Descubrir tu pasión lo cambia todo






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El hecho de que nos encontremos tan a menudo a este tipo entre los indios, los mexicanos y los negros anuncia de forma bastante drástica que la cuestión de las diferencias raciales en lo referente a las características mentales tendrá que volver a estudiarse y mediante métodos experimentales. Deberá separarse a los niños de estos grupos en clases especiales y tendrá que dárseles una enseñanza concreta y práctica. No pueden ser maestros en nada, pero a menudo se puede hacer de ellos obreros eficientes, capaces de cuidar de sí mismos. Hoy día no hay ninguna posibilidad de convencer a la sociedad de que no debería permitirse que se reprodujeran, pero desde un punto de vista eugenésico constituyen un grave problema debido a su extraordinariamente prolífica reproducción.

En realidad, el movimiento logró ejercer presión a favor de las leyes de esterilización involuntaria en treinta estados estadounidenses. Esto significaba que el estado podía castrar a las personas que estuviesen por debajo de un determinado coeficiente intelectual sin que contara su opinión. El hecho de que al final todos los estados revocaran las leyes es un triunfo del sentido común y la compasión; pero que dichas leyes existieran es una demostración aterradora de lo peligrosamente limitado que es cualquier test estándar a la hora de calcular la inteligencia y la capacidad de aportar algo a la sociedad.

Los tests de coeficiente intelectual pueden llegar a ser cuestión de vida o muerte. Un criminal que haya cometido un delito capital no está sujeto a la pena de muerte si su coeficiente intelectual está por debajo de setenta. Sin embargo, con regularidad, el resultado final de los coeficientes intelectuales aumenta en el curso de una generación (hasta veinticinco puntos), lo que obliga a revisar la escala cada quince o veinte años para mantener una puntuación media de cien. Por tanto, cualquiera que cometa un delito capital tiene mayor probabilidad de ser ejecutado en el principio de un ciclo que al final. Esto es darle una importancia terrible a un único test.

Las personas también pueden mejorar su puntuación mediante el estudio y la práctica. Hace poco leí el caso de un preso que estaba en el corredor de la muerte, pero al que solo habían condenado a cadena perpetua (no fue la persona que apretó el gatillo, aunque había estado implicado en un robo en el que murió una persona) y que llevaba diez años en la cárcel. Durante su condena realizó varios cursos. Cuando se le volvió a hacer el test, su coeficiente intelectual había aumentado más de diez puntos, lo que significaba que podía ser ejecutado.

Por supuesto, la mayoría de nosotros nunca nos encontraremos en una situación en la que decidan esterilizarnos o ponernos una inyección letal a causa de nuestro coeficiente intelectual. Pero considerar estos extremos nos permite formular algunas preguntas importantes, a saber: ¿qué son estos números? ¿Qué dicen realmente de nuestra inteligencia? La respuesta es que los números indican en gran medida la habilidad de una persona para hacer un test de cierto tipo de razonamiento matemático y verbal. Dicho de otro modo, miden cierto tipo de inteligencia, no toda la inteligencia. Y, como antes se indicó, la base continúa cambiando para adaptarse a las mejoras del conjunto de la población con el paso del tiempo.

Nuestra fascinación por el coeficiente intelectual se deriva de nuestra fascinación y dependencia por los exámenes estandarizados de nuestras escuelas. Los profesores pasan gran parte del año escolar preparando a sus estudiantes para los exámenes estatales que lo determinarán todo, desde la colocación de los alumnos en clase durante el curso siguiente hasta la financiación que recibirá el colegio. Desde luego, estos exámenes no consideran las habilidades especiales del niño ni sus necesidades (y tampoco las de la escuela), pero tienen un tremendo poder de influir en el destino académico del alumno.

El examen estándar que en la actualidad tiene mayor impacto en el futuro académico de un niño en Estados Unidos es el sat. Curiosamente, Carl Brigham, el inventor del sat, también era eugenista. Concibió el test para las fuerzas armadas, aunque hay que decir a su favor que cinco años después lo repudió y renegó al mismo tiempo de los eugenistas. Sin embargo, a esas alturas Harvard y otras escuelas de la Ivy League* ya habían empezado a utilizarlo para evaluar a los solicitantes. La mayoría de las universidades estadounidenses hace casi siete décadas que lo utilizan (o uno parecido, el act) como parte fundamental de sus procesos de selección, aunque algunos centros están empezando a depender menos de ellos.

