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Para una historia de la nueva literatura alemana Heinrich Heine

Heinrich Heine

Para una historia
de la nueva
literatura alemana


Traducción, Prólogo y Notas: José Luis Pascual
Colección, dirigida por José María Martín Triana.

PARA UNA HISTORIA DE LA NUEVA LITERATURA ALEMANA HEINRICH HEINE

Traducción, prólogo y notas: José Luis Pascual.

Q de la presente edición para todos los paises de habla hispana: Ediciones FELMAR. España.

Juan Hurtado de Mendoza, 9. Madrid. Colección: La Fontana Mayor, número Serie: Textos Clásicos.

Primera edición: D-16.

ISBN: 84/379-0086-7.

Depósito legal: M.-38.160-1976.

Printed in Spain. Impreso en los Ediciones FELMAR. Magnolias, 49.

Diseño de la Colección: Alberto Corazón. Portada: Golda Fishbein.

12.

Talleres Gráficos Madrid-29.
Índice
NOTA PREVIA. -Heine, ¿poeta romántico?

Heine exilado en París

PRÓLOGO A LA EDICIÓN DE PARÍS.

PRÓLOGO A LA EDICIÓN ALEMANA.

LIBRO PRIMERO.

LIBRO SEGUNDO.

LIBRO TERCERO.

EPÍLOGO.

NOTA PREVIA

Heine, ¿poeta romántico?

Heine tuvo en vida la desgracia de que su libro más conocido no era el mejor. El «Libro de Canciones», que contenía una selección de su obra poética compuesta entre 1816-1827, significó un éxito desconocido en el mercado literario de entonces. Heine se convirtió en un clásico de lectura obligada. Vio reaparecer su obra una docena de veces y con ella se exportó al extranjero —Europa, los nacientes Estados Unidos y las minorías lectoras de América del Sur— un producto literario con la etiqueta de «el más gran-de poeta romántico alemán».

Hay en el «Libro de Canciones», en efecto, todo un mundo de magia y ultratumba, caballeros antiguos, beldades españolas, «minesingers», cautivos pescado-res, ondinas y demás. Un mundo de ensueño muy de acuerdo con su autor, un joven arrogante que se viste a lo Byron y se hace llamar en los salones de la burguesía berlinesa «el Byron alemán».

Pero si traspasamos las brumas del bosque romántico encantado veremos con Heine (en el «Diálogo del Brezal de Paderborn») que la música pegadiza de los violines es una algarabía de lechones, que el cuerno que resuena en el bosque es el gruñido de una piara de puercas que van a la cochiquera, que los musicales sonidos producidos por las alas de los ángeles no son sino el grito aturdidor de unos gansos, que el dulce repicar de campanas en las torres de la lejanía es el cencerro del ganado en el establo y que la doncella angelical que llama al poeta es una vieja casi ciega que se aproxima a la fosa dando tumbos.

Heine ha conjurado el mundo romántico con sus loreleys, amazonas desnudas a lomos de blancos corceles a galope, esfinges, ruiseñores que despiertan bosques encantados, amantes muertos que surgen de la tumba, sentimentales rosas que coquetean con frágiles amapolas, hadas, gigantes..., para destruirlo. Nadie se atreverá ya a adentrarse en el bosque romántico, temeroso de servir de blanco a la sarcástica ironía heiniana.

«Romántica es la materia; la forma es plástica.» Con esta proclama, clavada en la primera página de su tragedia «Almansor» (1), se distancia, en principio, Heine de la vagorosa conformación poética de los autores románticos «puros», como los Schlegel, Arnim, Novalis. Pero es que, además, se dio cuenta de que tampoco era posible ya mantener ni la «materia» romántica. Las tropas napoleónicas expulsaron a los últimos fantasmas medievales de los castillos alemanes y destruyeron las últimas almenas. Un poeta que ha visto extenderse la Revolución Francesa por toda Europa no puede tomarse en serio ya la liberación de la dama presa en el torreón y, menos aún, emprender Cruzadas contra Ios paganos.

