Descubrir tu pasión lo cambia todo






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Mis muy queridos amigos. ¿Cómo estáis, Guildenstern? ¿Y vos, Rosencrantz? Mis buenos camaradas, ¿estáis bien? ¿Cómo os va?

¿Qué habéis hecho contra Fortuna que así os envía a esta cárcel?*

La cuestión sorprende a Guildenstern. Le pregunta a Hamlet qué quiere decir con «cárcel». Hamlet responde: «Dinamarca es una prisión». Rosencrantz ríe y dice que si eso es cierto, entonces todo el mundo es una cárcel. Hamlet contesta: «¡Y tanto! Y en él hay celdas, mazmorras y calabozos, siendo Dinamarca el peor de todos ellos». Rosencrantz le replica: «No lo creemos así, mi señor». La respuesta de Hamlet es profunda: «No lo será para vosotros. Nada hay, a menos que así se piense, que sea bueno o malo... Para mí es una cárcel».

El poder de la creatividad humana es evidente en todas partes: en la tecnología que utilizamos, en los edificios en los que habitamos, en la ropa que llevamos y en las películas que vemos. Pero el alcance de la creatividad es mucho más grande. No solo afecta a lo que aportamos al mundo, sino también a lo que hacemos con él: no solo lo que hacemos, sino también lo que pensamos y sentimos acerca de él.

Que se sepa, a diferencia del resto de las especies, nosotros no solo estamos en el mundo. Pasamos gran parte de nuestro tiempo hablando y pensando acerca de lo que sucede e intentando entender qué significa. Podemos hacerlo debido al asombroso poder de la imaginación, que sostiene nuestra capacidad de pensar en palabras y números, en imágenes y gestos, así como en utilizar todo ello para desarrollar teorías y artefactos, junto a todas las complejas ideas y valores que configuran las diversas perspectivas sobre la vida humana. No solo vemos el mundo tal como es; lo interpretamos mediante las ideas y creencias que han dado forma a nuestras culturas y a nuestro punto de vista personal. Todo ello se interpone entre nosotros y nuestra cruda experiencia del mundo, actuando como un filtro sobre lo que percibimos y cómo pensamos.

La idea que tenemos acerca de nosotros mismos y del mundo hace que seamos quienes somos y lo que podemos llegar a ser. Esto es lo que quiere decir Hamlet cuando señala que «Nada hay que sea bueno o malo, a menos que así se piense». La buena nueva es que siempre podemos intentar pensar de otro modo. Si nosotros formamos nuestra visión del mundo, también podemos recrearla tomando una perspectiva distinta para reconfigurar nuestra situación. En el siglo xvi, Hamlet dijo que pensaba metafóricamente acerca de Dinamarca como una prisión. En el siglo xvii, Richard Lovelace escribió un poema para su amada, Althea. Tomando la posición contraria, Lovelace dijo que para él una prisión sería un lugar de autonomía y libertad con tal de que pudiera pensar en Althea. Así es como acaba el poema:

Los muros de piedra no hacen una prisión, ni los barrotes de hierro una jaula; mentes inocentes y calmas toman aquello por un ermitaño; si yo tengo libertad en mi amor, y dentro de mi alma soy libre, solo los ángeles se elevan de tal modo; disfruta de tal libertad.

William James, que vivió en el siglo xix, se convirtió en uno de los pensadores fundadores de la psicología moderna. Por entonces se entendía cada vez más que nuestras ideas y formas de pensar podían recluirnos o liberarnos. James lo expuso de la siguiente manera: «El mayor descubrimiento de mi generación es que los seres humanos pueden alterar su vida modificando su disposición de ánimo... Si cambias tu forma de pensar, puedes cambiar tu vida».

Este es el auténtico poder de la creatividad y la verdadera promesa de estar en el Elemento.

En la zona

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Ewa Laurance es la jugadora de billar pool más famosa de todo el planeta. Conocida como Striking Viking, se la considera la número uno del mundo, ganó el campeonato europeo y el US National, ha aparecido en la portada del New York Times Magazine, se han publicado artículos sobre ella en People, Sports Illustrated, Forbes y muchas otras publicaciones, aparece con regularidad en la televisión y es comentarista en espn.

