Descubrir tu pasión lo cambia todo






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hbo, fue miembro destacado del elenco de Def Poetry on Broadway, ganador de un Tony Award; lanzó su primer álbum al mercado en uno de los principales sellos discográficos, y actuó delante de millones de personas en el concierto Live 8. Su mensaje es optimista y motivador, habla de la importancia de la familia y del poder de la juventud. En respaldo de sus letras, fundó el Hoodwatch Movement Organization para ayudar a que los chicos de los suburbios vayan por el buen camino y comprendan el alcance de su potencial. Los críticos elogian su trabajo y el público responde con pasión, y cuando lo ves sobre un escenario puedes sentir que está en la zona.

Para Black Ice, sin embargo, este acceso a la zona procede de su sentido del deber. «Mi vida ha sido tan significativa que tengo que escribir cosas que lleguen a la gente —dijo en otra entrevista—.Tengo un legado que defender. Crecí rodeado de grandes hombres. Mi padre, mis tíos y mi abuelo son mis héroes, y solo por ello hay algunas cosas que nunca podría llegar a decir. Nunca podría mirar a mi padre a la cara si supiera que mis canciones, que suenan en la radio, dicen tonterías.

»Mi voz es mi don. Carecería de sentido si no transmitiese nada. Es muy importante. Ahora puedo ver lo importante que es en la sociedad. A veces me desanimo, pero tengo la convicción de que puedo aportar algo. Somos quienes somos, pero quiero llegar hasta los chicos y que mi mensaje perdure en los oídos de los niños de siete y ocho años. Decirles: “Vas a ser algo... no hay ningún otro compromiso si tú no quieres; vas a ser algo”.»

Este es otro de los secretos de estar en la zona: que cuando estás inspirado, tu trabajo puede inspirar a los demás. Estar en la zona te conecta con tu yo más natural. Y cuando estás en ese lugar, puedes contribuir en un nivel mucho mayor.

Una de las ideas que ya hemos tratado —y a la que volveremos más adelante (no tiene sentido utilizar una buena idea solo una vez)— es que la inteligencia es distinta en cada persona. Este es un punto especialmente importante que hay que reconocer al explorar el concepto de estar en la zona. Estar en la zona tiene mucho que ver con utilizar de forma óptima el tipo de inteligencia que tengas. Eso es a lo que se refiere Ewa Laurance cuando habla del billar y la geometría. Es con lo que conecta Monica Seles cuando su inteligencia física y su agudeza mental se convierten en una sola cosa, lo que Black Ice evoca cuando entreteje sus palabras nacidas tanto de una atenta observación como de un refinado oído para el ritmo.

Sé tú mismo

Cuando una persona se encuentra en la zona, se alinea de modo natural con una forma de pensar que funciona mejor para ella. Creo que esta es la razón por la que el tiempo parece tomar una nueva dimensión cuando se está en la zona. Procede de un nivel de desenvoltura que permite una total inmersión y que hace que sencillamente el tiempo no «se sienta» de la misma forma. Esta ausencia de esfuerzo está directamente relacionada con los estilos de pensamiento. Cuando las personas utilizan un estilo de pensamiento totalmente natural a ellas, todo sucede con mayor facilidad.

Puedo comprender la lógica de esto porque es evidente que personas diferentes piensan acerca de las mismas cosas de forma distinta. Hace unos años fui testigo, con mi hija Kate, de un ejemplo significativo. Kate se acerca al mundo visualmente. Es muy lista, desenvuelta y culta, pero pierde el interés muy rápido cuando le explican alguna cosa (de todo tipo, no solo aquellas que implican que tiene que limpiar su habitación). Poco después de nuestra llegada a Los Ángeles desde Inglaterra, su profesor de historia comenzó a explicar la parte sobre la guerra de Secesión. Al no ser estadounidense, Kate sabía muy poco acerca de este período de la historia del país, y sacó muy poco de la relación de fechas y acontecimientos por parte de su profesor. Esta aproximación —llenar la cabeza de los alumnos con una serie de datos de una lista— la interesó poco. Pero se acercaba el examen de la asignatura y no podía pasar del tema.