E l sat es en muchos sentidos el parámetro para ver qué es lo que no funciona en los tests estandarizados: solo mide cierto tipo de inteligencia; lo hace de manera totalmente impersonal; trata de hacer suposiciones generales sobre el potencial universitario de un enorme y variado grupo de adolescentes como si fuera apropiado para todo el mundo y obliga a los alumnos de secundaria a pasar cientos de horas preparándose a expensas del estudio escolar o de otras actividades. John Katzman, fundador de Princeton Review, realiza esta crítica mordaz: «Lo que hace que el sat sea malo es que no tiene nada que ver con lo que los chicos aprenden en el instituto. Por consiguiente, crea una especie de sombra sobre el plan de estudios que no favorece ni a los objetivos de los educadores ni a los de los estudiantes... Nos han vendido el sat como si fuera una poción milagrosa; medía la inteligencia, verificaba el gpa —nota media— de los institutos y predecía las calificaciones de la universidad. Pero

la verdad es que nunca ha conseguido lograr las dos primeras y no ha hecho un trabajo particularmente bueno en la tercera».

Sin embargo, los estudiantes a los que no se les dan bien los exámenes, o que no son especialmente buenos en el tipo de razonamiento que evalúa el sat, pueden llegar a ver comprometido su futuro universitario porque hemos aceptado que la inteligencia viene acompañada de un número. Se trata de una idea tiránica y se extiende mucho más allá del mundo académico. ¿Te acuerdas de la curva acampanada de la que hablábamos antes? Aparece cada vez que le pregunto a alguien lo inteligente que cree ser porque hemos acabado definiendo la inteligencia con un margen demasiado estrecho. Creemos saber la respuesta a la pregunta: «¿Cómo eres de inteligente?». Sin embargo, la verdadera respuesta es que la pregunta está mal planteada.

¿De qué modo eres inteligente?

La pregunta correcta es esta. La diferencia con la anterior es abismal. El «cómo» indica que hay una forma limitada de medir la inteligencia y que el valor de la inteligencia de todas las personas se puede reducir a una cifra o a algún tipo de cociente. El «de qué modo» apunta una verdad que no reconocemos como deberíamos: que hay diferentes maneras de expresar la inteligencia y que ninguna escala puede medirlas.

La naturaleza de la inteligencia siempre ha sido un tema controvertido, especialmente entre los muchos especialistas que se pasan la vida pensando en ella. Disienten acerca de qué es, quién la tiene y cuánta hay disponible por ahí. En un estudio que se realizó en Estados Unidos hace unos años, una serie de psicólogos intentaron definir la inteligencia escogiendo y comentando entre una lista de veinticinco atributos. Solo tres de ellos fueron mencionados por un 25 por ciento o más de los encuestados. Tal como lo expresó uno de los comentaristas: «Si pidiésemos a los especialistas que describiesen en qué se diferencian las setas comestibles de las venenosas y respondiesen de este modo, tal vez fuera prudente evitar la cuestión por completo».

Siempre ha habido críticas —en estos últimos años han aumentado en número y fuerza— a las definiciones de la inteligencia que solo se basan en el coeficiente intelectual. Una serie de teorías alternativas, a veces irreconciliables, sostienen que la inteligencia abarca mucho más que lo que los tests del coeficiente intelectual podrán llegar a evaluar nunca.

Howard Gardner, profesor de psicología de la Universidad de Harvard, ha sostenido, con gran éxito, que tenemos no una sino múltiples inteligencias. Estas incluyen inteligencia lingüística, musical, matemática, espacial, kinestésica, interpersonal (relaciones con los demás) e intrapersonal (conocimiento y comprensión de uno mismo). Afirma que estos tipos de inteligencia son más o menos independientes entre sí y que no hay una más importante que otra, aunque puede que algunas sean «dominantes» y otras «latentes». Mantiene que todos tenemos distintos puntos fuertes en diferentes inteligencias y que la educación debería tratarlas por igual para que todos los niños tuviesen la misma oportunidad de desarrollar sus habilidades individuales.