Heine abjuró de la escuela romántica para ser leal a su tiempo. Ludwig Marcuse ha observado una diferenciación radical entre la Lorelei heiniana y las de-más ninfas románticas: «Se ha dicho que la 'Lorelei' de Heine no es una canción popular, sobre todo en sus dos últimos versos. Pero ésta es precisamente su verdad: El no era un trovador; no era un anónimo artesano de épocas pretéritas... ni fingía serlo. Precisamente esto le separaba de la escuela romántica: que ellos fingían ser niños; no se daban a ver, se escondían detrás de los tiempos pasados. También él despertó el tiempo pasado, lo hizo salir de su tumba, pero no ocultó la verdad: que la hora era muy distinta» (1).

Heine parece salir de la lucha exhausto. Con el «Libro de Canciones» se agota para siempre la lírica sentimental y arcaizante y se abre paso a un lenguaje más preciso y sencillo, más realista. Es el lenguaje de los «Cuadros de viaje», publicados en distintas épocas a partir de 1828. Un lenguaje que no puede sus-tentarse ya sólo sobre andaderas poéticas y llama en su ayuda a la prosa. «Se terminó la poesía; esperemos que a cambio podamos vivir más prosaica y duraderamente», escribe en carta a su amigo berlinés Varnhagen (2).

Pero si Heine se aparta de la escapista escuela romántica no lo hace para ir a parar en los brazos de la otra Bestia Sagrada de la época. Hacía tiempo ya que venía profetizando el final del «período artístico goethiano». Heine fue uno de los primeros en asestar un golpe mortal a los intentos de «clasicismo» de Goethe y a su arte que empieza y termina en sí mismo.

En esta lucha contra el Júpiter weimariano venía guiado Heine, antes que por una ideología artística, por una pasión de actualidad. Goethe no resucitaba la Edad Media, pero tampoco transmitía el tiempo presente en toda su realidad. No era concreto, no era actual, y por no serlo no era «político». En carta a Varnhagen escribe: «La lucha schilleriana y goethiana de los 'Epigramas era una guerra de mentirijillas. Eran aquéllos los años del período artístico, dominaba la apariencia de la vida, no la vida misma; ahora se trata de los supremos intereses de la vida: la «revolución» entra violentamente en la literatura y la guerra es ahora una guerra de verdad» (').

Pareja a la evolución que vamos a llamar «poética» para entendernos ocurre en Heine la evolución que adjetivaremos como «política». El sobrino del banquero y multimillonario Salomon Heine, el amigo de los Rothschild, que había debelado los afanes restaura-dores de la aristocracia feudal por parte de los autores románticos, vuelve progresivamente sus armas contra la aristocracia prusiana. El ambiente cerrado de Alemania se hacía cada vez más irrespirable. Heine siente la imperiosa necesidad, vital necesidad para él, de salir. «Pero, ¿a dónde? —escribe el 1 de julio de 1830-. ¿A dónde puedo ir? ¿Otra vez al Sur, al país donde florecen los limoneros'? Hay una pareja de guardias debajo de cada limonero. ¿Al Norte? Los osos blancos son más peligrosos que nunca, ahora que se han civilizado. ¿Al Este? Las noches rusas son muy crudas y el knut oficial vigila por todas partes. ¿A Inglaterra? Ni en efigie quisiera que me colgaran allí. Tampoco a Estados Unidos puede dirigirse, pues ¿cómo iba a vivir en un país donde la chusma es rey?.»

Pese a que, como le retrató su amigo Wienbarg, «un gran abismo le separa de las sudorosas masas en acción, y pese a que, según confesión propia, tendría que lavarse la mano que le estrechara un proletario», va a ser precisamente el hambriento pueblo de París quien le saque del abismo. Heine recibe la noticia de la Revolución de julio cuando está descansando en la apartada isla de Helgoland. Por aquellos días escribió: «¡Lafayette! ¡La Tricolor! ¡La Marsellesa!... Ya no quiero permanecer ocioso. Soy hijo de la Revolución y recojo las armas preciosas que mi madre bendijo». Y diez años después recordará aquellos momentos con nitidez: «El pescador que me llevó al pequeño islote de arena donde uno puede bañarse me son-rió y me dijo: ''¡Han vencido los pobres!' Sí, el pueblo, con su instinto, comprende tal vez los acontecimientos mejor que nosotros, con todo nuestro bagaje de ideas. La señora Varnhagen me dijo una vez que cuando estaban esperando noticias del desenlace de la batalla de Leipzig la sirvienta se introdujo de repente en la habitación gritando angustiosamente: '¡Han vencido los nobles!' Esta vez han vencido los pobres» (3).

