Katharsis Tristana Benito Pérez Galdós






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títuloKatharsis Tristana Benito Pérez Galdós
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- VIII -
«Te quise desde que nací...». Esto decía la primera carta... no, no, la segunda, que fue precedida de una breve entrevista en la calle, debajito de un farol, entrevista intervenida con hipócrita severidad por Saturna, y en la cual los amantes se tutearon sin acuerdo previo, como si no existiesen, ni existir pudieran otras formas de tratamiento. Asombrábase ella del engaño de sus ojos en las primeras apreciaciones de la persona del desconocido. Cuando se fijó en él, la tarde aquella de los sordo-mudos, túvole por un señor así como de treinta o más años. ¡Qué tonta! ¡Si era un muchacho!... Y su edad no pasaría seguramente de los veinticinco, sólo que tenía un cierto aire reflexivo y melancólico, más propio de la edad madura que de la juventud. Ya no dudaba que sus ojos eran como centellas, su color moreno caldeado de sol, su voz como blanda música que Tristana no había oído hasta entonces y que más le halagaba los senos del cerebro después de escuchada. «Te estoy queriendo, te estoy buscando desde antes de nacer -decía la tercera carta de ella, empapada de un espiritualismo delirante-. No formes mala idea de mí si me presento a ti sin ningún velo, pues el del falso decoro con que el mundo ordena que se encapuchen nuestros sentimientos se me deshizo entre las manos cuando quise ponérmelo. Quiéreme como soy; y si llegara a entender que mi sinceridad te parecía desenfado o falta de vergüenza, no vacilaría en quitarme la vida».
Y él a ella: «El día en que te descubrí fue el último de un largo destierro».
Ella: «Si algún día encuentras en mí algo que te desagrade, hazme la caridad de ocultarme tu hallazgo. Eres bueno, y si por cualquier motivo dejas de quererme o de estimarme, me engañarás, ¿verdad?, haciéndome creer que soy la misma para ti. Antes de dejar de amarme, dame la muerte mil veces».
Y después de escribir estas cosas, no se venía el mundo abajo. Al contrario, todo seguía lo mismo en la tierra y en el cielo. ¿Pero quién era él, quién? Horacio Díaz, hijo de español y de austríaca, del país que llaman Italia irredenta; nacido en el mar, navegando los padres desde Fiume a la Argelia; criado en Orán hasta los cinco años, en Savannah (Estados Unidos) hasta los nueve, en Shangai (China) hasta los doce; cuneado por las olas del mar, transportado de un mundo a otro, víctima inocente de la errante y siempre expatriada existencia de un padre cónsul. Con tantas idas y venidas, y el fatigoso pasear por el globo, y la influencia de aquellos endiablados climas, perdió a su madre a los doce años, y a su padre a los trece, yendo a parar después a poder de su abuelo paterno, con quien vivió quince años en Alicante, padeciendo bajo su férreo despotismo más que los infelices galeotes que movían a fuerza de remos las pesadas naves antiguas.
Para más noticias, óiganse las que atropelladamente vomitó la boca de Saturna, más bien secreteadas que dichas: «Señorita... ¡qué cosas! Voy a buscarle, pues quedamos en ello, al número 5 de la calle esa de más abajo... y apechugo tan terne con la dichosa escalerita. Me había dicho que a lo último, a lo último, y yo, mientras veía escalones por delante, para arriba siempre. ¡Qué risa! Casa nueva; dentro, un patio de cuartos domingueros, pisos y más pisos, y al fin... Es aquello como un palomar, vecinito de los pararrayos, y con vistas a las mismas nubes. Yo creí que no llegaba. Por fin, echando los pulmones, allí me tiene usted. Figúrese un cuarto muy grande, con un ventanón por donde se cuela toda la luz del cielo, las paredes de colorado, y en ellas cuadros, bastidores de lienzo, cabezas sin cuerpo, cuerpos descabezados, talles de mujer con pechos inclusive, hombres peludos, brazos sin persona, y fisonomías sin orejas, todo con el mismísimo color de nuestra carne. Créame, tanta cosa desnuda le da a una vergüenza... Divanes, sillas que parecen antiguas, figuras de yeso, con los ojos sin niña, manos y pies descalzos... de yeso también... Un caballete grande, otro más chico, y sobre las sillas o clavadas en la pared, pinturas cortas, enteras o partidas, vamos a decir, sin acabar, algunas con su cielito azul, tan al vivo como el cielo de verdad, y después un pedazo de árbol, un pretil... tiestos; en otra, naranjas y unos melocotones... pero muy ricos... En fin, para no cansar, telas preciosas y una vestidura de ferretería, de las que se ponían los guerreros de antes. ¡Qué risa! Y él allí, con la carta ya escrita. Como soy tan curiosa, quise saber si vivía en aquel aposento tan ventilado, y me dijo que no y que sí, pues... Duerme en casa de una tía suya, allá por Monteleón; pero todo el día se lo pasa acá, y come en uno de los merenderos de junto al Depósito».