Robert Sternberg es profesor de psicología en la Universidad de Tufts y antiguo presidente de la American Psychological Association. Es, desde hace tiempo, crítico con los métodos tradicionales de las pruebas de inteligencia y el coeficiente intelectual. Sostiene que hay tres tipos de inteligencia: la inteligencia analítica, que consiste en la habilidad para solucionar problemas utilizando las aptitudes académicas y para realizar los tests convencionales del coeficiente intelectual; la inteligencia creativa, que sería la habilidad para enfrentarse a nuevas situaciones y encontrar soluciones originales, y la

inteligencia práctica, la habilidad para enfrentarse a los problemas y desafíos de la vida diaria.

El psicólogo y autor de best sellers Daniel Goleman ha sostenido en sus libros que hay una inteligencia emocional y una inteligencia social, ambas fundamentales para llevarnos bien con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea.

Robert Cooper, autor de Aprenda a utilizar el otro 90 % ,* mantiene que no deberíamos entender la inteligencia como algo que ocurre solo en el cerebro que tenemos dentro del cráneo. Habla del cerebro del «corazón» y del cerebro del «intestino». Siempre que tenemos una experiencia directa, dice, esta no va directamente al cerebro que se halla en el interior de nuestra cabeza. Se dirige primero a las redes neurológicas del tracto intestinal y del corazón. Describe la primera de ellas, el sistema nervioso entérico, como un «segundo cerebro», dentro de los intestinos, que es «independiente pero que también está interconectado con el cerebro del cráneo». Sostiene que esta es la razón por la que a menudo nuestra primera reacción ante un acontecimiento es una «reacción intestinal». Seamos o no conscientes de ello, dice, nuestras reacciones intestinales configuran todo lo que hacemos.

Otros psicólogos y personas que realizan pruebas de inteligencia se preocupan por este tipo de ideas. Dicen que no hay pruebas cuantificables que demuestren su existencia. Puede ser, pero nuestra experiencia cotidiana evidencia que la inteligencia humana es diversa y polifacética. Basta observar la extraordinaria riqueza y complejidad de la cultura humana y sus logros. Formular todo esto en una sola teoría sobre la inteligencia —con tres, cuatro, cinco o incluso ocho categorías distintas— es problema de los teóricos.

Por ahora, la prueba de una verdad básica de la habilidad humana está por todas partes: «pensamos» sobre nuestras experiencias en todas las formas posibles. También está claro que todos tenemos fuerzas y aptitudes naturales diferentes.

Ya mencioné que no tengo una habilidad especial para las matemáticas. En realidad, no tengo ninguna. Alexis Lemaire, en cambio, sí la tiene. Lemaire es un estudiante francés que está realizando su doctorado sobre inteligencia artificial. En 2007 reivindicó el récord mundial por calcular mentalmente la raíz treceava de un número aleatorio de doscientas cifras. Lo hizo en 72,4 segundos. En el caso de que, como yo, no estés seguro de lo que esto quiere decir, déjame que te lo explique. Alexis se sentó delante de un ordenador que había generado aleatoriamente un número de doscientas cifras y lo mostraba en la pantalla. El número llenaba más de diecisiete líneas. Era un número muy grande. Lo que Alexis tenía que hacer era calcular en su cabeza la raíz treceava de ese número (esto es, el número que multiplicado por sí mismo trece veces daría el número exacto de doscientos dígitos de la pantalla). Clavó los ojos en la pantalla, sin hablar, y entonces anunció correctamente que la respuesta era: 2.397.207.667.966,701. Recuerda que lo hizo en 72,4 segundos. Mentalmente.

Lemaire realizó esta hazaña en el Hall of Science de Nueva York. Llevaba años trabajando en este reto, y su mejor marca hasta entonces habían sido unos lentos 77 segundos. Después contó a la prensa: «El primer dígito es muy fácil, el último dígito es muy fácil, pero los números de en medio son dificilísimos. Utilizo un sistema de inteligencia artificial que aplico a mi propio cerebro en lugar de a un ordenador. Creo que la mayoría de la gente puede hacerlo, pero también es verdad que mi mente funciona a gran velocidad. A veces mi cerebro funciona muy, muy rápido... Con el fin de mejorar mis habilidades utilizo un proceso para que mi cerebro funcione como un ordenador. Es como ejecutar un programa en mi cabeza que controle el cerebro».