En su entusiasmo, Heine quería esperar que la chis-pa revolucionaria saltaría el Rhin y que «ciertos tronos (alemanes) se incendiarían». No tardó mucho en comprobar que la represión se acentuaba. Sus «Cuadros de viaje, IV» fueron tachados por la censura. Todavía hizo un último intento por despertar a «la gran clase media» de su somnolencia en la provocadora introducción a «Kahldorf sobre la nobleza» (1). Muy pronto se dio cuenta de su osadía y —típica contradicción heiniana— trató de recoger velas: se presentó a concejal en Hamburgo y molestó a sus amigos influyentes pretendiendo un puesto en las universidades de Berlin o Viena.

Pero ya era demasiado tarde. Sólo le quedaba un camino: el destierro, sólo a medias forzado. En abril de 1831 escribió a Varnhagen: «Cuando en julio del año pasado vi que todo el mundo se hacía liberal de la noche a la mañana y que los más respetables guardias suizos del antiguo régimen se cortaban el calzón de franela roja para proveerse de gorros de jacobinos, perdí rápidamente la inclinación, si alguna vez la he tenido, de retirarme y dedicarme a escribir cuentecillos, como hacen otros. Ahora, empaqueto mi baúl y me marcho a París; respiraré aire fresco; me consagraré a mi nueva Religión y no descarto la posibilidad de ordenarme de sacerdote».
Heine, exilado en París

Si nos hemos detenido a analizar la última etapa de Heine en su patria, a la que no volvería sino esporádicamente, ha sido con la intención de comprender cuál era el bagaje que el exilado traía en su baúl. Ya viejo, recordará todavía las primeras impresiones de la capital: «Las mejillas de la rubia Lutecia ardían aún bajo los cálidos besos del ardoroso julio, y la corona nupcial no se había marchitado todavía». En todas las esquinas veía las sagradas palabras: Liberté, Egalité, Fraternité.

En París se encontró, según confesión propia, «como pez en el agua». En los «salones» tuvo ocasión de entrar en contacto con lo más florido del mundo cultivado francés: Lafayette, George Sand, F. Mendelsson, Muset, Nerval, Gautier, Dumas, Balzac y Victor Hugo. Se divirtió y coqueteó en sus salones mundanos, pero no se alejó del propósito de su venida a París: ver ondear la Tricolor en Alemania y en Europa entera.

Las primeras crónicas que escribió en París para la «Gaceta General de Augsburgo», recogidas en forma de libro en 1833 («Französische Zustände»), muestran, en cambio, su asombro ante el acercamiento de la arcaica Santa Alianza al Rey Burgués, y son el testimonio de una nueva clarividencia: la del ascenso de la clase obrera. Heine se distancia ahora de la burguesía que había sido revolucionaria y que pacta con la aristocracia vienesa ante el nuevo y peligroso enemigo común. El último y mayor poeta romántico se ha convertido en el más agudo publicista alemán des-de Lessing, y gracias a su actividad periodística es-capó a «ese callejón ácrata sin salida que apunta detrás del chiste» (4 Manuel Sacristán en su sugeridora síntesis «Lecturas, I: Goethe, Heine». Ed. Ciencia Nueva. Madrid, 1967, página 67

1 (1) Ludwig Marcuse: «Heinrich Heine in Selbstzeugnissen und Bilddokumenten». Hamburg, 1960, p. 134.

2 Carta del 27 de febrero de 1830.

' Carta del 4 de febrero de 1830.

3 En «Ludwig Borne» (18), VII. Corresponde a la carta de 30-VIII-1830.

  1. 4 Manuel Sacristán en su sugeridora síntesis «Lecturas, I: Goethe, Heine». Ed. Ciencia Nueva. Madrid, 1967, página 67.



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