones consoladoras co­las que la muerte se apiada a veces de los desdichados a quienes va a lle­varse de allí a poco?

Tal lo creyó en el primer momento el joven guerrero, pero advirtió bien pronto que también su caballo, sensible como todos los de su raza a las armonías musicales, había levantado la cabeza, sacudiendo las orejas y tomando viento hacia aquella parte.

Las leyendas de la lejana niñez de Gil Beltrán, realzadas por la fiebre tomaron al punto forma de mujer en su ardiente fantasía, pero esta vez no se engañó, porque a poco de haber lanzado el fiel caballo un sonoro relin­cho, vio que se le acercaba, en efecto, una admirable mujer, de albas ves­tiduras flotantes, con su negro cabello abundoso pasando mucho de sus ­espaldas; su boca y nariz eran perfectas; sus ojos, de pureza sobrenatural parecían luminosos por sí mismos, y el andar de ella tan gracioso que se diría no pisaba en el suelo. ¡Y esta excepcional mujer, la más hermosa de cuantas el joven había visto en su vida aventurera, se le acercaba compa­siva, ni más ni menos que en típica escena de teatro!

¡Y no sólo le habló en lengua tan dulce como incomprensible la mujer aquella sino que se llegó blandamente a él, le tocó la frente sudorosa, y le tomó una mano....

A este arranque de la desconocida siguió un momento de vacilación imposible de ser interpretado por nuestra humana psicología. Advirtió ella, sin duda, la fiebre que devoraba al guerrero, y quizá aun pensó en curarle por sí misma, en secreto, siguiendo los naturales impulsos de la compasión femenina, pero, comprendiendo el peligro inminente y la debilidad de sus fuerzas, ágil cual gacela, subióse a una roca vecina, lanzando un sonoro jCuuauél, especie de llamada de alarma de aquellas gentes como el ¡Hijujú! asturiano, grito que se dilató hasta perderse a lo lejos en las soledades circunvecinas.

La llamada atrajo al punto al sitio hasta una docena más de mujeres se­mejantes a la primera, y que parecían descendidas allí en un rayo de luna. Una escena conmovedora desarrollóse entonces en torno del triste gue­rrero. Todas las bellas mujeres le atendían a porfía, cual madres amantes, sin quitar la vista por cierto del caballo, especie de pacífico monstruo a sus ojos, monstruo que hubo de seguir mansamente a su amo así que el grupo de mujeres-hadas, haciendo prontamente una especie de angarillas de ra­maje, tendieron en ellas al delirante enfermo, emprendiendo el camino hacia su retiro, pues conviene anotar aquí que las gentiles salvadoras del joven eran las moradoras de la vecina Casa de “las hijas del Sol”, como así se llamaban todas cuantas mujeres del Imperio pertenecían a la regia familia del Inca.

Y si extraño encontraban al fiel Lucero aquellas Vírgenes del Sol, pues que los caballos no eran allí conocidos, más extraño y admirable hubieron de encontrar al caballero, cuya tez blanca, de un blanco de nieve para ellas jamás visto, su barba cerrada, larga y señorial y su gentil continente de noble y de guerrero, realzado por una elevada estatura contrastaba enor­memente con el aspecto de las menudos hermanos de ellas, los indios guaraníes, y demás de aquel cálido país, todos poco menos que imberbes, y bronceados por los ardores del trópico.

-¡Es uno de esos seres de rosa, nieve y fuego que nuestra Viracocha en su última profecía nos anunció que llegarían pronto con sus naves desde las remotas tierras por las que nace el Sol-hubieron de decirse, sin duda; aunque el joven no las entendió.

Y, caminando un buen trecho, Ilevándole con el mayor cuidado, le de­positaron blandamente en un fresquísimo y amplio aposento de un pala­cio admirable de labrada, de nunca vista construcción.

¡Allí le dejaron desmayado y solo!
III

Al volver en sí de su desmayo el joven Garcerán, vió en pie, frente a frente a su lecho, a un vejete minúsculo, rechoncho, feo, antipático, con unos ojitos brillantes y maliciosos que parecían escudriñarlo y penetrarlo todo.

Con ademán, más que de persuasión de sacerdotal mandato, el viejo le hizo tomar una pócima rojiza, muy amarga, a base probablemente de corteza machacada del árbol de la quina, y luego, tendiéndole boca abajo, le propinó enérgicos pases magnéticos todo a lo largo de la columna ver­tebral, al par que mascullaba algo así como un monótono rezo.