Y añadía: «A veces, cuando hago multiplicaciones, mi cerebro funciona tan rápido que tengo que medicarme. Creo que cualquiera que tenga un cerebro más lento también puede hacer este tipo de multiplicaciones, pero tal vez sea más fácil para mí porque mi cerebro es más rápido». Lemaire practica las matemáticas con regularidad. Para poder pensar más rápido, hace ejercicio, no toma ni cafeína ni alcohol y evita las comidas con alto contenido en azúcares o grasa. Su experiencia con las matemáticas es tan intensa que de vez en cuando tiene que tomarse un respiro para que su cerebro descanse. De lo contrario, cree que existe el peligro de que demasiadas matemáticas puedan ser nocivas para su salud y su corazón.

Yo también he creído siempre que demasiadas matemáticas pueden ser perjudiciales para mi salud y mi corazón, pero por razones muy distintas. De modo sorprendente, al igual que a mí, a Lemaire las matemáticas no se le dieron especialmente bien en el colegio, aunque las comparaciones entre ambos acaben ahí. No era el mejor en matemáticas de su clase y fundamentalmente aprendió él solo con libros.

Sin embargo, tenía un talento natural para los números que descubrió cuando tenía unos once años y que ha educado y desarrollado poniéndose a prueba continuamente y creando complejas técnicas para explotarlo. Pero la base de todos estos logros se encuentra en una habilidad única y personal combinada con una gran pasión y mucho compromiso. Alexis Lemaire está claramente en su Elemento cuando escarba en números enormes para desenterrar sus raíces.

Los tres rasgos que caracterizan la inteligencia humana

La inteligencia humana parece tener por lo menos tres rasgos principales. El primero es que es extraordinariamente heterogénea. Está claro que no se limita a la habilidad de hacer razonamientos verbales y matemáticos. Estas habilidades son importantes, pero simplemente son una de las formas en las que se expresa la inteligencia.

Gordon Parks fue un legendario fotógrafo que captó la experiencia de los negros estadounidenses como pocos habían hecho hasta entonces. Fue el primer productor y director negro de una gran película de Hollywood. Ayudó a fundar la revista Essence, de la que fue editor jefe durante tres años. Fue poeta, novelista y memorialista de gran talento. También fue un dotado compositor que creó su propia notación musical para escribir sus obras.

Y no recibió instrucción profesional en nada de todo eso.

De hecho, Gordon Parks apenas fue a la escuela secundaria. Su madre murió cuando él tenía quince años, y poco después acabó en la calle; no pudo graduarse. La educación que recibió fue desalentadora; a menudo contaba que uno de sus profesores les había dicho a los estudiantes que para ellos la universidad sería una pérdida de tiempo porque estaban destinados a convertirse en porteros y en empleadas domésticas.

A pesar de todo, Parks utilizó su inteligencia de una forma que pocos podrían igualar. Aprendió solo a tocar el piano, lo que le ayudó a ganar algún dinero para salir adelante hacia el final de su adolescencia. Unos años más tarde, compró una cámara fotográfica en una casa de empeños y aprendió a hacer fotografías. Lo que aprendió sobre el mundo del cine y la escritura le vino en gran parte de la observación, un intenso nivel de curiosidad intelectual y una sensibilidad excepcional para ver en el interior de la vida de otras personas.

«Simplemente perseveré y seguí adelante —dijo en una entrevista en la Smithsonian Institution—, con la firme voluntad de empezar en el mundo de la fotografía. Me di cuenta de que me gustaba y me entregué a fondo. Mi mujer de entonces estaba más o menos en contra, y mi suegra, igual que todas las suegras, totalmente en contra. Me gasté una pasta y me compré algunas cámaras. Eso fue poco más o menos lo que pasó. Tenía un interés tremendo y simplemente continué trabajando y llamando a las puertas, buscando estímulos donde pudiese encontrarlos.»

En una entrevista para la pbs dijo: «Yo percibo que mi vida es en cierto modo como un sueño inconexo... Me han pasado cosas increíbles. Es tan contradictorio... Pero lo que sé es que fue un esfuerzo constante, un sentimiento constante de que no debía fracasar».

La contribución de Parks a la cultura estadounidense es considerable: sus vehementes fotografías, y en especial American Gothic, que yuxtapone a una mujer negra sosteniendo una fregona y una escoba sobre la bandera estadounidense; su genial obra cinematográfica, que incluye el gran éxito comercial Shaft, que introdujo un héroe de acción negro en Hollywood; su singular obra en prosa; su inigualable producción musical.