Creció en Suecia, donde descubrió el juego mientras seguía la pista a su hermano mayor: «Mi mejor amiga, Nina, y yo siempre estábamos perdiendo el tiempo, tanto como lo puedan llegar a hacer dos amigas íntimas. Un día, cuando tenía catorce años, las dos seguimos a mi hermano y a su amigo hasta una bolera a la que solían ir a jugar y decidimos echar un vistazo. Estuvimos un rato y entonces comenzamos a aburrirnos profundamente. Descubrimos que se habían ido a un sitio llamado sala de billar. Nunca había oído hablar del billar. Los seguimos y recuerdo que en cuanto puse el pie allí sentí algo especial. El conjunto me encantó: la sala a oscuras, las lámparas sobre cada una de las mesas y el ruido de las bolas. En el acto pensé que era sencillamente fascinante.

»Allí había una colectividad en la que todos conocían esa cosa llamada billar, y me atrapó al instante. Nos sentíamos intimidadas y llenas de curiosidad, pero nos limitamos a sentarnos y observar. Todo desaparece cuando te sientas a observar cómo la gente juega al billar, o cuando eres tú quien juega. En el billar es fácil que esto ocurra porque cada mesa es un escenario distinto. Así que todo lo que estaba a mi alrededor desapareció y eso fue todo lo que vi. Observaba a esos jugadores que sabían exactamente lo que estaban haciendo. Me di cuenta de que el billar no podía limitarse simplemente a hacer que las bolas chocaran y a esperar a que alguna de ellas se colara dentro. Hubo un tipo que metió una bola tras otra, metió sesenta, setenta, ochenta bolas seguidas, y entendí que cada vez que movía la bola blanca de lugar pensaba en el siguiente tiro. Y fue su conocimiento y destreza lo que de verdad me dejó asombrada: la parte del billar que se parece al ajedrez, la de anticipar tres, cuatro jugadas y encima tener que hacerlas».

A partir de ese momento epifánico, Ewa supo que quería dedicar su vida al billar. Por fortuna, sus padres la apoyaron permitiéndole jugar de seis a diez horas diarias en una sala de billar de la localidad; hacía los deberes entre tiro y tiro. «La gente de allí sabía que me tomaba el juego en serio, por lo que me dejaban tranquila. Pero también nos divertíamos muchísimo. Cuando encuentras un lugar en el que a todo el mundo le gusta lo mismo que a ti te lo pasas en grande. Así que aquellos tipos raros y yo (todos jugábamos juntos al billar) pasamos a ser como una gran familia.»

En 1980, a los dieciséis años de edad, Ewa ganó el campeonato sueco. A los diecisiete ganó el primer Campeonato de Europa Femenino. Esto le reportó una invitación a Nueva York para que representara a Europa en el Campeonato Mundial. «Me pasé todo aquel verano practicando. La sala de billar no abría hasta las cinco de la tarde, así que por la mañana cogía el autobús hasta la parte de la ciudad donde vivía el dueño, recogía las llaves de la sala de billar, tomaba el autobús de vuelta a la ciudad y entraba en la sala. Hice eso durante todo el verano, y jugaba diez, doce horas al día. Luego fui

al torneo en Nueva York y no gané; quedé en séptima posición. Me sentí muy decepcionada por no haberlo hecho mejor, pero al mismo tiempo pensé: “Uau, ¡soy la séptima del mundo!”.»

Aunque a sus padres no les gustaba que estuviera tan lejos de casa, Ewa decidió quedarse en Nueva York para continuar dedicándose al billar; sabía que en Estados Unidos tendría la oportunidad de jugar con regularidad contra los mejores del mundo. Además de anotarse victorias, se convirtió en la portavoz de las mujeres jugadoras de billar. Su talento, su pasión y su bellísimo aspecto hicieron de ella una estrella en los medios de comunicación y ayudó a que el medio que amaba alcanzara nuevos niveles de popularidad.