Como sabía que Kate tenía una inteligencia visual muy fuerte, le aconsejé que considerara la idea de crear un mapa mental. El mapeo mental, técnica creada por Tony Buzan, permite que una persona se haga una representación visual de un concepto o de cierta cantidad de información. Hay que situar el concepto principal en el centro del mapa y, con líneas, flechas y colores, conectar otras ideas a ese concepto. Tenía el presentimiento de que, con su tendencia a pensar visualmente, Kate sacaría partido de contemplar la guerra desde esa perspectiva.

Unos días después, Kate y yo salimos a almorzar y le pregunté si había tenido la posibilidad de probar a hacer un mapa mental. Resultó que había hecho mucho más que probarlo. Mediante esta técnica se había creado en su mente una representación tan intensa de la guerra de Secesión que se pasó los siguientes cuarenta minutos contándome los episodios principales y las consecuencias. Al contemplarlo desde esta perspectiva —que aprovechaba una de las formas primordiales en las que ella piensa—, Kate pudo entender la guerra de un modo que nunca le habrían proporcionado los datos de una lista. Al haberse hecho un mapa mental, podía ver con claridad las imágenes en su mente, como si las hubiese fotografiado.

Romper las barreras mentales

Se ha intentado varias veces clasificar los estilos de pensamiento, e incluso los tipos de personalidad, para así poder entender y organizar a la gente de manera más eficaz. Estas categorías pueden ser más o menos útiles si no perdemos de vista que solo son una forma de pensar las cosas y no las cosas mismas. Con frecuencia, estos sistemas de tipos de personalidad son especulativos y no muy fidedignos porque a menudo nuestra personalidad se niega a quedarse quieta y tiende a revolotear entre no importa qué casillas ideen los examinadores.

Cualquiera que alguna vez haya pasado la prueba Myers-Briggs conoce las diversas casillas que la componen. Parece que a los departamentos de recursos humanos les gusta utilizar el Myers-Briggs Type Indicator (mbti) para «tipificar» a la gente. Más de dos millones y medio de personas se

examinan del mbti todos los años, y muchas de las cien principales compañías de la lista de Fortune lo utilizan. Fundamentalmente, se trata de una prueba de personalidad, aunque más sutil que las que suelen publicar algunas revistas. Las personas contestan a una serie de preguntas en cuatro categorías básicas (actitud hacia la energía, percepción, juicio y orientación ante los acontecimientos de la vida), y sus respuestas indican si son más una cosa u otra en cada una de estas categorías (por ejemplo, más extrovertidos o introvertidos). A partir de las cuatro categorías y de los dos sitios en los que la gente encaja en estas categorías, el test identifica dieciséis tipos de personalidad. El mensaje subyacente del test es que tú y cada una de los otros seis mil millones de personas del planeta encajáis en una de estas dieciséis casillas.

Esto plantea varios problemas. Uno es que ni la señora Briggs ni su hija, la señora Myers, tenían ninguna cualificación en el campo de las pruebas psicométricas cuando diseñaron el test. Otro es que a menudo los que lo hacen no se ajustan con nitidez a ninguna de las categorías cuando son sometidos al mbti. Suelen estar simplemente un poco más hacia un lado de la línea que hacia el otro (un poco más extrovertido que introvertido, por ejemplo), en vez de ser claramente una cosa u otra. Lo más curioso, sin embargo, es que muchas de las personas que repiten el test acaban dentro de una casilla diferente. Según algunos estudios, esto sucede en al menos la mitad de los casos, lo que indica que, o un inmenso porcentaje de nuestra población tiene serios problemas de trastorno de la personalidad, o que el test no es un indicador fidedigno de «tipificación».

Yo creo que dieciséis tipos de personalidad es una estimación demasiado baja. Mi cálculo estaría más cerca de los seis mil millones (aunque tendría que revisar esta estimación en las futuras ediciones del libro, ya que la población sigue aumentando).

Otro de los tests es el Hermann Brain Dominance Instrument. Este test no me disgusta tanto porque habla de preferencias cognitivas en términos que creo que a la mayoría de las personas les parecerían aceptables. Al igual que el mbti, el Hermann Brain Dominance Instrument (hbdi) es un instrumento de valoración a partir de las respuestas de los participantes a una batería de preguntas. No busca encasillar a las personas. En lugar de eso, intenta mostrarles cuál de los cuatro cuadrantes del cerebro utilizan con más frecuencia.