-Es pintor; ya lo sé -dijo Tristana, sofocada de puro dichosa-. Eso que has visto es su estudio, boba. ¡Ay, qué bonito será!
Además de cartearse a diario con verdadero ensañamiento, se veían todas las tardes. Tristana salía con Saturna, y él las aguardaba un poco más acá de Cuatro Caminos. La criada los dejaba partir solos, con bastante pachorra y discreción bastante para esperarlos todo el tiempo que emplearan ellos en divagar por las verdes márgenes de la acequia del Oeste o por los cerros áridos de Amaniel, costeando el canal del Lozoya. Él iba de capa, ella de velito y abrigo corto, de bracete, olvidados del mundo y de sus fatigas y vanidades, viviendo el uno para el otro y ambos para un yo doble, soñando paso a paso, o sentaditos en extático grupo. De lo presente hablaban mucho; pero la auto-biografía se infiltraba sin saber cómo en sus charlas dulces y confiadas, todas amor, idealismo y arrullo, con alguna queja mimosa o petición formulada de pico a pico por el egoísmo insaciable, que exige promesas de querer más, más, y a su vez ofrece increíbles aumentos de amor, sin ver el límite de las cosas humanas.
En las referencias biográficas era más hablador Horacio que la niña de D. Lope. Esta, con muchísimas ganas de lucir su sinceridad, sentíase amordazada por el temor a ciertos puntos negros. Él, en cambio, ardía en deseos de contar su vida, la más desgraciada y penosa juventud que cabe imaginar, y por lo mismo que ya era feliz, gozaba en revolver aquel fondo de tristeza y martirio. Al perder a sus padres fue recogido por su abuelo paterno, bajo cuyo poder tiránico padeció y gimió los años que medían entre la adolescencia y la edad viril. ¡Juventud!, casi casi no sabía él lo que esto significaba. Goces inocentes, travesuras, la frívola inquietud con que el niño ensaya los actos del hombre, todo esto era letra muerta para él. No ha existido fiera que a su abuelo pudiese compararse, ni cárcel más horrenda que aquella pestífera y sucia droguería en que encerrado le tuvo como unos quince años, contrariando con terquedad indocta su innata afición a la pintura, poniéndole los grillos odiosos del cálculo aritmético, y metiéndole en el magín, a guisa de tapones para contener las ideas, mil trabajos antipáticos de cuentas, facturas y demonios coronados. Hombre de temple semejante al de los más crueles tiranos de la antigüedad o del moderno imperio turco, su abuelo había sido y era el terror de toda la familia. A disgustos mató a su mujer, y los hijos varones se expatriaron por no sufrirle. Dos de las hijas se dejaron robar, y las otras se casaron de mala manera por perder de vista la casa paterna.