La fama y las recompensas financieras acompañaron a Ewa Laurance en su ascenso a la cima. Pero para ella, lo mejor siguió siendo el juego: «Casi no te das cuenta de lo que pasa a tu alrededor. Es realmente el sentimiento más singular del mundo. Es como estar dentro de un túnel, pero en el que no ves nada más. Solo ves lo que estás haciendo. El tiempo pasa, y si alguien te pregunta cuánto tiempo llevas jugando, tú dices que veinte minutos cuando en realidad llevas nueve horas. No sé, nunca me ha pasado nada parecido, aunque me apasionan muchas otras cosas. Para mí, la sensación de jugar al billar es única.

»Parte de la belleza del billar es lo mucho que puedes aprender. Es una negociación interminable. La forma en que las bolas se distribuyen nunca es la misma, por lo que siempre hay algo que hace que sigas interesada. Me encanta la física y la geometría del juego: aprender y entender los ángulos y descubrir lo fuerte que tienes que darle a una bola para cambiar el ángulo y hacer que la bola blanca vaya donde tú quieres. Y aprender cuáles son los límites y las posibilidades. Ser capaz de controlar la bola blanca para que se mueva 6,4 centímetros en vez de 7,5 es una sensación increíble. Así que en lugar de luchar contra los elementos logras descifrar la manera de trabajar con ellos.

»Ni la geometría ni la física me interesaban lo más mínimo en el colegio, y tampoco se me daban bien. Por alguna razón, cuando juego las veo claramente. Miro la mesa y veo literalmente líneas y diagramas por todas partes. Veo: “Voy a poner la 1 aquí, la 2 por acá, la 3 irá allá abajo, voy a tener que darle tres veces a la banda para la 4, la 6 va aquí abajo, ningún problema, tengo 7, 8, 9, estoy fuera”. Las veo todas alineadas. Y entonces, si le das un poquito mal a una bola, de repente, inesperadamente, te aparece un nuevo diagrama en la cabeza. Tienes que resolver el problema porque no estás donde querías estar. Te has desviado quince centímetros, así que ahora tienes que reformularlo todo.

»La geometría no me atraía en el colegio. Tal vez habría sido distinto si hubiese tenido un profesor diferente, alguien que simplemente me hubiera dicho: “Ewa, piensa en ello de este modo” o “Míralo de esta forma y lo entenderás”. O podrían haber llevado a toda la clase a una sala de billar y decir: “¡Mirad esto!”. Pero era una asignatura tan aburrida... ¿Sabes?, hasta me costaba mantener los ojos abiertos en clase. Pero ahora, cuando le doy clases a alguien, intento hacerme una idea rápidamente de si tiene coordinación óculo-manual y si solo está interesado en el juego o también le interesa la geometría y la física que hay en él. ¿Tiene cierta inclinación por las matemáticas?».

Ewa lleva cerca de treinta años jugando profesionalmente al billar. A pesar de todo, sigue sintiendo la misma emoción: «Todavía, después de todos estos años, me pongo nerviosa incluso cuando hago una exhibición. La gente me dice: “Bueno, ya lo has hecho tantas veces.”. Pero eso no importa; lo importante es vivir ese momento».

Jugar al billar sitúa a Ewa Laurance dentro de la zona. Y estar en la zona pone a Ewa Laurance cara a cara con su Elemento.

La zona

Estar en la zona es estar en lo más profundo del Elemento. Hacer lo que amamos puede implicar todo tipo de actividades imprescindibles para el Elemento pero que no son su esencia: cosas como estudiar, organizar, planificar, entrenar, etc. E incluso cuando estamos haciendo aquello que amamos, pueden darse frustraciones, decepciones y momentos en los que sencillamente no funciona o no cuaja. Pero cuando lo hace, transforma nuestra experiencia del Elemento. Nos volvemos decididos y entregados. Vivimos el momento. Nos perdemos en la experiencia y damos lo máximo de nosotros mismos. Nuestra respiración cambia, nuestra mente se funde con nuestro espíritu y sentimos cómo nos adentramos en el corazón del Elemento.

