Introducción






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Título original de la obra: Metodologia historia

JERZY TOPOLSKI

Ilustración 1






Introducción 3

La materia de la metodología de las ciencias
8


II La materia de la metodología de la historia
20


III El alcance de la materia (área) de la investigación histórica
30


Iv Reflexion pragmática 41

VI REFLEXION erudita y genética 57

REFLEXIÓN ESTRUCTURAL 75

6. Reflexión metodológica en Gran Bretaña y América
98


REFLEXION LOGICA 106

XI Reflexión dialectica
123


TERCER PARTE LA MET0D0LOGIA OBJETIVA DE HISTORIA
138


XI El proceso hist6rico (causalidad y determinismo)
150


XII El proceso historico (regularidades historicas)
173



CUARTA PARTE LA METODOLOGIA PRAGMATICA DE LA HISTORIA LA TEORIA DEL CONOCIMIENTO BASADO Y NO BASADO EN FUENTES 189



Preguntas y respuestas. Una reconstrucción general de la investigación histórica
229


2. Primeras clasificaciones de las fuestes históricas 249


4. La lectura de la información de una fuente (desciframiento) 253


XVI
Teoría del conocimiento basado en fuentes y no basados en fuentes 256


1. Intento de explicación del concepto de conocimiento no basado en fuentes
256


XVII Las funciones del conocimiento
basado en fuentes y no basado en fuentes
265


QUINTA PARTE
272


LA METODOLOGIA PRAGMATICA DE LA HISTORIA: LOS METODOS DE RECONSTRUCCION DEL PROCESO HISTORICO
272


XIX Métodos para establecer los hechos históricos
287


XXII Construcción y síntesis
375


xxv Elementos de las narraciones históricas : evatuaciones
413


XXVI La estructura metodológica de la investigación historica 426





Introducción


Ninguna disciplina ha sido más alabada ni más criticada que el estudio de la historia. Cicerón pedía que la historia enseñara a los hombres cómo vivir. Aristóteles le negaba la calificación de verdadera ciencia, y consideraba que la mayor sabiduría era la poesía. En diversas épocas, a la historia se le ha asignado una posición predominante o degradada en la jerarquía de las ciencias. Hoy se pueden admirar la precisión y l.a sofisticación, cada vez mayores, de los métodos usados por los historiadores. Pero, por otra parte, la Historia de la Guerra del Peloponeso, de Tucídides, sirve todavía como el mejor modelo para reconstruir el pasado histórico. Incluso a aquellos que hiegan la posibilidad de una reconstrucción objetiva del pasado les gustaría ser recordados, «objetivamente» o no, por los historiadores. La aversión por la historia y el miedo ante su veredicto rio son incompatibles con la reverenda y el temor ante quienes la ejrcen, los historiadores. De forma que la actitud del hombre hacia la historia es ambigua.
La controversia sobre la historia continúa. Están en juego cuestiones muy diversas. Sin embargo, son los propios historiadores los menos comprometidos en la disputa. Raramente decide un historiador abrir la puerta de su estudio y unirse a la mélée sobre el significado de la historia. La ma yoría de las veces la cierra de uit portazo y vuelve a sus estudios, olvidando el hecho de que, con el paso del tiempo, el abismo entre su trabajo científico y su público puede ensancharse. El historiador ho rehúye la pelea, simplemente elige su propio campo de batalla. Lo que trata de defender es, por supuesto, la vçrdad histórica y la honradez en la presentación del pasado, ya que cree que este es su mejor modo de servir a la sociedad. Preocupado por este problema, deja a otros la controversia sobre la historia como disciplina. Las cuestiones se deciden a sus espaldas, aun a pesar de que él, con su trabajo diario, proporciona argumentos a ambas partes. Incluso si decide unirse al conflicto, no logra darse cuenta, a menudo, de que su participación es limitada porque habla un idioma especial. ¿Debería el historiador cambiar su actitud hacia esta controversia sobre la historia? No se puede enzarzar en un combate con dos frentes: ars longa, vita brevis.
¿Cuál debe ser el papel de un historiador que ejerce como profesional, en la controversia sobre la historia como disciplina? No puede ni ignorarla ni dedicarle todo su tiempo. Sin embargo, puede definir su propia posición en el debate y después explicarla con ejemplos de su labor diaria. De esta forma, puede defender su posición, mientras, al mismo tiempo, se dedica a su trabajo y construye el cuerpo de conocimientos esenciales sobre el que se apoya la historia.