No sé si Gordon Parks pasó alguna vez un examen académico estándar o un examen para acceder a la universidad. Al no haber pasado por la educación preuniversitaria tradicional, es bastante probable que si lo hubiese hecho no habría sacado una nota especialmente alta. Curiosamente, aunque no acabó la educación secundaria, acumuló cuarenta doctorados honorarios: dedicó uno de ellos al profesor que se había mostrado tan despectivo cuando estaba en el instituto. Sin embargo, en cualquier definición razonable de la palabra «inteligencia», Gordon Parks era extraordinariamente inteligente, un ser humano excepcional con una extraña habilidad para aprender y dominar con maestría complicadas y variadas formas de arte.

Solo puedo suponer que Parks se consideraba a sí mismo una persona inteligente. Sin embargo, si era como otras muchas personas a las que he conocido durante mis viajes, el no haber seguido una educación normal podría haberle llevado a evaluarse a sí mismo muy por debajo de lo que hubiera debido, a pesar de sus numerosos y obvios talentos.

Como muestran las historias de Gordon Parks, Mick Fleetwood y Bart Conner, la inteligencia puede dejarse ver en cosas que poco o nada tienen que ver con los números o las palabras. Pensamos el mundo en todos los ámbitos en que lo experimentamos, incluyendo las distintas maneras en que utilizamos nuestros sentidos (no importa cuántos sean). Pensamos en sonidos. Pensamos en movimiento. Pensamos visualmente. Durante mucho tiempo trabajé para el Royal Ballet de Gran Bretaña; acabé viendo la danza como una forma muy eficaz de expresar ideas y observé que los bailarines utilizan múltiples formas de inteligencia —kinestésica, rítmica, musical y matemática— para hacerlo. Si la inteligencia matemática y verbal fueran las únicas, el ballet no existiría. Tampoco la pintura abstracta, ni el hip-hop, ni el diseño, ni la arquitectura, ni las cajas de autoservicio de los supermercados.

La diversidad de inteligencias es uno de los fundamentos básicos del Elemento. Si no aceptas que piensas el mundo de muchas maneras diferentes, estarás limitando inexorablemente tus posibilidades de encontrar a la persona que se supone que tienes que ser.

Una de las personas que representa esta maravillosa diversidad es R. Buckminster Fuller, más conocido por su diseño de la bóveda geodésica y la acuñación del término «estación espacial tierra». Sin duda, sus mayores logros proceden del campo de la ingeniería (que por supuesto requiere del uso de la inteligencia matemática, visual e interpersonal), pero además fue un escritor atípico y brillante, un filósofo que desafió los conceptos de una generación, un ferviente ecologista años antes de que surgiera un verdadero movimiento ecologista, y un profesor universitario provocador y enriquecedor. Todo esto lo hizo al margen de la educación oficial (fue el primero de cuatro generaciones de su familia que no se graduó en Harvard) y lanzándose a experimentar el mundo para aprovechar al máximo sus posibles formas de inteligencia. Se alistó en la marina, fundó una empresa de suministros para la construcción y trabajó de mecánico en una fábrica textil y de operario en una planta de empaquetado de carne. Al parecer, Fuller no vio ningún límite en su habilidad para utilizar todas las formas de inteligencia disponibles para él.

El segundo rasgo de la inteligencia es que es muy dinámica. El cerebro humano es muy interactivo. Cada vez que actuamos, utilizamos múltiples partes del cerebro. De hecho, la utilización dinámica del cerebro —al favorecer nuevas conexiones entre las cosas— da lugar a verdaderos progresos.

Albert Einstein, por ejemplo, sacó gran provecho de la dinámica de la inteligencia. La destreza de Einstein como científico y matemático es un mito. Sin embargo, Einstein estudió todas las formas de expresión; creía que podía sacar partido de cualquier cosa que surgiera ante su mente de muy diversos modos. Por ejemplo, entrevistó a poetas para aprender más sobre el papel de la intuición y la imaginación.