Gil Beltrán no podía equivocarse acerca del carácter e investidura de su curandero, por haber conocido a otro análogo en la península de la Guaira, a poco de desembarcar. El personaje en cuestión era un pistaco, es decir, un sacerdote de alguno de los antiguos cultos locales, a los que habían sido incorporados más tarde por los dominadores quíchuas el su­premo e iniciático culto del Sol.

La enfermedad del joven era, sin embargo, tan grave, que resistía a to­das aquellas vigorosas medicinas del pistaco, y su resultado habría sido fatal a no tratarse de una de esas vigorosas naturalezas extremeñas, que apenas si ya quedan, y que parecen tener la dura resistencia de los tron­cos de encina de sus dehesas.

Por una nada explicable condescendencia del pistaco, Zulaí, que tal era el nombre de su hermosa salvadora, a veces sola, a veces acompañada por las otras, venía a visitarle todos los días, agitada, nerviosa, y ya eviden­temente enamorada del guerrero, otro tanto que él lo estaba también de ella, manifestándole con la mirada, o por otras discretas señas, cuán gran­de era su inquietud y cuán lealmente correspondía su corazón al amor y a la gratitud de aquel héroe que así luchaba entre la vida y la muerte.

La fresca pulpa de coco, el jugo ácido y refrigerante de frutas tan des­conocidas como deliciosas, que el joven tomaba de las lindas manos de Zulaí o bebía con amorosa avidez, hicieron seguramente más por la cura­ción del enfermo que todas las medicinas del pistaco.

Tanto, que se salvó al fin.

¡Curóle el amor de la doncella inca, con sus tiernas solicitudes de ángel tutelar suyo!
Un poema de amor, con romanzas sin palabras a lo Mendeishon, co­menzó también a propagar su fiebre entre Garcerán y Zulaí, así que iba desapareciendo en aquél la otra fiebre producida por el clima del trópico­

IV

Larga, muy larga fue la convalecencia del joven extremeño, quien, a medida que iba recobrando sus energías, notaba que la razón de tales cui­dados era harto diferente en la virgen inca que en el viejo sacerdote, pues mientras que a los de ésta los inspiraba, como va dicho, el más ingenuo y decidido amor que ella disimulara a maravilla en presencia de los de­más, en la fría mirada del sacerdote surgían de vez en cuando los chispa­zos de un odio de razas que parecía cada día aumentar.

Una tarde, mientras Garcerán fingía dormir, oyó como discutir allí cerca. Sin duda se recelaban muy poco de él, sabiendo que no conocía de la lengua quíchue más que alguna que otra palabra suelta, pero el joven no dejó de comprender que algo muy grave ocurría. Las palabras «hua­ca», «Tupán», «Viracocha», etc., de significado para él conocido, mezclábanse con otras ya netamente españolas de «caballos», «muerte del Inca», «oro y tesoros», «Pizarro», «Caxamarca», «Coozco», «sacerdote cristiano» Y otras tales, con las que pudo reconstituir lo sustancial de aquel vivo diálogo, y aun explicarse lo espantoso de su propia situación, cosa aquella que más tarde la Historia se ha encargado de resumirnos así:

«Tras innumerables penalidades, vencidas por las fuerzas, más de titanes que de mortales de Pizarro y de los suyos, éstos habían ocupado Caxamarca, entre la desconfianza y el terror supersticioso de los millares de indios que constituían las avanzadas del gran imperio de Cuzco por aquella parte del Norte. Los caballos, animales desconocidos en toda América, repetimos, parecían formar un solo cuerpo con sus respectivos jinetes, como en la universal leyenda de los centauros. Uno de los más expertos jinetes, sobre todo, caracoleando entre la multitud y superando obstáculos habíales parecido un ser extranatural e invencible. El barbudo aspecto extranjero de don Francisco Pizarro, cuanto de la mayoría de sus compañeros, sus continentes reposados, aristocráticos, la mate palidez de sus semblantes avinagrados, en franco contraste con los gregarios indios, parecían ser el vivo cumplimiento apocalíptico de las profecías que anunciaran el término de los sacrificios humanos y la ruina del templo del sol. Los cielos y la tierra también habían mostrado mil fatales augurios, desde la aparición de flamígeros cometas y estrellas corredoras, hasta terremotos, erupciones de los volcanes vecinos, hambres y discordias civiles.­