El cuadrante A (hemisferio cerebral izquierdo) guarda relación con el pensamiento analítico (acopio de datos, entender cómo funcionan las cosas, etc.). El cuadrante B (hemisferio izquierdo del sistema límbico) guarda relación con el pensamiento enfocado a la acción (organizar y seguir instrucciones, por ejemplo). El cuadrante C (hemisferio derecho del sistema límbico) está relacionado con el pensamiento social (expresar ideas, búsqueda del significado personal). El cuadrante D (hemisferio cerebral derecho) guarda relación con el pensamiento de futuro (visión de conjunto, pensar en metáforas).

E l hbdi certifica que todo el mundo está capacitado para utilizar cada uno de estos estilos de pensamiento, pero intenta indicar cuál de ellos es el dominante en cada individuo. Al parecer su función estriba en que las personas tenemos más posibilidades de ser eficaces en el trabajo, en el juego, en cualquier actividad, si entendemos cómo abordar cada uno de estos cometidos. Aunque no me gusta clasificar a las personas, y cuatro modalidades me siguen pareciendo pocas, tengo la impresión de que esta es una aproximación más abierta que la de Myers-Briggs.

El riesgo de decir que hay un número determinado de tipos de personalidad, un número fijo de formas de pensamiento predominantes, es que cierra puertas en lugar de abrirlas. Para que el Elemento sea accesible a todo el mundo, tenemos que admitir que la inteligencia de cada persona es diferente de la inteligencia de cualquier otra persona del planeta, que todo el mundo tiene una forma única e incomparable de encontrar el Elemento.

Sacar conclusiones

A los dos años de edad, Terence Tao aprendió a leer por su cuenta viendo Barrio Sésamo e intentó enseñar a contar a otros niños utilizando los números de los edificios de apartamentos. En un plazo de un año hacía ecuaciones matemáticas de dos dígitos. Antes de su noveno cumpleaños, hizo el sat-m (una versión específicamente matemática del sat que se daba sobre todo a los candidatos a la universidad) y sacó un 99 sobre 100. Obtuvo el doctorado a los veinte años, y con treinta ganó una Fields Medal, considerada el premio Nobel de Matemáticas, y una beca MacArthur.

El doctor Tao es extraordinariamente superdotado. Se ha ganado el mote de «el Mozart de las matemáticas», y las salas donde da sus conferencias —sobre matemáticas— se llenan de gente que tiene que quedarse incluso de pie. Su historial académico indica que podría haber tenido éxito en diferentes disciplinas, pero su verdadera vocación, su descubrimiento del Elemento, llegó por medio de las matemáticas cuando era un niño.

Así lo contaba en una entrevista: «Recuerdo que de niño me fascinaban los esquemas y los enigmas de las manipulaciones de los símbolos matemáticos. Creo que lo más importante para que te interesen las matemáticas es tener la habilidad y la libertad necesarias para jugar con ellas: ponerte pequeños desafíos, idear pequeños juegos, etc. Para mí fue muy importante tener buenos mentores porque me dio la oportunidad de intercambiar opiniones acerca de este tipo de entretenimientos matemáticos; el ámbito de una clase formal es, desde luego, el mejor para aprender la teoría y las aplicaciones, así como para comprender la materia en conjunto, pero no es un buen lugar para aprender a experimentar. Uno de los rasgos de carácter que puede ayudar es tener gran capacidad de concentración, y quizá ser un poco testarudo. Si decían algo en clase que solo entendía en parte, no me daba por satisfecho hasta que llegaba al fondo de la cuestión; me molestaba no entender a la perfección la explicación. Así que a menudo pasaba mucho tiempo con cosas muy simples hasta que podía entenderlas hacia delante y hacia atrás, y eso es de gran ayuda cuando luego uno progresa hacia partes más avanzadas de la materia».

En otra entrevista, el doctor Tao explicó: «No tengo ninguna habilidad mágica. Miro un problema y lo encuentro parecido a uno que ya he hecho antes; pienso que puede que la idea que me sirvió entonces tal vez me sirva con este. Si nada da resultado, pienso en algún pequeño truco que lo haga un poco más sencillo, pero eso no basta. Juego con el problema y después de un rato logro descifrar qué sucede. Si experimento lo suficiente, llego a una comprensión más profunda. No se trata de ser listo, ni siquiera rápido. Es como escalar un acantilado: ayuda que seas muy fuerte y rápido, y que tengas mucha cuerda, pero debes idear una buena ruta para poder subir. Calcular con rapidez y saber muchos datos es como ser un escalador fuerte, ágil y con buenas herramientas, pero aun así necesitas un plan (esa es la parte más difícil) y tienes que ver el conjunto».