Pues, señor, aquel tigre cogió al pobre Horacio a los trece años, y como medida preventiva le ataba las piernas a las patas de la mesa-escritorio, para que no saliese a la tienda ni se apartara del trabajo fastidioso que le imponía. Y como le sorprendiera dibujando monigotes con la pluma, los coscorrones no tenían fin. A todo trance anhelaba despertar en su nietecillo la afición al comercio, pues todo aquello de la pintura y el arte y los pinceles, no eran más, a su juicio, que una manera muy tonta de morirse de hambre. Compañero de Horacio en estos trabajos y martirios era un dependiente de la casa, viejo, más calvo que una vejiga de manteca, flaco y de color de ocre, el cual, a la calladita, por no atreverse a contrariar al amo, de quien era como un perro fiel, dispensaba cariñosa protección al pequeñuelo, tapándole las faltas y buscando pretextos para llevarle consigo a recados y comisiones, a fin de que estirase las piernas y esparciese el ánimo. El chico era dócil, y de muy endebles recursos contra el despotismo. Resignábase a sufrir hasta lo indecible antes que poner a su tirano en el disparadero, y el demonio del hombre se disparaba por la cosa más insignificante. Sometiose la víctima, y ya no le amarraron los pies a la mesa y pudo moverse con cierta libertad en aquel tugurio antipático, pestilente y obscuro, donde había que encender el mechero de gas a las cuatro de la tarde. Adaptábase poco a poco a tan horrible molde, renunciando a ser niño, envejeciéndose a los quince años, remedando involuntariamente la actitud sufrida y los gestos mecánicos de Hermógenes, el amarillo y calvo dependiente, que, por carecer de personalidad, hasta de edad carecía. No era joven ni tampoco viejo.
En aquella espantosa vida, pasándose de cuerpo y alma, como las uvas puestas al sol, conservaba Horacio el fuego interior, la pasión artística, y cuando su abuelo le permitió algunas horas de libertad los domingos y le concedió el fuero de persona humana, dándole un real para sus esparcimientos, ¿qué hacía el chico? Procurarse papel y lápices y dibujar cuanto veía. Suplicio grande fue para él que habiendo en la tienda tanta pintura en tubos, pinceles, paletas y todo el material de aquel arte que adoraba, no le fuera permitido utilizarlo. Esperaba y esperaba siempre mejores tiempos, viendo rodar los monótonos días, iguales siempre a sí mismos, como iguales son los granos de arena de una clepsidra. Sostúvole la fe en su destino, y gracias a ella soportaba tan miserable y ruin existencia.
El feroz abuelo era también avaro, de la escuela del licenciado Cabra, y daba de comer a su nieto y a Hermógenes lo preciso absolutamente para vivir, sin refinamientos de cocina, que, a su parecer, sólo servían para ensuciar el estómago. No le permitía juntarse con otros chicos, pues las compañías, aunque no sean enteramente malas, sólo sirven hoy para perderse: están los muchachos tan comidos de vicios como los hombres. ¡Mujeres!... Este ramo del vivir era el que en mayores cuidados al tirano ponía, y de seguro, si llega a sorprender a su nieto en alguna debilidad de amor, aunque de las más inocentes, le rompe el espinazo. No consentía, en suma, que el chico tuviese voluntad, pues la voluntad de los demás le estorbaba a él como sus propios achaques físicos, y al sorprender en alguien síntomas de carácter, padecía como si le doliesen las muelas. Quería que Horacio fuera droguista, que cobrase afición al género, a la contabilidad escrupulosa, a la rectitud comercial, al manejo de la tienda; deseaba hacer de él un hombre y enriquecerle; se encargaría de casarle oportunamente, esto es, de proporcionarle una madre para los hijos que debía tener; de labrarle un hogar modesto y ordenado, de reglamentar su existencia hasta la vejez, y la existencia de sus sucesores. Para llegar a este fin, que D. Felipe Díaz conceptuaba tan noble como el fin sin fin de salvar el alma, lo primerito era que Horacio se curase de aquella estúpida chiquillada de querer representar los objetos por medio de una pasta que se aplica sobre tabla o tela. ¡Vaya una tontería! ¡Querer reproducir la Naturaleza, cuando tenemos ahí la Naturaleza misma delante de los ojos! ¿A quién se le ocurre tal disparate? ¿Qué es un cuadro? Una mentira, como las comedias, una función muda, y por muy bien pintado que un cielo esté, nunca se puede comparar con el cielo mismo. Los artistas eran, según él, unos majaderos, locos y falsificadores de las cosas, y su única utilidad consistía en el gasto que hacían en las tiendas comprando los enseres del oficio. Eran, además, viles usurpadores de la facultad divina, e insultaban a Dios queriendo remedarle, creando fantasmas o figuraciones de cosas, que sólo la acción divina puede y sabe crear, y por tal crimen, el lugar más calentito de los Infiernos debía ser para ellos. Igualmente despreciaba D. Felipe a los cómicos y a los poetas; como que se preciaba de no haber leído jamás un verso, ni visto una función de teatro; y hacía gala también de no haber viajado nunca, ni en ferrocarril, ni en diligencia, ni en carromato; de no haberse ausentado de su tienda más que para ir a misa o para evacuar algún asunto urgente.