Estas últimas, especialmente, sangraban tragedia: El Inca, Huayna­Capac, había muerto inopinadamente, dejando un terrible pleito de suce­sión entre su hijo legítimo, el mozo Huáscar y su bastardo Atahualpa, que le era el más querido. Las gentes de este último acababan de hacer prisio­nero a aquél, pero, casi al mismo tiempo, los soldados de Pizarro, con deslealtad que les honrara poco, o por lo menos con el refinamiento pro­pio de esas dudosas artes que a lo largo de la Historia se ha dado en lla­mar «razón de Estado» y «conveniencia política», habían logrado atraer a Caxamarca al Inca Atahualpa, donde yacía en situación asaz dudosa. Las noticias del momento, según infería Garcerán, eran sencillamente espan­tosas: la majestad del Hijo del Sol veíase escarnecida por aquellos adve­nedizos, cuyo pistaco, de negros hábitos e insolentes ademanes autorita­rios, decían había pretendido poner la autoridad de su Biblia y su Rosario por cima de la suprema Borla Roja, símbolo de la celeste realeza del Inca.

El desgraciado Atahualpa, pues, por uno de esos frecuentes sarcasmos del ciego Hado, era pleno vencedor, rey, Dios indiscutible en un dilatadísimo imperio que abarcaba, con sus tributarios, medio continente de la América del Sur, y era árbitro, además, de la suerte de su hermano y ven­cido enemigo. Pero al mismo tiempo, veía-se él dominado, prisionero y al arbitrio de aquel puñado de desconocidos, en los que no había que fiar gran cosa, dado que tenían un ciego amor al oro de sus templos y sus «huacas » mortuorias, cosa de mero adorno y ostentación para los incas, como para los gnomos y los nibelungos de los cuentos europeos.

«Y llegaba a tanto la codicia de aquéllos, que habían exigido a Ata­hualpa, a cambio de su rescate, que les hiciese a los suyos llenar de oro hasta la altura de la raya que alguien, puesto de puntillas y elevando su mano, había hecho en la amplia estancia que servía de prisión al Inca... El pistaco, como conocedor del corazón humano, desconfiaba de que aquello no acabase en una de las más terribles y concatenadas tragedias que ha conocido el mundo. Ya se habían soltado los diques al torrente, por cuanto Atahualpa, prisionero y todo, había tenido la debilidad, indigna, no ya de un Inca y de un hermano, sino hasta del más ínfimo de los hombres, de ordenar desde su propia prisión que el infeliz Huáscar fuese sacrificado, fratricidio que tan caro había de hacerle pagar el inexorable Destino, ese Talión cruel del «ojo por ojo y diente por diente», del pueblo judío, al que llamamos Karma los teósofos.

—¿Qué cosa más natural-pensó Gil Beltrán, mientras veía pasar desde su retiro de largas recuas de llamas cargadas de barras de oro y toda clase de objetos preciosos en dirección a Caxamarca-que la tragedia tome vuelos y sea yo también otra de las víctimas?

Y Sucedió cual se temía, porque la lógica de las cosas, tratándose del mal se despeña hacia abajo en creciente rapidez de alud. Tres días después entró furioso el pistaco en el aposento y dirigiéndose al atribulado Garcerán, como fiera que pretendiera saltarle los ojos, dióle rápidamente a entender toda la magnitud de la catástrofe. ¡Aunque los tesoros habían sido llevados rebasando la alta raya prefijada, y aunque estaban en camino de la prisión muchos más, Atahualpa había sido al fin decapitado por los españoles, quienes pretendían así castigar, no la muerte de Huáscar, sino la resistencia, decían, del Inca a dar las señas de más tesoros de los inagotables con que contaba el Imperio. Bajo el pretexto de que podía quizá conspirar contra los invasores, éstos pretendían así imponerse a las supers­ticiosas huestes indias por el terror, recelosos de poderlas vencer de otro modo si se daban cuenta de su inmensa, de su aplastante superioridad nu­mérica y de la verdadera situación de los españoles.

-¡Si el Inca ha muerto, como aseguran-rugió el pistaco blandiendo el terrible cuchillo de negra piedra de obsidiana volcánica, que empleaba rara los sacrificios-, tus soles estarán contados y tú también morirás!

Y le dejó solo, entregado a tristísimos presentimientos, porque empe­zaba a conocer la lealtad de la palabra de los incas y tenía harto conoci­dos a sus compañeros españoles.