El momento es oportuno para que el que ejerce como historiador ayude a conformar el éxito del debate sobre historiografía. Las creencias de los Viejos tiempos sobre la estructura jerárquica de las ciencias eStán actualmente derrumbándose. Ya no se acepta que haya un modelo para todo trabajo científico al que las otras disciplinas estén necesariamente subordinadas. Esta opinión ha tardado mucho en desintegrarse. Su ocaso comenzó a principios del siglo, xix, con la demostración de que incluso en las matemáticas hay amplias áreas que carecen de precisión y en las que prevalece el pensamiento intuitivo. Esta demostración llevó a un amplio estudio de los métodos matemáticos (cfr. D. Hilbert). A esto siguieron una serie de pasos, entre ellos el teorema de Gódel y otras demostraciones del engaño de la creencia de que puede existir un lenguaje perfectamente riguroso. El programa radical del fisicalismo también se desintegró. Se probó que esta idea, en un tiempo atractiva, de construir una ciencia unificada basada en la reducción de los términos usados en todas las disciplinas a los que se usan en física, era impracticable.
La creciente convicción de que no existe la ciencia ideal, y el énfasis puesto sobre la peculiaridad de cada disciplina, al menos en el nivel actual de desarrollo, ha estimulado la investigación empírica sobre disciplinas específicas y las relaciones entre ellas. Esto ha dado lugar a que podamos abogar por la unidad de las ciencias, exigir que el lenguaje científico sea preciso, pedir que los estudiosos lo manejen tan cuidadosamente como cualquier otro instrumento, y al mismo tiempo podamos abandonar las proclamas dogmáticas en favor de una determinada jerarquía de las ciencias.
El interés por la investigación sobre los métodos científicos afecta profundamente a la historia. Esta disciplina ha sido siempre controvertida. En décadas recientes, en un mundo de rápidos cambios (cfr. Geoffrey Barraclough), los historiadores han estado ocupados con sus investigaciones sustanciales (cada vez más lejos de la visión de Anatole France), y han mejorado sus métodos. Su producción se ha acumulado rápidamente. Armado con la producción, cada vez mayor, de esta clase de literatura histórica, más sofisticada metodológicamente, el historiador es capaz, hoy en día, de entrar en la controversia sobre la naturaleza y el estado de la historia como ciencia con renovada confianza. Si ignora los últimos métodos históricos y sus logros, se encontrará con sonrisas condescendientes por parte de científicos sociales más experimentados y metodológicamente avanzados. Todos los historiadores deben estar al tanto de los métodos más nuevos, aunque ellos en realidad no los usen. Sin este conocimiento general la historia no puede mejorar su posición.
Las primeras afirmaciones de los historiadores sobre sus técnicas de investigación revelan la naturaleza y l grado de sus conocimientos metodológicos. Hace pocas décadas, cuando Marc Bloch escribía su The Historians’ Craft y la ciencia del método científico no estaba tan avanzada como ahora, los historiadores se tornaban poco interés por los problemas concretos de metodología. Desde entonces se ha dicho mucho sobre la ciencia histórica sin la participación de los historiadores. Hoy en día, quienes ejercen la historiografía tienen que estar más al tanto de las consideraciones metodológicas.
Persisten todavía equívocos sobre la metodología histórica, y convierten en una tarea difícil el escribir historia con plena conciencia del método de investigación usado. Una visión bastante común de la metodología histórica es que comprende una red ordenada de fórmulas que facilitan la resolución de casos complicados. La cuestión de los métodos sólo surge ante problemas específicos; los métodos particulares se aplican a casos particulares y sólo se consideran importantes en la medida en que son directamente «útiles» para un problema específico de investigación. Así, el interés directo en los métodos de investigación, por parte de los historiadores (corno se ha reflexionaado en varios libros), estuvo reducido durante largo tiempo a una esfera de problemas fijada en el siglo xix y dominada por cuestiones técnicas, como la crítica de las fuentes.