Pues bien, todo su empeño era reacuñar a su nieto con este durísimo troquel, y cuando el chico creció y fue hombre, crecieron en el viejo las ganas de estampar en él sus hábitos y sus rancias manías. Porque debe decirse que le amaba, sí, ¿a qué negarlo?, le había tomado cariño, un cariño extravagante, como todos sus afectos y su manera de ser. La voluntad de Horacio, en tanto, fuera de la siempre viva vocación de la pintura, había llegado a ponerse lacia por la falta de uso. Últimamente, a escondidas del abuelo, en un cuartucho alto de la casa, que este le permitió disfrutar, pintaba, y hay algún indicio de que lo sospechaba el feroz viejo y hacía la vista gorda. Fue la primera debilidad de su vida, precursora quizá de acontecimientos graves. Algún cataclismo tenía que sobrevenir, y así fue, en efecto; una mañana, hallándose D. Felipe en su escritorio revisando unas facturas inglesas de clorato de potasa y de sulfato de zinc, inclinó la cabeza sobre el papel y quedó muerto sin exhalar un ay. El día antes había cumplido noventa años.
- IX -
Todo esto, y otras cosas que irán saliendo, se lo contaba Horacio a su damita, y esta lo escuchaba con deleite, confirmándose en la creencia de que el hombre que le había deparado el Cielo era una excepción entre todos los mortales, y su vida lo más peregrino y anómalo que en clase de vidas de jóvenes se pudiera encontrar; como que casi parecía vida de un santo digna de un huequecito en el martirologio. «Cogiome aquel suceso -prosiguió Díaz- a los veintiocho años, con hábitos de viejo y de niño, pues por un lado la terrible disciplina de mi abuelo había conservado en mí una inocencia y desconocimiento del mundo impropios de mi edad, y por otro poseía virtudes propiamente seniles, inapetencias de lo que apenas conocía, un cansancio, un tedio que me hicieron tener por hombre entumecido y anquilosado para siempre... Pues, señor, debo decirte que mi abuelo dejó un bonito caudal, amasado cuarto a cuarto en aquella tienda asquerosa y mal oliente. A mí me tocaba una quinta parte; diéronme una casa muy linda en Villajoyosa, dos finquitas rústicas y la participación correspondiente en la droguería, que continúa con la razón social de Sobrinos de Felipe Díaz. Al verme libre, tardé en reponerme del estupor que mi independencia me produjo; me sentía tan tímido, que al querer dar algunos pasos por el mundo, me caía, hija de mi alma, me caía, por no haber ejercitado en mucho tiempo las piernas.

»Mi vocación artística, ya desatada de aquel freno maldito, me salvó, hízome hombre. Sin cuidarme de intervenir en los asuntos de la testamentaría, levanté el vuelo, y del primer tirón me planté en Italia, mi ilusión, mi sueño. Yo había llegado a pensar que Italia no existía, que tanta belleza era mentira, engaño de la mente. Corrí allá, y... ¡qué había de suceder! Era yo como un seminarista sin vocación a quien sueltan por esos mundos después de quince años de forzosa virtud. Ya comprenderás... el contacto de la vida despertó en mí deseos locos de cobrar todo lo atrasado, de vivir en meses los años que el tiempo me debía, estafándomelos de una manera indigna, con la complicidad de aquel viejo maniático. ¿No me entiendes?... Pues en Venecia me entregué a la disipación, superando con mi conducta a mis propios instintos, pues no era el niño-viejo tan vicioso como aparentaba serlo por desquite, por venganza de su sosería y ridiculez pasadas. Llegue a creer que si no extremaba el libertinaje no era bastante hombre, y me recreaba mirándome en aquel espejo, inmundo si se quiere, pero en el cual me veía mucho más airoso de lo que fui en la trastienda de mi abuelo... Naturalmente, me cansé; claro. En Florencia y Roma, el arte me curó de aquel afán diabólico, y como mis pruebas estaban hechas, y ya no me atormentaba la idea de doctorarme de hombre, dediqueme al estudio; copiaba, atacando con brío el natural; pero mientras más aprendía, mayor suplicio me causaba la deficiencia de mi educación artística. En el color íbamos bien: lo manejaba fácilmente; pero en el dibujo, cada día más torpe. ¡Cuánto he padecido, y qué vigilias, qué afanes día y noche, buscando la línea, luchando con ella y concluyendo por declararme vencido, para volver en seguida a la espantosa batalla, con brío, con furor...!