Para mayor contrariedad, aquella tarde no vino a consolarle su amada Zlaí como acostumbraba. No acertaba a explicarse tal mudanza, porque en las largas horas de su enfermedad había aprendido a estimar las pro­fundidades insondables de ternura de aquellas damas quíchuas, corazones verdaderamente regios, con esa suprema majestad y esa absoluta renun­ciación amorosa a la que sólo llegan las mujeres orientales.
V

Día terrible, de sol a sol, fue aquel en que se supo en el refugio­-prisión del desdichado amante que, al fin, había ocurrido lo que se temía, o sea, el sacrificio de Atahualpa. Los manes del imperio se estremecieron de horror, retemblaron los cimientos del templo del Cuzco, y la nueva cruel recorrió hasta los más remotos confines, con esa casi eléctrica celeridad de las comunicaciones que luego nosotros copiáramos de ellos. Una nueva y fatídica era comenzaba para los Incas y para el mundo.

-¡El Inca ha muerto asesinado por los tuyos!-gimió el pistaco-. ¿Tú le acompañarás mañana, porque te enviaremos al Padre Sol con el men­saje para aquél de nuestra fidelidad y nuestro cariño!

Y, sin más trámites, le sacó fuera, a una especie de empalizada circu­lar, vecina a unos peñascos que parecían dólmenes, y entre los que se des­tacaba una gran piedra circular, traceada, que era la llamada Piedra del Sol, o de los sacrificios humanos, con los que aquellos aborígenes ame­ricanos solían todavía honrar a sus divinidades sanguinarias con culto más bien primitivo y atlante que verdaderamente incásico.

Era el sitio, pues, del que Garcerán no había ya de salir sino para que el gran pistaco, auxiliado por otros cuatro oficiantes encargados de suje­tar cada uno una extremidad de la víctima, y cara al sol naciente, le abrie­se el pecho de un solo golpe, sacándole palpitante el corazón para presen­tarle al Sol y deducir augurios necromantes de sus últimos latidos.

Al lado del joven habían puesto maíz tostado y abundante cantidad de pulque, esa bebida embriagadora, hecha de pulpa de pita o magüey, con las que las gentes americanas, más piadosas en ello que los europeos, per­mitían al pobre condenado el colocarse en situación de perder con la embriaguez su conciencia ordinaria, haciéndole menos dolorosa su situación. Al exterior resonaban, discordantes y estruendosas, las danzas rituales guerreras de todos los indios del contorno, en las que hombres, mujeres y niños plañían la triste muerte del Inca, la obscura suerte del Imperio y la injusta invasión codiciosa de los españoles, contra los que conjuraban al Sol y a todos los elementos.
VI

Garcerán, tras las innumerables penalidades por él sufridas desde que dejara el dulce solar extremeño, casi se alegraba de que fuesen a tener tér­mino sus sufrimientos.

Pero joven y fuerte, en lo mejor de sus floridas ilusiones de gloria como cuantos engañados pasasen a América, amaba ya, con imposible amor, a una mujer tan perfecta de cuerpo como de espíritu y que le co­rrespondía a su vez con una pasión digno complemento del de su amante y anciana madre, a quien tampoco, ¡ayl, habría de volver a ver...

En su dolor, fuerte y estoico, no quiso comer nada el preso en todo
El día, ni menos probar una gota de pulque. Quería demostrar a aquellas bárbaras gentes cómo despreciaba la vida un soldado del César castellano, quien, sin ser « Hijo del Sol», no cedía en grandeza al Inca celeste.

Reclinado en su camastro de yerbas secas, dejaba sólo vagar errante a su fértil imaginación, con la que iba recorriendo retrospectivamente su vida, como dicen que de un modo inconsciente acaece a los que se sienten morir. De momento, su situación actual, con los tormentos que le aguar­daban y que, a fuer de verdadero héroe, ya tenía descontados; un poco más antes, los días pasados en aquellas dependencias de la Casa de las Vírgenes, luchando con su enfermedad y de la que había sanado para en­trar en otra más cruel: ¡la incurable enfermedad del amor!...

Loca, funesta ambición es la insaciable ansiedad humana, que, cual el perro con la maza de carne de la fábula, dejar suele lo cierto y bueno por lo malo y dudoso. ¿Tan difícil le habría sido a un caballero guapo joven, no mal acomodado, como él lo era, el vivir en su tierra y con los suyos?