En su biografía de Einstein, Walter Isaacson dice: «Cuando era estudiante, a Einstein nunca se le dio bien el aprendizaje por memorización. Más tarde, como teórico, el éxito no le vino de la fuerza bruta del poder de sus procesos mentales, sino de su creatividad e imaginación. Podía construir complejas ecuaciones, pero además, y más importante, sabía que las matemáticas eran el lenguaje que la naturaleza utiliza para describir maravillas».

A menudo, Einstein recurría al violín en busca de ayuda cuando su trabajo le planteaba algún reto. Un amigo de Einstein le contó a Isaacson: «Solía tocar el violín en la cocina a altas horas de la noche, improvisaba melodías mientras reflexionaba sobre complicados problemas. Entonces, de repente y mientras tocaba, anunciaba entusiasmado: “¡Lo tengo!”. Como si, por inspiración, la solución al problema le hubiera llegado en medio de la música».

Lo que Einstein parecía entender es que el desarrollo intelectual y la creatividad llegan a través de la comprensión de la naturaleza dinámica de la inteligencia. El crecimiento se produce a través de la analogía: ver cómo se relacionan las cosas en vez de ver solo lo diferentes que pueden llegar a ser. Con certeza, las historias epifánicas de este libro muestran que muchos de los momentos en que las cosas se esclarecen de repente ocurren cuando se han percibido nuevas conexiones entre hechos, ideas y circunstancias.

El tercer rasgo característico de la inteligencia es que es totalmente peculiar. La inteligencia de cada persona es tan singular como una huella dactilar. Puede que haya siete, diez o cien formas distintas de inteligencia, pero cada uno de nosotros las utiliza de forma diferente. Mi perfil de habilidades consiste en una combinación de inteligencias dominantes y latentes distinta de las de los otros, las cuales tienen un perfil totalmente distinto. Los gemelos utilizan su inteligencia de forma diferente el uno del otro, tal como hacen, por supuesto, personas que se encuentran en lugares opuestos del planeta.

Esto nos lleva de nuevo a la pregunta que hice antes: ¿de qué modo eres inteligente? Saber que la inteligencia es diversa, dinámica y peculiar permite abordar la cuestión de una manera distinta. Este es uno de los componentes fundamentales del Elemento. Pues cuando eliminas las ideas preconcebidas sobre la inteligencia, puedes empezar a percibir tus diferentes formas de inteligencia. Nadie es solo una simple puntuación intelectual o una escala lineal. Dos personas con las mismas calificaciones no harán las mismas cosas, ni compartirán los mismos intereses, ni alcanzarán los mismos logros en la vida. El nuevo paradigma del Elemento tiene que ver con permitirnos acceder a todas las formas en que se experimenta el mundo y descubrir dónde se encuentran los verdaderos puntos fuertes de cada uno.

Simplemente, no los des por sentado.

Más allá de la imaginación

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F aith Ringgold es una aclamada artista, conocida por sus edredones pintados en los que cuenta historias. Ha expuesto en los principales museos de todo el mundo y su obra forma parte de las colecciones permanentes del Museo Guggenheim, del Metropolitan Museum of Art y del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Además, es una laureada escritora: recibió el Caldecott Honor por su primer libro, Tar Beach. También ha compuesto y grabado canciones.

La vida de Faith rebosa creatividad. Curiosamente, sin embargo, una enfermedad, que la mantuvo apartada de la escuela, fue la que le llevó por este camino. Cuando tenía dos años le diagnosticaron asma; debido a ello, comenzó tarde su educación académica. Durante nuestra entrevista me contó que creía que haberse mantenido lejos del colegio a causa del asma había sido algo positivo en su desarrollo como persona, «porque, ¿sabes?, no estaba por ahí para que me adoctrinaran. No andaba por ahí para que me moldearan como creo que moldean a tantos niños en una sociedad reglamentada como es, y supongo que en cierto modo tiene que ser, la escuela. Porque cuando tienes a un montón de personas en un mismo espacio, debes conseguir que se muevan de cierta forma para que la cosa funcione. Simplemente, nunca tuve que soportar la reglamentación. Me perdí preescolar y primer grado. Comencé a ir al colegio en segundo. Pero todos los años solía faltar como mínimo, no sé, puede que dos o tres semanas debido al asma. Y te aseguro que no me importaba perderme aquellas clases».