Aaron Sorkin es autor de dos piezas teatrales de Broadway, Algunos hombres buenos y The Farnsworth Invention; de tres series de televisión: Sports Night, El ala oeste de la Casa Blanca y Studio 60 on the Sunset Strip, y de cinco películas, Algunos hombres buenos, Malicia, El presidente y Miss Wade, La guerra de Charlie Wilson y Trial of the Chicago 7, que se estrenará próximamente. Ha sido candidato a trece premios Emmy, ocho Globos de Oro y a un Oscar por la mejor película.

«Nunca me propuse ser escritor —me contó—, siempre me consideré un actor. Me gradué en interpretación. Me apasionaba tanto que cuando estaba en el instituto y sin blanca, solía coger el tren hasta la ciudad de Nueva York y esperaba a que hubiera asientos vacíos durante la segunda parte de cualquier obra de teatro para colarme a escondidas después del descanso...

»Escribir por diversión no fue algo a lo que fuera introducido. Siempre me pareció una lata. Una vez escribí una pieza corta para una fiesta en la universidad y mi profesor, Gerard Moses, me dijo: “Supongo que sabes que si quisieras podrías ganarte la vida con esto, ¿no?”. Pero yo no tenía ni idea de qué hablaba. “¿Hacer qué?”, pensé, y seguí adelante.

»Unos meses después de dejar el colegio, un amigo mío que iba a marcharse de la ciudad y que conservaba la antigua máquina de escribir de su abuelo, me pidió que se la guardara. Entonces le estaba pagando cincuenta dólares a la semana a un amigo para que me dejara dormir en el suelo de su minúsculo apartamento en el Upper East Side de Nueva York. Durante algún tiempo trabajé con una compañía de teatro para niños e hice alguna que otra incursión en el mundo de las telenovelas. Era 1984 y estaba haciendo mi ronda de audiciones.

»Un fin de semana, todos mis amigos se fueron de la ciudad. Era uno de esos viernes por la noche en Nueva York en los que te parece que han invitado a todo el mundo a una fiesta menos a ti. No tenía dinero, la televisión no funcionaba y cuanto podía hacer era perder el tiempo con un papel y la máquina de escribir. Me senté y escribí desde las nueve de la noche hasta el mediodía siguiente. Me enamoré de aquello.

»Me di cuenta de que la causa de todos aquellos años de clases de interpretación y de viajes en tren para ir al teatro no eran las representaciones sino la obra en sí misma. Había sido un actor engreído, nunca he sido una persona tímida, pero jamás pensé en escribir hasta aquella noche.

»La primera obra que escribí no fue demasiado bien, pero comencé a tener éxito con Hidden in this Picture. Entonces mi hermana, que es abogada, me explicó un caso que había sucedido en la bahía de Guantánamo: unos marines que habían sido acusados de matar a un compañero. La historia me intrigó y me pasé el siguiente año y medio escribiendo la obra de teatro Algunos hombres buenos.

»Cuando se estaba representando en Broadway, me acordé de la conversación que había mantenido con Gerard y le llamé para preguntarle si era a eso a lo que se refería.»

Le pregunté a Aaron cómo se siente cuando está escribiendo. «Cuando la cosa va bien —dijo— me siento totalmente perdido en el proceso. Cuando va mal, busco desesperadamente la zona. Tengo linternas encendidas y la busco desesperadamente. No puedo hablar en nombre de otros autores, pero básicamente soy como un interruptor que se enciende y apaga de forma intermitente. Cuando siento que lo que estoy escribiendo es bueno, todo en mi vida es bueno, y aquellas cosas que no lo son parecen totalmente controlables. Si no va bien, Miss América podría estar de pie frente a mí en traje de baño concediéndome el premio Nobel y no me sentiría feliz.»

Hacer aquello que se ama no garantiza estar en la zona todo el tiempo. A veces uno no está de buen humor o es un mal momento y las ideas simplemente no fluyen. Algunas personas desarrollan rituales personales para alcanzar la zona. Estos no siempre sirven. Le pregunté a Aaron si tenía técnicas propias. Dijo que no las tenía y que le gustaría tenerlas. Pero lo que sí sabe es cuándo dejar de intentarlo.