Semejantes consideraciones traíanle naturalmente a la memoria dolo­rosas añoranzas de la lejana tierra extremeña y a la que ya no volvería jamás. El desaliento entonces le avasallaba y, tendido, casi inerte, parecía más muerto que vivo, sin pretender el menor intento de fuga.

En las últimas horas ya no le abandonaba el pistaco, invitándole a que bebiese y recitándole monótonas letanías hechiceriles. Ya iba más que me­diada la noche, cuando en la semiobscuridad de la empalizada vio entrar a otro pistaco llevando su escudilla de pulque, que le cogió rápidamente la mano al joven, con una dulce presión y un sedoso contacto inconfundi­ble. ¡El pistaco recién venido no era sino la disfrazada y fiel Zulai, que así llegaba en socorro de su amado!

La señal fue entendida, y antes de que el pistaco viejo pudiera darse cuenta del engaño, ya estaba clavado al suelo por la vigorosa presión de las rodillas de Garcerán, quien le tapaba la boca para que no gritase, mien­tras Zulai le hacía comprender al oído que no se trataba de quitarle la vida, sino simplemente de narcotizarle con aquella pócima para dar tiem­po a la fuga del prisionero.

En la despierta mente del marrullero viejo no anidó la vacilación. Considerando imposible toda resistencia y que quienes tan sujeto le tenían podrían matarle si quisieran, optó por tomarse sumiso la pócima, sabiendo que no miente nunca una «Hija del Sol. »

Los amantes, al punto, tomando Garcerán el amplísimo ropón de pis­taco, que su amada le traía, huyeron del campo del sacrificio y seguida­mente del país aquel, utilizando para ello los servicios inestimables de Lucero, quien, escondido por la Virgen en la selva, parecía sentirse orgulloso de la carga feliz que sobre sí llevaba y de la misión salvadora que con ellos iba a realizar.

Así, mucho antes de que sonriese el alba, los dos enamorados pudie­ron ganar la lejanía, donde ocultos por el momento a las pesquisas de los indios, aguardaron inquietos a que se ocultase el Sol.

A la noche siguiente, los dos supuestos pistacos tornaron a tomar el caballo y a proseguir en su huída.

Ningún indio les vio, o, si acaso los columbraron, su imaginación su­persticiosa se limitaría a ver en ello una brujería más de los pistacos, al ir a caballo como los intrusos españoles.

Así continuó hasta tres días la fuga de los amantes, ocultándose duran­te el día, comiendo al azar de los frutos que encontraban, y caminando durante la noche por donde y como podían, a veces entre los inquietantes rugidos de las fieras, con rumbo siempre hacia las más altas montañas del lado del Pacifico donde sus corazones amantes parecían anunciarles que estarían más seguros, tanto de los españoles cuanto de los indios.

-Si tropezamos con unos o con otros -se habían dicho los amantes en la jerga castellana-quichua, con la que ya se entendían a maravilla-es­taremos irremisiblemente perdidos.

-Si-dijo Zulaí-, si nos cogen los míos nos sacrificarán al Sol, tanto en castigo de nuestra fuga como por el sacrilegio que supone en una «Hija del Sol» el amar a un extranjero enemigo y ser amada por él.

-Y si tropezamos con los españoles-añadió Garcerán--, corremos peligro de que algún jefe se enamore de ti, o decrete de nuevo tu reclusión en la Casa de las Vírgenes, por respeto a vuestros votos y usos, separán­donos así para siempre, o, en fin, te condenen, también por política, a mo­rir, como a Atahualpa y la demás familia del Inca.

-¡Oh, no, prefiero morir en tus brazos ahora mismo-clamó con de­sesperado acento de amor la hermosísima Zulaí, deshecha en lágrimas y reclinando amante su admirable cabeza de diosa sobre el noble pecho de su amado-. ¡Mátame y vuélvete tranquilo con los tuyos!

-¡Ya no hay tuyos ni míos desde que te conocí y te amé! ¡Ya no hay para -mi españoles invasores ni incas invadidos, sino una fusión sublime de entrambos, simbolizada en nuestro ciego amor!-dijo con santa emoción cristiana el héroe extremeño, añadiendo: -Aunque la Fatalidad haga correr un río de sangre entre ambos pueblos, en lucha que sólo acabará por el exterminio del uno o del otro, nuestra misión es más grande, pues que es de unión y de amor. ¡Nosotros formaremos, lejos de unos y de otros, un tercer pueblo sin odios, o pereceremos voluntariamente antes que ellos nos hagan perecer! ¿No habrá de haber en el cielo o en la tierra justicia para nosotros que odiamos al Odio y amamos al Amor?