»¡Qué rabia!... Pero no podía ser de otra manera. Como de niño no cultivé el dibujo, costábame Dios y ayuda encajar un contorno... Te diré que en mis tiempos de esclavitud, al trazar números sin fin en el escritorio de D. Felipe, me entretenía en darles la intención de formas humanas. A los sietes les imprimía cierto aire jaquetón, como si rasguease un escorzo de hombre; con los ochos apuntaba un contorno de seno de mujer, y qué sé yo... los treses me servían para indicar el perfil de mi abuelo, semejante al pico de una tortuga... Pero este ejercicio pueril no bastaba. Faltábame el hábito de ver seriamente la línea y de reproducirla. Trabajé, sudé, renegué... y por fin, algo aprendí. Un año pasé en Roma entregado en cuerpo y alma al estudio formal, y aunque tuve también allí mis borracheritas del género de las de Venecia, fueron más reposadas, y ya no era yo el zangolotino que llega tarde al festín de la vida, y se come precipitadamente con atrasado apetito los platos servidos ya, para ponerse al nivel de los que a su debido tiempo empezaron.

»De Roma me volví a Alicante, donde mis tíos arreglaron la herencia, asignándome la parte que quisieron, sin ninguna desavenencia ni regateo por mi parte, y di mi último adiós a la droguería, transformada y modernizada, para venirme acá, donde tengo una tía que no me la merezco, más buena que los ángeles, viuda sin hijos, y que me quiere como a tal, y me cuida y me agasaja. También ella fue víctima del que tiranizó a toda la familia. Como que sólo le pasaba una peseta diaria, y en todas sus cartas le decía que ahorrase... Apenas llegué a Madrid tomé el estudio y me consagré con alma y vida al trabajo. Tengo ambición, deseo el aplauso, la gloria, un nombre. Ser cero, no valer más que el grano que, con otros iguales, forma la multitud, me entristece. Mientras no me convenzan de lo contrario, creeré que me ha caído dentro una parte, quizá no grande, pero parte al fin, de la esencia divina que Dios ha esparcido sobre el montón, caiga donde cayere.

»Te diré algo más. Meses antes de descubrirte padecí en este Madrid ¡unas melancolías...! Encontrábame otra vez con mis treinta años echados a perros, pues aunque conocía un poco la vida y los placeres de la mocedad, y saboreaba también el goce estético, faltábame el amor, el sentimiento de nuestra fusión en otro ser. Entregueme a filosofías abstrusas, y en la soledad de mi estudio, bregando con la forma humana, pensaba que el amor no existe más que en la aspiración de obtenerlo. Volví a mis tristezas amargas de adolescente; en sueños veía siluetas, vaguedades tentadoras que me hacían señas, labios que me siseaban. Comprendía entonces las cosas más sutiles; las psicologías más enrevesadas parecíanme tan claras como las cuatro reglas de la Aritmética... Te vi al fin; me saliste al encuentro. Te pregunté si eras tú... no sé qué te dije. Estaba tan turbado, que debiste de encontrarme ridículo. Pero Dios quiso que supieras ver lo grave y serio al través de lo tonto. Nuestro romanticismo, nuestra exaltación, no nos parecieron absurdos. Nos sorprendimos con hambre atrasada, el hambre espiritual, noble y pura que mueve el mundo, y por la cual existimos, y existirán miles de generaciones después de nosotros. Te reconocí mía y me declaraste tuyo. Esto es vivir; lo demás, ¿qué es?».