«Cuando lo que estoy escribiendo no funciona, lo dejo a un lado y vuelvo a intentarlo al día siguiente o al otro. Algo que suelo hacer es pasear en coche y escuchar música. Intento encontrar algún lugar en el que no tenga que pensar demasiado a la hora de conducir, como una autopista, en el que uno no tenga que pararse en los semáforos en rojo, girar o algo por el estilo.

»Lo que no hago es ver películas de otra gente ni programas de televisión, ni leo sus obras de teatro por miedo a que sean muy buenas y o bien me hagan sentir peor o simplemente consigan que me incline a imitar lo que ellos estén haciendo.»

En el mejor de los casos, el proceso de escritura es para Aaron del todo absorbente. «Para mí, escribir es una actividad muy física. Interpreto todos los papeles, me levanto y me siento a mi escritorio, doy vueltas y más vueltas. De hecho, cuando todo va bien, acabo descubriendo que he estado dando vueltas alrededor de mi casa, situada delante del lugar en el que escribo. Dicho de otro modo, he estado escribiendo sin escribir. Entonces tengo que volver a la página en la que esté trabajando para asegurarme de que realmente escribo lo que acabo de hacer.»

Con toda probabilidad, a lo largo de tu vida has tenido momentos en los que te has «perdido» dentro de una experiencia, tal como le pasó a Aaron Sorkin cuando al fin conectó con la escritura. Empiezas a hacer algo que te encanta y pierdes de vista el resto del mundo. Pasan las horas, y parecen minutos. Durante ese tiempo, has estado «en la zona». Aquellos que han adoptado el Elemento se encuentran con regularidad en ese lugar. Con ello no pretendo decir que les parezca dichosa toda experiencia que suponga hacer aquello que aman, pero con regularidad tienen experiencias óptimas mientras lo hacen y saben que volverán a tenerlas.

Personas distintas encuentran la zona de distintos modos. Para algunos llega a través de una intensa actividad física: deportes muy exigentes físicamente, el riesgo, la competición y puede que la sensación de peligro. Es probable que para otros llegue a través de actividades que parecen físicamente pasivas: la escritura, la pintura, las matemáticas, la meditación y otras formas de contemplación intensa. Como dije antes, no tenemos un Elemento por persona, ni tampoco hay un solo sendero para cada uno de nosotros a través del cual llegar a la zona. Puede que tengamos diferentes experiencias de él a lo largo de nuestra vida. Sin embargo, se dan algunas características comunes al estar en ese lugar mágico.

¿Ya hemos llegado?

Una de las señales más significativas de que estamos en la zona es la sensación de libertad y autenticidad. Cuando hacemos algo que nos gusta y que se nos da bien, tenemos muchas más probabilidades de centrarnos en nuestra verdadera autoconciencia: ser quienes en realidad creemos ser. Cuando estamos en nuestro Elemento, sentimos que estamos haciendo lo que se supone que tenemos que estar haciendo y siendo lo que se supone que tenemos que ser.

También el tiempo se siente de forma distinta en la zona. Cuando se está conectado de esta manera con nuestros más profundos intereses y nuestra energía natural, el tiempo tiende a pasar más rápido, con mayor fluidez. Para Ewa Laurance, nueve horas pueden parecer veinte minutos. Sabemos que cuando tenemos que hacer cosas con las que no sentimos una fuerte conexión ocurre justamente lo contrario. Todos hemos tenido experiencias en las que veinte minutos pueden parecer nueve horas. En esos momentos, no estamos en la zona. De hecho, es probable que estemos muy lejos de ahí.