Es probable que Terence Tao se encuentre a sí mismo en la zona con regularidad. Tiene mucha suerte porque, además de nacer con raras habilidades, llegó a su versión del Elemento cuando era muy, muy pequeño. Encontró el lugar en el que su inteligencia y su pasión se unían y nunca volvió la vista atrás.

Lo que podemos deducir de su devoción por las matemáticas y de la atracción magnética que ejercen en él, tiene resonancias para todos nosotros. Creo que es importante que descubriera su pasión a tan temprana edad y pudiera expresarla antes de que le quitaran los pañales (en realidad, no estoy seguro de que el doctor Tao todavía llevara pañales a los dos años de edad; supongo que también fue un genio a la hora de aprender a utilizar el retrete). Pudo ser lo que por naturaleza estaba inclinado a ser antes de que el mundo le pusiera ninguna limitación (más adelante hablaremos de estas restricciones). Nadie iba a decirle a Terence Tao que dejara las matemáticas porque ganaría más dinero siendo abogado. En ese sentido, él y otros como él tienen el camino despejado hacia el Elemento.

Pero también ellos proporcionan un camino, ya que nos muestran el valor de hacernos una pregunta de vital importancia: si pudiera hacer lo que quisiera —si no tuviera que preocuparme por ganarme la vida o por lo que los demás piensen de mí—, ¿qué me gustaría estar haciendo? Es probable que Terence Tao nunca tuviera que preguntarse qué iba a hacer con su vida. Posiblemente nunca utilizó el Myers-Briggs Type Indicator ni el Hermann Brain Dominance Instrument para determinar qué opciones profesionales eran más indicadas para él. Lo que tenemos que hacer es contemplar nuestro futuro, y el de nuestros hijos, nuestros colegas y nuestra comunidad con la misma simplicidad inocente que tienen los niños superdotados cuando sus talentos naturales aparecen por primera vez.

Se trata de mirar a los ojos a tu hijo, o a las personas que te importan, e intentar entender quiénes son de verdad, en vez de acercarte a ellas con una plantilla que indique quiénes pueden llegar a ser. Esto es lo que hizo el psicólogo con Gillian Lynne, y lo que hicieron los padres de Mick Fleetwood y de Ewa Laurance. Si pudieran hacer lo que quisieran, ¿qué harían? ¿En qué tipo de actividades tienden a implicarse por propia voluntad? ¿Qué clase de habilidades sugieren? ¿Qué es aquello que absorbe más su interés? ¿Qué tipo de cuestiones y de observaciones hacen?

Tenemos que entender qué es lo que los lleva a ellos y lo que nos lleva a nosotros a la zona.

Y necesitamos determinar qué implica esto en el resto de nuestra vida.

Encontrar tu tribu

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P ara la mayoría de la gente, conectar con otras personas que compartan la misma pasión y el mismo deseo de sacar el máximo partido de sí mismos es parte fundamental de encontrarse en su Elemento. Meg Ryan es la popular actriz conocida por su trabajo en películas como Cuando Harry encontró a Sally y Algo para recordar. Su carrera cinematográfica ha sido brillante durante más de un cuarto de siglo; aun así, cuando estaba en el colegio no imaginaba que fuera a dedicar su vida a esta profesión. De hecho, le aterrorizaba la idea de actuar e incluso de hablar en público. Me contó que durante las actuaciones en el colegio prefería estar entre el público en vez de en el escenario. Sin embargo, era buena estudiante y en octavo curso fue la encargada de leer el discurso el día de su graduación. Estaba muy emocionada por lo que había conseguido hasta que se dio cuenta de que tenía que hablar delante de todo el colegio.

Aunque practicó durante semanas, cuando se vio en el estrado se quedó inmóvil y aterrorizada. Por lo visto, su madre tuvo que subir a la tarima y conducirla hasta su asiento. Con todo, se convirtió en una de las actrices de comedia más brillantes de su generación. Y eso ocurrió, en parte, porque encontró su tribu.