Dijo, y Tristana, atontada por aquel espiritualismo, que era como bocanadas de incienso que su amante arrojaba sobre ella con un descomunal botafumeiro, no supo responderle. Sentía que dentro del pecho le pataleaba la emoción, como un ser vivo más grande que el seno que lo contiene, y se desahogaba con risas frenéticas, o con repentinos y ardientes chorretazos de lágrimas. Ni era posible decir si aquello era en ambos felicidad o una pena lacerante, porque uno y otro se sentían como heridos por un aguijón que les llegaba al alma, y atormentados por el deseo de un más allá. Tristana, particularmente, era insaciable en el continuo exigir de su pasión. Salía de repente por el registro de una queja amarguísima, lamentándose de que Horacio no la quería bastante, que debía quererla más, mucho más; y él concedía sin esfuerzo el más, siempre más, exigiendo a su vez lo mismo.
Contemplaban al caer de la tarde el grandioso horizonte de la Sierra, de un vivo tono de turquesa, con desiguales toques y transparencias, como si el azul purísimo se derramase sobre cristales de hielo. Las curvas del suelo desnudo, perdiéndose y arrastrándose como líneas que quieren remedar un manso oleaje, les repetían aquel más, siempre más, ansia inextinguible de sus corazones sedientos. Algunas tardes, paseando junto el canalillo del Oeste, ondulada tira de oasis que ciñe los áridos contornos del terruño madrileño, se recreaban en la placidez bucólica de aquel vallecito en miniatura. Cantos de gallo, ladridos de perro, casitas de labor; el remolino de las hojas caídas, que el manso viento barría suavemente, amontonándolas junto a los troncos; el asno, que pacía con grave mesura; el ligero temblor de las más altas ramas de los árboles, que se iban quedando desnudos, todo les causaba embeleso y maravilla, y se comunicaban las impresiones, dándoselas y quitándoselas como si fuera una sola impresión que corría de labio a labio y saltaba de ojos a ojos.
Regresaban siempre a hora fija, para que ella no tuviese bronca en su casa, y sin cuidarse de Saturna, que los esperaba, iban del brazo por el camino de Aceiteros, al anochecer más silencioso y solitario que la Mala de Francia. Al lado de Occidente veían el cielo inflamado, rastro espléndido de la puesta del sol. Sobre aquella faja se destacaban, como crestería negra de afiladas puntas, los cipreses del cementerio de San Ildefonso, cortados por tristes pórticos a la griega, que a media luz parecen más elegantes de lo que son. Pocas habitaciones hay por allí, y poca o ninguna gente encontraban a tal hora. Casi siempre veían uno o dos bueyes desuncidos, echados, de esos que por el tamaño parecen elefantes, hermosos animales de raza de Ávila, comúnmente negros, con una cornamenta que pone miedo en el ánimo más valeroso; bestias inofensivas a fuerza de cansancio, y que, cuando las sueltan del yugo, no se cuidan más que de reposar, mirando con menosprecio al transeúnte. Tristana se acercaba a ellos hasta poner sus manos en las astas retorcidas, y se hubiera alegrado de tener algo que echarles de comer. «Desde que te quiero -a su amigo decía-, no tengo miedo a nada, ni a los toros ni a los ladrones. Me siento valiente hasta el heroísmo, y ni la serpiente boa ni el león de la selva me harían pestañear».
Cerca ya del antiguo Depósito de aguas veían los armatostes del Tío Vivo, rodeados de tenebrosa soledad. Los caballitos de madera, con las patas estiradas en actitud de correr, parecían encantados. Los balancines, la montaña rusa, destacaban en medio de la noche sus formas extravagantes. Como no había nadie por allí, Tristana y Horacio solían apoderarse durante breves momentos de todos los juguetes grandes con que se divierte el niño-pueblo... Ellos también eran niños. No lejos de aquel lugar veían la sombra del Depósito viejo, rodeado de espesas masas de árboles, y hacia la carretera brillaban luces, las del tranvía o coches que pasaban, las de algún merendero en que todavía sonaba rumor pendencioso de parroquianos retrasados. Entre aquellos edificios de humilde arquitectura, rodeados de banquillos paticojos y de rústicas mesas, esperábales Saturna, y allí era la separación, algunas noches tan dolorosa y patética como si Horacio se marchara para el fin del mundo o Tristana se despidiera para meterse monja. Al fin, al fin, después de mucho tira y afloja, conseguían despegarse, y cada mitad se iba por su lado. Aún se miraban de lejos, adivinándose, más que viéndose, entre las sombras de la noche.
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