Hubo un momento solemne de silencio, en el que sólo se escuchaba el latir al unísono de aquellos dos pobres corazones de niños, nacidos para un mundo mejor que aqueste miserable mundo. La magnitud de su pro­blema les avasallaba aún más que el hambre y la fatiga. Como la Blanca­Flor y el príncipe Diamante del consabido cuento, no sabían realmente qué partido tomar que fuese fácil y hacedero. Para colmo de su desgracia Lucero, el pobre caballo, sucumbió al fin bajo su esfuerzo, y los fugitivos tuvieron que contentarse con premiar sus servicios sepultándole en un barranco, bajo piedras, tierra y ramaje, como si sepultasen a un bienhe­chor o a un héroe, que ambas cosas había sido el pobre bruto para con ellos...

VIII

Fuera el que fuese, era evidente que los enamorados tenían que tomar ya un partido, si no querían morir como en la leyenda, uno en brazos del otro.

Mira-exclamó Zulaí en un momento de inspiración sublime, de efectiva sacerdotisa de un druídico culto-: Yo no sé qué pensarás tú de esto en tus ideas cristianas, pero en el secreto de las iniciaciones de nues­tros templos se nos dice en los últimos grados, y como una enseñanza su­blime que puede ser dada a muy pocos, que, cuando la angustia humana llega al paroxismo y un dolor superior a nuestras resistencias va a hacer­nos sucumbir, siempre, de un lado o de otro, llega el auxilio salvador.

¡Son los Hermanos del Sol!, los Santos Ancianos Solitarios de la esplen­dente Luz, del Popul Vuh, nuestro Libro Sagrado primitivo, y que habi­tan en el misterio de las montañas inaccesibles y de sus valles ignorados, lejos de las imprudentes miradas y las funestas pasiones de los hombres!

-Sí-añadió muy conmovido Garcerán-, esa enseñanza hermosísima también la tenemos nosotros, aunque algo desfigurada, los cristianos. ¡Son los Santos de todos los tiempos y los Ángeles Guardianes, quienes en los momentos supremos tienden su mano protectora a los desvalidos que los imploran cual ahora los imploramos nosotros!...

¡Cierto!-continuó sublimada la gentil sacerdotisa incásica-. Esos seres excelsos de los que te hablo y que también son hombres como nos­otros, pero ya sin pasión alguna y en un supremo grado de espiritualidad, no hacen invasiones injustas como la vuestra, ni sacrificios humanos como los de nuestros cultos, porque los consideran contrarios a la Divinidad, sin nombre, que está por encima del mismo Sol, presidiéndole con un Su­premo Espíritu, que es el aliento de todos los soles del cielo!

-Sí; San Pedro Alcántara y otros ascetas de mi tierra extremeña, se dice vivieron así, alejados del mundo y de sus miserias-corroboró el joven.

-¿Y por qué, pues, no habríamos de tropezar nosotros, en nuestra congoja suprema, con alguno de estos Señores excelsos, a los que como esclavos, serviríamos nosotros?-insistió Zulaí, con un acento muy ex­traño.

-¡Tienes razón!... Sin vanos cultos de criminales sacrificios, sin nin­guna de esas pobres exterioridades religiosas con las que suelen disfrazar su impiedad los hombres, ¡cuán hermoso no sería el poder vivir en ese mundo! Pero sabes cómo encontrarlos o invocarlos? ¿Lo sabes, por ventura, tú?

Yo solo sé repuso la joven, brillando en sus celestes ojos un extraño fulgor de pitonisa iluminada-las notas de una canción invocadora que indiscretamente oí una sola vez, cuando estuvo el Inca a visitar nuestro templo, siendo aún niña. La cantaron en el Adytia o Cámara Secreta. No sé si aún podré recordarla, y además, no sé su letra.

-¡No importa, cántala! Yo te acompañaré con todo el fervor de mi alma amante y cristiana-exclamó el joven lleno de fervor.

Y como en los cuentos de hadas, en el silencio de aquella noche, dul­ce como nota de flauta, acariciadora cual arrullo de tórtola, y sugestiva al modo de sirena abandonada, de la garganta de la sacerdotisa inca salió una primitiva melodía, muy semejante a las que, al amanecer, entonan desde sus dahabieds los felahs o pastores del Nilo. Luego los ecos de la rituaria canción se fueron perdiendo entre las gargantas de las montañas, como si ellos mismos se encargasen de buscar en sus misterios a los Su­blimes Hermanos de la Compasión a quienes llamaban...