Después de una excelente trayectoria escolar, Meg consiguió una beca para estudiar periodismo en la Universidad de Nueva York. Siempre le había encantado escribir y quería llegar a ser escritora; creía que esa era su verdadera pasión. Para ayudar a pagar la matrícula, encontró trabajo haciendo anuncios publicitarios esporádicamente. Esto llevó a que los productores la eligieran para interpretar un papel permanente en la telenovela As the World Turns, y a que Meg descubriera que ese mundo le encantaba. Así me lo contó: «El mundo de los actores me pareció fascinante. Estaba rodeada de gente divertidísima. El trabajo era como estar rodeada de una familia extensa y chiflada. Hacía jornadas de dieciséis horas, y comencé a sentirme cada vez más cómoda con la “rutina diaria”. Me encantaba pasar el tiempo discutiendo por qué alguien haría determinadas cosas y examinando el comportamiento humano. Descubrí que tenía un montón de opiniones sobre lo que haría o no haría mi personaje. No sabía de dónde las sacaba, pero tenía cientos de ellas. Decía cosas como: “Muy bien, eso es lo que dice entre líneas. Así que, ¿por qué estoy hablando entre líneas?”. Me encontré reescribiendo el papel y metiéndome de verdad en mi personaje y su mundo. Cada día recibíamos un guión nuevo y tenía que memorizar todas las frases. Exigía de ti una implicación absoluta y abrumadora. No había tiempo de pensar en nada más. Era una inmersión total».

Aun así, después de dejar As the World Turns y de licenciarse en la universidad, Meg no partió hacia Hollywood de inmediato. Creía que tenía que descubrir algo más sobre sí misma, y pasó algún tiempo en Europa; incluso llegó a considerar la idea de unirse al Cuerpo de Paz. Pero cuando le ofrecieron hacer una película en Los Ángeles y regresó al mundo del cine, volvió a descubrir que cuando hacía ese trabajo se encontraba en un lugar extraño: «Conocí a una profesora de interpretación estupenda que se llamaba Peggy Fury. Ella comenzó a explicarme los entresijos del mundo de la interpretación y de lo que significaba ser una artista. Sean Penn estaba en un curso superior al mío y

también Angélica Houston, Michelle Pfeiffer y Nick Cage. Estaba rodeada de personas que trabajaban desde lo más profundo de su alma y a las que les interesaba la condición humana y la idea de dar vida a los textos. Todas estas cosas comenzaron a florecer en mi mente, en mi corazón y en mi alma. Así que alquilé un apartamento y me quedé en Los Ángeles. Mi agente de Nueva York me puso en contacto con un agente de Los Ángeles, y ahí fue cuando todo encajó.

»Desde entonces he intervenido en varias películas que me han enseñado muchas cosas y que me han ayudado a desarrollarme como ser humano. Cuando tomo la decisión de hacer una película tal vez es porque creo que es divertida o porque quiero trabajar con determinado actor, pero al final siempre acaba influyendo profundamente en mi vida. Si no es por el contenido, puede que sea porque he trabajado con un grupo determinado de gente. Mi evolución se debe a las distintas interpretaciones de cada una de las películas en que he participado».

Meg Ryan podría haber llegado a ser muchas cosas. Es una escritora realmente hábil. Tiene considerables talentos académicos, una amplia variedad de intereses y hay muchas cosas que le fascinan. Sin embargo, cuando está actuando, coincide con un grupo de personas que ve el mundo de la misma forma que ella, que le permiten sentirse muy cómoda, que confirman sus habilidades, que le inspiran y que sacan lo mejor de ella. Rodeada de actores, directores, cámaras, técnicos de iluminación y todas las demás personas que pueblan el mundo del cine, es cuando se encuentra cerca de su verdadero yo.

Formar parte de esa tribu le lleva a su Elemento.

Un lugar en el que hallarte a ti mismo

Los miembros de una tribu pueden ser colaboradores o competidores. Pueden compartir los mismos puntos de vista o tenerlos completamente diferentes. Lo que conecta a una tribu es un compromiso común con aquello para lo que sienten que han nacido. Esto puede ser extraordinariamente liberador, sobre todo si uno se ha dedicado a su pasión en solitario.

Don Lipski, uno de los escultores y artistas públicos más aclamados de Estados Unidos, siempre supo que tenía una vena artística. Tenía una energía creativa fuera de lo normal. «De niño —me contó — siempre estaba haciendo cosas. No pensaba en mí como en una persona creativa sino como en alguien con energía nerviosa. Tenía que estar haciendo garabatos y ensamblando cosas. No pensaba que aquello fuera una ventaja; en todo caso era una peculiaridad.» Esta «energía nerviosa» hizo que se sintiera distinto del resto de los chicos, y a veces incómodo. «Cuando eres niño —dijo—, lo que más quieres en el mundo, por encima de todas las cosas, es ser como los demás de tu edad. Así que, en vez de pensar que mi creatividad era algo especial, la veía como algo que hacía que me dejaran de lado.»