Este cambio en la percepción del tiempo (el bueno, no el malo) yo lo experimento con mayor frecuencia cuando trabajo con gente y en especial cuando doy una conferencia. Cuando me entrego a examinar y presentar ideas ante grupos de personas, el tiempo tiende a pasar más rápidamente, con mayor fluidez. Puedo estar en una sala con diez o veinte personas, o con cientos, y siempre ocurre lo mismo. Durante los primeros cinco o diez minutos, trato de sentir la energía de la estancia tanteando para atrapar la longitud de onda adecuada. Esos primeros minutos pueden pasar despacio. Pero luego, cuando hago la conexión, entro en una velocidad distinta. Cuando le tomo el pulso a la sala siento una energía diferente —y creo que ellos también— que me hace seguir adelante a un ritmo distinto y en un espacio diferente. Cuando esto ocurre, puedo mirar el reloj y comprobar que ha pasado una hora.

La otra característica común a aquellos que conocen esta experiencia es el desplazamiento hacia cierto tipo de «metaestado» donde las ideas aparecen más rápidamente, como si estuvieses conectado a una fuente que hace que sea significativamente más fácil lograr tu cometido. Cualquier cosa que estés realizando resulta sencilla porque unificas la energía con el proceso y con el esfuerzo que estás haciendo. Y sientes realmente que las ideas fluyen a través y fuera de ti, y que de alguna forma estás canalizándolas; estás siendo su instrumento en vez de obstruirlas o de empeñarte en alcanzarlas. El músico Eric Clapton lo describe como estar «en armonía con el tiempo. Es una sensación magnífica».

Este cambio puede verse y experimentarse en todo tipo de representaciones: actuando, en el baile, en los conciertos y en los deportes. De repente ves que la gente ha entrado en una fase diferente. Los ves relajados, ves que se están soltando y que se convierten en instrumentos de su propia expresión.

Jochen Rindt, el corredor del Grand Prix, dijo que cuando compites «pasas de todo lo demás y simplemente te concentras. Te olvidas del resto del mundo y te vuelves parte del coche y de la pista. Es una sensación muy especial. Estás completamente fuera de este mundo y totalmente en él. ¡No hay nada comparable!».

El aviador Wilbur Wright lo describía de esta forma: «Cuando sabes, después de los primeros minutos, que todo el mecanismo funciona a la perfección, la sensación es tan intensa y deliciosa que casi no se puede describir. Más que cualquier otra cosa, es una sensación de paz perfecta mezclada con una emoción que tensa todos tus nervios al máximo, si se puede concebir semejante combinación».

La célebre deportista Monica Seles dice: «Cuando juego mi mejor tenis me siento en la zona. — Pero apunta—: En cuanto piensas que estás en la zona, sales de ella».

El doctor Mihaly Csikszentmihalyi dedicó «décadas a la investigación sobre los aspectos positivos de la experiencia humana: la alegría, la creatividad, el proceso de total implicación con la vida, a lo que llamo fluir». En su famosa obra Fluir: Una psicología de la felicidad,* el doctor Csikszentmihalyi escribe acerca del «estado mental en el que la conciencia está organizada en armonía, y [la gente] quiere continuar con lo que esté haciendo por su propio bien». Lo que el doctor Csikszentmihalyi llama «fluir» (muchos otros lo llaman «estar en la zona») «sucede cuando la energía psíquica —o atención— se centra en objetivos realistas y cuando las habilidades se corresponden con las oportunidades para la acción. La búsqueda de un objetivo trae orden al conocimiento porque exige

concentrar toda la atención en la tarea inmediata y olvidar momentáneamente todo lo demás».

El doctor Csikszentmihalyi habla de los «elementos de disfrute», los componentes que encierra una experiencia óptima. Estos incluyen enfrentarse a un desafío que requiera de una habilidad concreta, sumergirse completamente en una actividad, objetivos claros y reacción, concentración en el cometido que le permita a uno olvidarse de todo lo demás, pérdida de la autoconciencia y sensación de que el tiempo se «transforma» durante la experiencia. «El elemento clave de una experiencia óptima —dice en el libro— es que es un fin en sí misma. La actividad que nos consume se vuelve inherentemente gratificante incluso si en un principio se emprendió por otras razones.»