Pero nadie respondió.

Bajo el agobio del cansancio y del temor, ambos amantes, uno en bra­zos del otro, quedaron dormidos como dos niños.
IX

Al despertar vieron con inmenso asombro los amantes que un venerable anciano velaba su sueño, cariñoso.

Era el anciano uno de esos seres de ilusión ensoñados por los grandes aristas, especie de Moisés de Miguel Angel; del Rey Lear shakesperiano, de luenga barba blanca, que les miraba fijamente con toda la dulzura de un padre cariñoso, pero al mismo tiempo con toda la deslumbradora ma­jestad de un ser evidentemente superior. Una aureola de luz, luz como la de los astros, nimbaba a su cuerpo todo con las irisaciones del nácar y otros tintes más delicados de la aurora, que ya cedía su puesto al Pa­dre-Sol.

Los dos jóvenes, comprendiendo al punto que se hallaban ante una altísima Presencia, cayeron prosternados a sus pies. Él los levantó vigoro­so, y los acogió en sus brazos cual Jesús cuando en el Evangelio dijera: «;Dejad que los niños se acerquen a mí!...»

Y los llevó lejos, muy lejos, casi por los aires, sin que la desvalida pa­reja se diese cuenta de ello.

Y los puso en un valle lejano, amenísimo, mil veces mejor y más her­moso que los que las investigaciones arqueológicas de la Universidad de Yale en estos últimos tiempos acaban de descubrir en las gargantas del sublime Manchú Pichú, junto al Cuzco, o que los solitarios valles de Ca­chemira, Kuen-Lun y Kara-Korum, que forman los Himalayas, con sus al­turas inaccesibles, y que ahora empiezan a conocer los europeos.

Y los habló a cada uno-¡oh, maravilla!-en su respectiva lengua, cual si le fuesen igualmente familiares todas las lenguas del mundo.

Y una vez que allí los hubo dejado, entre aguas rumorosas, pensiles floridos llenos de toda clase de frutos y habitados por aves de todo linaje, bajo alturas sublimes cubiertas de nieve y coronadas por los gallardos pe­nachos de humo de mal dormidos volcanes, los dio un sendo beso en la frente y los dejó en aquel extra terrestre aislamiento, después de bendecirlos como, según El Génesis, el Señor bendijo a Adán y a Eva en el Paraíso...

Y no se supo más ya de ellos ni del Anciano Santo y Luminoso con aureola de astro que los había bendecido.

Pero es fama o tradición venida no se sabe de dónde-agregóme muy al oído mi madre idolatrada, con emoción que llegóme al fondo de mi alma, para en ella grabarse con caracteres de fuego-, es fama, digo, que los amantes, bien solos, bien en unión de otras parejas igualmente selectas y desvalidas frente a la eterna injusticia de los hombres, allí fundaron un pueblo feliz: ¡uno de esos pueblos de los que nadie en el mundo tienen detalle, ni aun casi noticia, porque si las tuviesen en seguida irían a inva­dirlos impíos, arrancándoles su felicidad prístina!

-¡Pero algún día-terminó proféticamente mi madre-, cuando no perdure ya la dominación española, aquella que empezó con la trágica muerte de Huáscar por su hermano Atahualpa; de Atahualpa por Francis­co Pizarro; de Pizarro por Almagro; de Almagro por los sucesores de Pi­zarro, y los del partido de éste por los de aquél, en inacabable cadena de injusticias-que parecerían otras tantas inmolaciones de los viejos sacrifi­cios abolidos-, ese día, repite la leyenda, serán descubiertos aquellos pue­blos de misterio y aquellos seleccionados y adoptivos hijos de los grandes Seres de la Compasión, cuyas doctrinas, en momentos de supremo peligro, otra vez volverán a salvar al mundo corrompido!...

X

El tiempo, con su mano cruel, lanzóme, cual a todos, desde las para­disíacas delicias del hogar, al cenagoso torrente de las luchas del mundo, más propia de fieras que de hombres.