Durante la escuela primaria y los primeros años de secundaria, Lipski se movió en diferentes direcciones. En el colegio era brillante, pero los deberes le aburrían: «Me resultaba muy fácil. Acababa los deberes muy rápido y con el mínimo esfuerzo». Tenía talento para las matemáticas, así que su colegio le puso en un grupo acelerado, pero por lo demás sus profesores creían que no rendía al cien por cien de sus capacidades porque se limitaba a hacer lo justo para ir tirando. Pasaba más tiempo dibujando en los libros que pensando sobre qué escribir en ellos: «Cuando se suponía que tenía que estar haciendo los deberes, dibujaba o hacía pliegues en el papel. En vez de animarme, me regañaban».

Hubo un profesor que intentó estimular sus habilidades artísticas, pero Don no se tomaba el arte en serio. El profesor se llevó tal disgusto que «dejó de hablarme». Poco después ese profesor se fue y llegó al colegio otro profesor de arte. Traía consigo una revelación para Don: «En el departamento de escultura tenían montado un soldador muy rudimentario, y me enseñó a soldar. Para mí fue mágico coger piezas de acero y soldarlas. Era como si todo lo que había hecho hasta entonces en las clases de arte hubiese sido un juego de niños. Soldar acero y hacer esculturas de acero era como el verdadero arte de los adultos».

Descubrir la soldadura fue como encontrar el Santo Grial. Aun así, no estaba muy seguro de qué hacer con esa fascinación. No se veía como artista porque no era bueno dibujando. Tenía amigos que dibujaban bien. Mientras lo hacían, «yo jugaba con bloques o construía cosas con mi set de construcción. Nada de eso se parecía al verdadero arte. Los niños capaces de dibujar un caballo que se parecía a un caballo eran los que parecían verdaderos artistas».

Nunca pensó en ir a una escuela de arte, ni siquiera cuando empezó a exponer sus esculturas en el colegio. Cuando acabó la escuela secundaria, se matriculó en la Universidad de Wisconsin y se especializó en Administración de Empresas. Más tarde, pasó a la especialidad de Económicas y luego de Historia, pero se mantuvo alejado del departamento de arte aun cuando ninguna de las otras clases le motivaba demasiado.

En el último año se marcó un farol eligiendo dos asignaturas optativas para las que en realidad no estaba capacitado: ebanistería y cerámica. Le encantaron y sobresalió en las dos. Sobre todo, sintió casi por primera vez la verdadera euforia de trabajar como un artista profesional. En la clase de cerámica también encontró algo que había echado de menos durante toda su experiencia universitaria: un profesor que lo motivaba. «Era un tipo muy romántico y entusiasta. Convertía todo lo que hacía en una obra de arte. Hasta cuando untaba el pan con mantequilla ponía todo su empeño en ello. Me sirvió de modelo y me hizo creer que en realidad podría pasarme la vida haciendo cosas.»

Por primera vez, a Lipski le pareció que era posible y que valía la pena hacer carrera como artista. Decidió hacer un curso de posgrado en cerámica en el Cranbrook Art Institute, en Michigan. Entonces se topó con un obstáculo. Sus padres habían animado su trabajo creativo siempre y cuando este fuera una afición. Cuando solicitó su ingreso en Cranbrook, su padre, un hombre de negocios, le mandó llamar e intentó meterle en la cabeza algo de sensatez en cuestión de economía. Don estuvo de acuerdo; estudiar cerámica no era algo práctico, pero era lo que quería hacer. Su padre lo miró fijamente durante largo rato, comprendió que había tomado una decisión y se hizo a un lado. Cuando Don llegó a Cranbrook, descubrió todo un mundo nuevo de gente y posibilidades: «Había tenido escaso contacto con estudiantes de arte fuera de los pocos cursos que había seguido. Cranbrook es casi una escuela totalmente dedicada a los estudios de posgrado. Es probable que fuésemos unos doscientos estudiantes, y cerca de ciento ochenta éramos de posgrado. Así que por primera vez en mi vida me vi rodeado de gente muy seria, erudita y comprometida con la realización de sus obras de arte, lo que para mí fue fantástico. Asistí a todas las críticas y análisis, no solo a las del departamento de cerámica, también a las del departamento de pintura, de escultura, de tejido, simplemente me empapé de cuanto pude en todas partes. Pasé mucho tiempo visitando a otros estudiantes en sus estudios, absorbiendo lo que todo el mundo hacía. Empecé a leer revistas de arte y a ir a museos, y por primera vez me sumergí completamente en el mundo del arte».