Este libro ha surgido a partir de una acumulación de reflexiones sobre el estado de la ciencia histórica y sobre los peligros reales que amenazan a dicha ciencia. La historia ha afrontado peligros desde el siglo xix, cuando empezó a abandonar las construcciones teóricas de la historiografía de la Ilustración en favor de la erudición del siglo XIX y se enfrentó a una nueva ciencia, la sociología. Los sociólogos se desenvolvían en los terrenos abandonados por los historiadores, aunque cultivados por ellos en años anteriores (por ejemplo, por Ibn Khaldun, Maquiavelo, Voltaire, Ferguson y otros). La historia, vieja y arrogante en sus logros, vio su papel en el área de las premisas teóricas minado por la sociología, sobre todo en el caso de las de naturaleza estructural. Esto significó que la historia se vio privada de uno de los dos elementos indispensables para explicar el enigma del desarrollo histórico. Porque para explicar el desarrollo de un sistema (capítulos IX y X) debemos saber no sólo los diversos estadios por los que pasa este sistema en sucesivos momentos (ya que esto muestra sólo sus cambios), sino también la estructura del sistema. Parece que en todas las ciencias es indispensable comprorneterse tanto en la investigación empírica como en la teórica. La proporción entre estas dos formas de investigación no es la misma para cada rama de la ciencia. Pero hay estrechos lazos entre la observación y la teoría en todas las ciencias, y la observación (la experiencia) no puede estar nunca totalmente separada de la teoría.
El análisis de L. Geymonat hace hincapié en la claridad de las teorías científicas. Geymonat tiene razón cuando dice que lo esencial de la ciencia nunca puede ser aprehendido sin consideraciones de naturaleza histórica y pragmática’. Para evitar los peligros a los que está expuesta la historia, el historiador debe ser más consciente metodológipamente. Esto le ayudará a observar lo que ocurre en la ciencia y a ver lo grandes que son los riesgos. El quid no es que una ciencia domine al resto, sino cuál de las ciencias va a proporcionar un acercamiento integral al estudio de la sociedad. ¿Va a ser la historia? ¿O la sociología? ¿O la psicología social? La llamada a la unidad de la ciencia, concebida como una jerarquía de disciplinas, está siendo resueltanente sustituida por la llamada a la integración de las ciencias, afirmando la igualdad de categoría de todas las disciplinas y buscando posibles lazos entre ellas. La historia debe buscar su justo lugar entre las diversas ciencias.
Esste libro puede ser utilizado para enseñar la metodolgía de la historia, pero no era ése su propósito en un principio. Su intención es revisar los principales problemas de la investigación metodológica sobre historiografía y señalar los principales resultados obtenidos. El libro hace una propuesta basada en una concepción definida de la ciencia histórica y sus tareas. Sus dos premisas fundamentales, en lenguaje común, son:
1) La tarea, fundamental de la investigación histórica es explicar —esto es, describir los medios y causas de—- el desarrollo de los sistemas.
2) Es imposible separar la observación de la teoría en la labor de llevar a cabo rina investigación histórica efectiva sobre el desarrollo de los sistemas. Cuanta más conciencia nomotética tenga un historiador, más efectiva será su investigación. La çonciencia nornotética es una función del tipo de conocimiento teórico que está a su disposición. Dependerá mucho, por supuesto, del alcance y calidad de dicho conocimiento.
Estas dos afirmaciones son las principales conclusiones sacadas de un análisis, lo más completo posible, de los diversos estadios en la evolución de la historiografía. La primera se refiere a la historia como materia de la investigación científica, y la segunda, a los procedimientos de investigación usados por quienes la ejercen, y sus resultados, formulados en premisas específicas.
La primera parte del libro está dedicada al alcance de la metodología de la historia y los diversos significados de este término. Hemos afirmado aquí que la metodología histórica puede ser interpretada de una forma estricta o de una forma amplia. Concebida estrictamente, cubre sólo la «ciencia» de la «ciencia de la historia)>, interpretada como una serie de métodos y una serie de afirmaciones. En una concepción amplia, cubre además consideraciones generales sobre la materia de la investigación histórica. Este libro prefiere la segunda y más amplia concepción.
La segunda parte saca a colación las principales líneas generales de la evolución de las consideraciones sobre la historia y la literatura histórica. Se toman en cuenta varios tipos de opiniones: pragmátiCaS críticas, eruditas-genéticas, estructurales, lógicas y dialécticas. Cada tipo se concentra sobre aspectos particulares de la investigación histórica. Los tipos lógico y dialéctico van estrechamente unidos a la materia del libro. El tipo dialéctico, se afirma aqUí, se refiere a la comprensión del proceso histórico, mientras que el tipo lógico proporciona instrumentos formales para un análisis metacientifico, por medio de la descripción del trabajo investigador de los historiadores y de la estructura metodológica de la historiografía. La demanda de que la observación y la teoría no pueden distinguirse da lugar al concepto del conocimiento que no está puramente basado en fuentes