Es muy importante entender este punto. Estar en el Elemento y, en especial, estar en la zona, no quita energía: la da. Me gustaba observar cómo los políticos se pelean por ganar las elecciones, o cómo intentan mantenerse en el puesto después de ganarlas y se preguntan cómo continuar. Se los puede ver viajando por todo el mundo, bajo constante presión para que actúen, tomando decisiones cruciales en cada comparecencia, viviendo con un horario irregular y siendo el centro constante de la atención pública. Me preguntaba cómo no se caen al suelo de puro agotamiento. El hecho es que la mayor parte de lo que hacen les encanta, o no lo harían. Las mismas cosas que a mí me agotarían, a ellos les dan más marcha.

Las actividades que nos gustan nos llenan de energía incluso cuando estamos agotados físicamente. Las actividades que no nos gusta hacer nos agotan en unos minutos, incluso si las abordamos en buenas condiciones físicas. Esta es una de las claves del Elemento y una de las principales razones de por qué es vital que todas las personas lo encuentren. Cuando la gente se coloca en situaciones que la llevan a estar en la zona, conecta con una fuente de energía primaria. Está literalmente más viva debido a ello.

Estar en la zona es como si te enchufaran a un alimentador de corriente: mientras estás conectado, recibes más energía de la que gastas. La energía hace funcionar nuestra vida. No se trata de una simple cuestión de energía física que o se tiene o no se tiene, sino de nuestra energía mental o psíquica. La energía mental no es una sustancia fija. Sube y baja según la pasión y el compromiso que pongamos en lo que estemos haciendo en ese momento. El elemento diferenciador clave se encuentra en nuestra actitud y en nuestra sensación de resonancia con respecto a una actividad. Como dice la canción: «Podría haber bailado durante toda la noche».

Estar en el Elemento, tener esa experiencia de fluidez, es enriquecedor porque es una manera de unificar nuestras energías y de que nos sintamos profundamente conectados a nuestro sentido de identidad, algo que de forma curiosa acontece a través de una sensación relajante, de hallar perfectamente natural estar haciendo lo que se está haciendo. Es sentirse a gusto dentro de la propia piel, sentirse conectado a nuestros impulsos internos o a nuestra energía.

Estas experiencias culminantes están vinculadas a cambios fisiológicos del cuerpo: es posible que el cerebro libere endorfinas y el cuerpo, adrenalina. Puede haber un incremento de la actividad de las ondas alfa, cambios en nuestro metabolismo, en el ritmo de nuestra respiración o de los latidos del corazón. La naturaleza específica de estos cambios fisiológicos depende del tipo de actividad que nos haya llevado a la zona y de lo que se esté haciendo para seguir allí.

Cualquiera que sea la forma de llegar hasta ella, estar en la zona es una experiencia poderosa y transformadora. Tan convincente que puede llegar a ser adictiva, pero una adicción en muchos sentidos saludable.

Comunicar

Al conectar con nuestra energía nos abrimos más a la energía de otras personas. Cuanto más vivos nos sintamos, más podremos contribuir a la vida de los demás.

El poeta de hip-hop Black Ice aprendió desde muy pequeño que sus palabras podían poner de manifiesto sus emociones y las de los demás. «Mi madre solía hacerme escribir sobre absolutamente todo —le contó a un entrevistador—. Cuando me metía en problemas, cuando me sentía feliz o incluso cuando estaba asustado. Era un chico muy atolondrado. Cuando comenzaron a gustarme las chicas, solía escribirles cartas. Las mías eran mejores que las típicas de “sí, no, puede que sí”. Descubrí la palabra hablada de adulto. Fui a un lugar en el que se leía poesía con la esperanza de conocer a alguna mujer. Era la noche de “micrófono abierto” y cuando una tía hizo el ridículo, el público la animó y le ofreció su apoyo. Estaba pasmado. Siendo una persona tan dinámica, me sorprendió comprobar todo lo que podía llegar a contar en aquel club en voz alta sobre, por ejemplo, el día a día de una peluquería. Era capaz de soltar lo que tenía dentro y la gente entendía de qué estaba hablando.»

Black Ice, de nacimiento Lamar Manson, pasó de aquellas actuaciones iniciales a escenarios cada vez mayores. Apareció durante cinco temporadas consecutivas en Def Poetry Jam de
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