Su madre se esforzó para que avanzara al mismo ritmo que las clases que se estaba perdiendo en el colegio. Y cuando no estudiaban, podían explorar el amplio mundo de las artes del Harlem de los años treinta: «Mi madre me llevó a ver todos los grandes espectáculos del momento. Duke Ellington, Billie Holliday, Billy Eckstine: aquellos viejos cantantes y directores de orquesta, aquella gente que era tan maravillosa. Así que esas eran las personas que yo consideraba altamente creativas. Era tan evidente que hacían de sus cuerpos obras de arte... Todos vivíamos en el mismo barrio. Era fácil tropezarse con ellos: estaban allí, ¿sabes? Su arte y su buena disposición para entregarse a su público y a sus espectadores me inspiraban profundamente. Me hizo comprender el aspecto comunicativo de ser artista.

»Nunca me vi obligada a ser como los otros niños. No vestía como ellos. No me parecía a ellos. En mi familia tampoco esperaban eso de mí. De modo que para mí fue natural hacer algo que se consideraba un poco extraño. Mi madre era diseñadora de modas. Era una artista, aunque ella jamás se habría definido así. Me ayudó mucho, aunque siempre insistió en que no sabía si dedicar la vida al arte sería bueno».

Cuando Faith comenzó por fin a ir al colegio a tiempo completo, encontró la emoción y el estímulo necesarios en las clases de arte: «En la escuela primaria hacíamos arte desde el principio. Una experiencia de primera. Magnífica. Recuerdo con claridad que mis profesores se emocionaban con algunas de las cosas que había hecho y que yo, por cierto, no podía evitar preguntarme: “¿Por qué creerán que es tan bueno?”, pero nunca dije nada. Una vez, en el instituto, la profesora nos propuso un experimento: pintar lo que viésemos en nuestra mente sin mirar con los ojos. Haríamos unas flores.

Cuando vi lo que me había salido, me dije: “¡Oh, Dios mío!, no quiero que vea esto, es realmente horrible”. Pero ella lo puso en alto y dijo: “Es maravilloso. Mirad esto”. Ahora sé por qué le gustó. Rebosaba libertad, que es lo mismo que a mí me gusta ahora cuando veo a los niños haciendo arte. Es expresivo; es fascinante. Es la clase de magia que tienen los niños; para ellos, en el arte no hay nada demasiado extraño ni diferente. Lo aceptan; lo entienden; les encanta. Entran en un museo, miran alrededor y no se sienten amenazados. En cambio los adultos sí. Creen que hay mensajes que no acaban de entender, que deberían decir o hacer algo ante una obra de arte. Los niños simplemente las aceptan porque, de una u otra forma, han nacido así. Y siguen siendo así hasta que empiezan a ser críticos consigo mismos. Aunque puede que eso ocurra porque nosotros empezamos a criticarlos. Yo intento no hacerlo, pero el mundo los criticará, ya sabes, los juzgará: esto no parece un árbol, esto no se parece a un hombre. Cuando los niños son pequeños no hacen caso de este tipo de cosas. Solo están... manifestándose ante tus ojos. “Esta es mi mamá y este es mi papá y fuimos a casa y cortamos un árbol” y esto y lo otro y lo de más allá; te cuentan toda una historia sobre el dibujo, lo reconocen y creen que es maravilloso. Y yo también, porque carecen totalmente de restricciones en este tipo de cosas.

»Creo que los niños tienen la misma habilidad para la música. Sus débiles voces son como pequeños timbres que hacen sonar. Una vez fui a un colegio donde llevé a cabo una sesión de cuarenta minutos con cada clase, desde los niños de la guardería hasta los de sexto. Hice una sesión de arte en la que primero tenían que leer de un libro un ratito y luego yo les mostraba algunas de mis diapositivas y les enseñaba a cantar mi canción “Anyone Can Fly”. La seguían enseguida, tanto los más pequeños, como los de preescolar, los de primero, segundo, tercero y cuarto. Al llegar a quinto te topas con dificultades. Sus débiles voces ya no suenan como campanillas; sienten vergüenza, ¿sabes?, y algunos de ellos que todavía pueden cantar, no lo harán».