—una idea nueva para los historiadores tradicionales, con su excesiva consideración hacia las fuentes—. El conocimiento no basado en fuentes es tratado en la tercera parte, que sobre todo aporta comentarios sobre la materia de la investigación histórica. Las conclusiones en ese campo, llamado a veces la filosofía de la historia, son consideradas aquí como el elemento más impórtante del conocimiento no basado en fuentes, requerido en la investigación histórica. De aquí el estudio, en esta sección del libro, de «qué» es el «hecho» histórico.
Las partes cuarta y quinta se enfrentan con el procedimiento de reconstruir el proceso histórico, un procedimiento en el que el historiador recurre al conocimiento basado y no basado en fuentes. Aquí se analizan la teoría de las fuentes históricas, el estudio de su fiabilidad y autenticidad, los métodos de restablecer hechos históricos y los problemas de la explicación y la síntesis. La sexta parte, la última, se ocupa de un análisis de la estructura metodológica de la ciencia histórica. Se ha intentado dar un principio de respuesta a la vieja cuestión de la naturaleza idiográfica de la ciencia histórica, esto fue debido, sobre todo, a la contribución de A. Malewski, que demostró una habilidad excepcional para el análisis metodológico de datos históricos. En mi opinión, este libro se queda corto, en parte, porque no es posible para un solo autor combinar satisfactoriamente la competencia como metodologista con l de un historiador profesional, la competencia en dos disciplinas que se están desarrollando ahora tan turbulentamente. Soy consciente, además, de que mi competencia debe de quedar cada vez más rezagada ante los últimos avances en la ciencia.
Cuando, a pesar de tales dificultades, decidí llevar adelante la tarea de escribir un esbozo de la metodología de la historia, sabía que podía confiar en la benevolencia de mucha gente que me ha ayudado a lo largo de mi trabajo. Esto se refiere, especialmente, a la ayuda en una formulación de ideas más rigurosa. La ayuda de J. Giedymin, empezando por el primer esbozo del libro, fue de particular importancia. Me refiero no sólo a sus recientes estudios sobre la metodología de las ciencias sociales (en particular la metodología de las preguntas y respuestas y de los análisis históricos, a la que me he acercado muchas veces), sino también a su generoso asesoramiento personal y a la reseña de este libro que escribió para el editor. Doy mi reconocimiento a T. Zawadzki por las discusiones sobre todos los capítulos del libro. Me ayudó especialmente para l reconstrucción de las afirmaciones metodológicas de los historiadores antiguos. También me proporcionaron libros y comentarios T. Kozanecki y otros colegas. Estoy en deuda con la sección de Poznan de la Sociedad Filosófica Polaca, donde se discutieron varias de las cuestiones que aquí tratamos. Quisiera dar las gracias, especialmente, a los profesores G. Labuda y el difunto M. H. Serejski, que fueron tan amables de leer el manuscrito y ofrecieron su precioso tiempo para hacer sus comentarios.
Aunque menciono a todos estos estudiosos y su benevolencia, no quiero decir que ellos compartan la responsabilidad de las opiniones mantenidas en este libro. Todas las críticas y objeciones deben dirigirse al propio autor. Debo una explicación final al lector: ¿debe ser considerado el autor como un historiador o como un metodologista? Pretendo ser considerado como un historiador que quiere poner en funcionamiento un programa para la integración de la ciencia. Si soy demasiado atrevido al penetrar en los dominiOs de renombrados expertos, que mi deseo de considerar la posible integración de la ciencia sirva como excusa. A lo largo de mi trabajo he avanzado estimulado por una afirmación encontrada en una vieja obra, bien conocida, de Ch. Langlois y Ch. Seignobos: «En réalité., l’histoire est sans doute la discipline oü ji est le plus nécessaire que íes travailieurs aient une conscience claire de la i’néthode dont jis se servent» 2
La plena conciencia de este hecho acercará grandemente el estudio de la historia al público y producirá una participación efectiva de la historia, una de las disciplinas más viejas pero siempre joven, en la interpretación y el cambio del mundo.
Poznan, septiembre de 1966.
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