¡Tuve pasiones, ejecuté malas obras, pequé una y mil veces contra mí, contra mis semejantes y contra Dios, pero en el fondo de ese inconsciente spenceriano que se llaman santos recuerdos de la dichosa infancia, ni un sólo ápice se me ha borrado la emoción que me produjera«el cuento del capitán Penacho», como antes decía; el del Caballero de la Luz Astral, como ahora me digo!... ¡Un dichoso ensueño de un mundo superior del que no tenemos enseñanza ni testimonios, ni menos comprobación expe­rimental alguna!, solfa yo pensar en mi necia fatuidad de escéptico al uso.

Pero un día mi dormida espiritualidad vino a verse despertada por las salvadoras enseñanzas de la Teosofía, y aquel Caballero de la Luz Astral, como llamo desde entonces al Hermano Mayor del relato materno, no sólo dejó de ser para mí un mito al estilo de « Las mil y una noches», sino una realidad que más de una vez me ha salvado la vida, y cuya acción protec­tora sobre una humanidad sencilla, feliz y preservada como simiente de renovación mundial para la raza futura sudamericana, a título español e inca, pero depuradísimas, está indicada en varios pasajes de la gran obra de H.P.B como aquel de Isis sin Velo en que dice: “El gran viajero Stephens” nos asegura en sus relatos que los descen­dientes de los primitivos caciques americanos viven todavía, según se cree, en las inaccesibles fortalezas naturales de la Cordillera, soledades hasta las que aún no ha penetrado hombre blanco alguno; viviendo como vivían sus padres, construyendo los mismos edificios y grabando en la dura pie­dra iguales misteriosos jeroglíficos. Región tan vasta como desconocida, que no tiene un solo camino que la atraviese, y en donde la imaginación se representa a aquella ciudad misteriosa vista desde la cumbre de las cor­dilleras, con sus indómitos aborígenes, jamás buscados y nunca vistos...Dicha oculta ciudad ha sido percibida desde gran distancia por viajeros atrevidos y de ella habló también a Stephens un cura español en 1828-29, quien juró haberla visto con sus propios ojos, igual que a sus gentes, las cuales no tienen monedas ni caballos... Igual nos dijo personalmente a nosotros un anciano sacerdote indígena, con quién me relacioné en el Perú hombre que había pasado toda su vida ocultando en vano su odio a los conquistadores, siguiendo en el fondo de su corazón su religión pri­mitiva, y que, en su calidad de indígena convertido y de misionero, «había estado en Santa Cruz de Quiché» y visitado parte de sus hermanos en creencia, recorriendo «la galería subterránea» que a la misteriosa ciudad conducía.... Nosotros también hemos visitado otras dos ciudades completamente desconocidas para los viajeros europeos, y no porque sus habi­tantes deseen permanecer escondidos-puesto que algunas gentes de los países budhícos van algunas veces a visitarlas, no obstante no estar indi­cadas en los mapas asiáticos ni europeos-, sino a causa de los demasia­da celosos misioneros o quizá por otras razones aun más misteriosas, que ellos saben, siendo lo cierto que los pocos naturales de otros países que tienen noticia de la existencia de dichas dos ciudades, jamás hacen de ellas mención.

“La Naturaleza -termina la maestra ukraniana- ha proporcionado extraños rincones y lugares ocultos para sus favoritos y, desgraciadamente lejos de los llamados países civilizados es donde el hombre pueda libremente adorar a la Divinidad tal como sus padres lo hacían.” esos lugares- me digo hoy- los pueblos aun no invenidos para nuestra ciencia que se dicen ocultos en inaccesibles gargantas bolivianas ecuatorianas o chileno-argentinas, gargantas misteriosas semejantes a las incaicas del Manchú-Pichú?-Yo no diré si lo sé o lo ignoro, pero sí que lo creo firmemente, como sé que he de morir...
La Cueva de los Maragatos.

(NARRACIÓN EXTREMEÑA) (1)

El turista que, dejando a la espalda la verde colina de Mirabel, remon­te hacia La Cabeza del Moro--broche central de las Villuercas, a más de I.300 metros sobre el nivel del mar-, ha de hacer alto forzosamente en El Pozo de la Nieve, ruinas de un ciclópeo edificio a cal y canto, bajo el que los jerónimos de Guadalupe cobijasen el depósito de tan preciosa sustancia, con la que contrarrestar, allá abajo, los calores estivales, tanto y más que con las claras corrientes de aquellas aguas purísimas y con la fronda de madroñas, castaños, álamos, robles y alisos, que hacen de aquel lugar envidiable el más hermoso paraíso extremeño.

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