Don encontró su tribu en Cranbrook, lo que le llevó por un camino diferente.

Hallar la tribu correcta puede ser imprescindible para encontrar nuestro Elemento. Por otra parte, sentir en lo más profundo del alma que uno está con la tribu equivocada es probablemente un buen signo de que hay que buscar en alguna otra parte.

Helen Pilcher hizo justamente eso. Dejó de ser científica y se convirtió en una de las pocas cómicas de la ciencia. Cayó ahí después de dejar la ciencia. De hecho, dejarse caer ha sido el tema de su vida profesional. Así lo explica ella: «Nadie me obligó a estudiar ciencias, más bien fue un paso en falso».

Después del colegio le ofrecieron una plaza en la universidad para estudiar psicología y para «beber sidra y ver la televisión durante todo el día». Después de la universidad, «una apatía generalizada y la desgana de encontrar un trabajo de verdad» le llevó a hacer un máster de un año en neurociencia. Al llegar a este punto, Helen comenzó a sentir interés por la ciencia: «Hacíamos grandes experimentos, disecciones de cerebros, y teníamos que llevar unas gafas de seguridad ridículas y poco atractivas».

Picada por el gusanillo de la ciencia y poco más, continuó hasta terminar el doctorado. Aprendió algunas cosas prácticas de la ciencia, así como a «jugar al billar como una diva». Pero también aprendió algo más: la ciencia le gustaba, pero los científicos no eran su tribu. Según su propia experiencia, a la ciencia, a diferencia del billar, no se jugaba de forma superficial. «Aprendí que en la comunidad científica la veteranía es inversamente proporcional a las habilidades de comunicación pero estaba directamente relacionada con el grosor de los pantalones de pana.» También aprendió algo del oficio: «Aprendí a hacer que ratas desmemoriadas recordaran. “Hice” e injerté células madre modificadas genéticamente en cerebros de roedores desmemoriados que al poco tiempo de mi intromisión pasaban a desarrollar la capacidad cognitiva de un taxista londinense. Pero a la vez empecé a perder la concentración».

Más que nada, descubrió que el mundo científico, tal como ella lo experimentaba, no era la utopía de libre investigación que había esperado. Era un negocio: «La ciencia corporativa invierte dinero y horas de trabajo en investigación médica, pero se mueve por planes de negocio. Los experimentos cada vez están menos motivados por la curiosidad y más por el dinero. Me sentía decepcionada y arrinconada. Lo que yo quería era divulgar la ciencia. Quería escribir sobre ciencia. Quería salir».

Así que constituyó «un comité de escape formado por una sola mujer y comencé a cavar un túnel». Se matriculó en la Universidad de Birkbeck en Londres para obtener un diploma en comunicación científica, donde encontró «amigos con ideas afines». Le ofrecieron una beca de investigación en medios de comunicación «y me pasé dos maravillosos meses escribiendo y produciendo divertidas películas científicas para Einstein TV». Se armó de valor para vender por su cuenta sus artículos científicos a cualquiera que los quisiera: «Prostituía mi mercancía en la radio, la prensa e internet». Al final, dejó el laboratorio y se puso a trabajar en la Royal Society: «Mi papel consistía en encontrar formas de hacer que la ciencia volviese a ser emocionante... aunque esta no era la descripción oficial de mi puesto de trabajo».

Y entonces, de repente, recibió un e-mail en el que le ofrecían un espacio en horario estelar en el escenario del Festival de la Ciencia de Cheltenham para que representara una comedia sobre la ciencia. Tan pronto como dijo que sí le entró el pánico: «La ciencia, tal como la conocemos todos, es una cosa seria. No se puede hacer un chiste breve con la teoría de la relatividad de Einstein. Conseguí la ayuda de mi amiga, compañera, comediante y escritora Timandra Harkness, y varias cañas de cerveza más tarde nació The Comedy Research Project (
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