Por suerte, Faith nunca se sintió así de reprimida. Le encantó explorar su creatividad desde una edad muy temprana, y consiguió mantener esa chispa durante la edad adulta: «Creo que supe que quería ser artista desde que empecé a estudiar arte en la universidad, en 1948. No sabía qué camino tomaría, cómo ocurriría o cómo lo lograría, pero sabía que esa era mi meta. Mi sueño era ser artista, de las que se ganan la vida haciendo fotografías. Cada día de tu vida puedes crear algo maravilloso, así que cada día será igual de maravilloso porque ese día, mientras pintas o creas lo que estés creando, descubres algo nuevo, encuentras nuevas formas de hacerlo».

La promesa de la creatividad

Ya mencioné que me gusta preguntar a las personas del público lo inteligentes que creen ser. También suelo pedirles que evalúen su creatividad. Al igual que con la inteligencia, utilizo una escala del 1 al 10, siendo 10 el máximo. Y, como con la inteligencia, la mayoría de la gente se otorga una puntuación media. Entre aproximadamente mil personas, menos de veinte se evaluaron con un 10 en creatividad. Unas pocas más alzaron las manos para el 9 y el 8. En el otro extremo siempre hay unos pocos que se califican con un 2 o un 1. Creo que la mayoría de las personas se equivocan al valorarse de esta forma, lo mismo que con la inteligencia.

Pero el interés de este ejercicio se revela al preguntar cuántas personas evaluaron con una puntuación distinta su inteligencia y su creatividad. Normalmente, entre dos tercios y tres cuartas partes del público levanta la mano al llegar a este punto. ¿Por qué sucede esto? Creo que se debe a que la mayoría de las personas creen que la inteligencia y la creatividad son cosas totalmente diferentes: que podemos ser muy inteligentes y no ser muy creativos, o muy creativos pero no muy inteligentes.

Para mí, esto indica que existe un problema fundamental. Gran parte del trabajo que realizo con algunas organizaciones consiste en demostrar que la inteligencia y la creatividad van de la mano. Estoy convencido de que no se puede ser creativo y no actuar inteligentemente. Del mismo modo, la forma más elevada de inteligencia consiste en pensar de manera creativa. Al buscar el Elemento, es fundamental entender la verdadera naturaleza de la creatividad y tener una clara comprensión de la relación que guarda con la inteligencia.

Según mi propia experiencia, la mayoría de la gente tiene una visión muy limitada de la inteligencia y tiende a pensar en ella sobre todo desde el punto de vista de la capacidad académica. Esta es la razón de que muchas personas que son listas en otros ámbitos acaben creyendo que no lo son en absoluto.

También hay mitos en torno a la creatividad. Uno de ellos es que solo la gente especial es creativa. Esto no es cierto. Todo el mundo nace con tremendas capacidades creativas; la cuestión está en desarrollarlas. La creatividad es muy parecida a la capacidad para leer y escribir. Damos por sentado que casi todo el mundo puede aprender a leer y a escribir. Si una persona no sabe hacerlo, no supones que es porque sea incapaz de ello, sino simplemente porque no ha aprendido. Con la creatividad pasa lo mismo: a menudo, cuando la gente dice que no es creativa se debe a que no sabe lo que implica o cómo funciona la creatividad en la práctica.

Otro mito es que la creatividad tiene que ver con actividades especiales. Que trata de «campos de acción creativos» como las artes, el diseño o la publicidad que, a menudo, implican un alto grado de creatividad; pero también lo exigen la ciencia, las matemáticas, la ingeniería, dirigir un negocio, ser un atleta y empezar o dejar una relación. El hecho es que se puede ser creativo en cualquier cosa: cualquier cosa que requiera inteligencia.

El tercer mito consiste en creer que las personas o son creativas o no lo son. Este mito sugiere que la creatividad, como el coeficiente intelectual, es un rasgo supuestamente fijo, como el color de los ojos, y que no se puede hacer demasiado por cambiarlo. Pero la verdad es que resulta muy factible volverse más creativo en el trabajo y en la vida. El paso esencial, y el primero, que hay que dar es entender la estrecha relación entre la creatividad y la inteligencia. Este es uno de los caminos más seguros para encontrar el Elemento, y comporta tomar perspectiva para examinar una de las características fundamentales de todo ser humano: nuestro inigualable poder de imaginación.

Todo está en la imaginación

Tal como planteamos en el capítulo anterior, tendemos a infravalorar el alcance de nuestros sentidos y de nuestra inteligencia. Y con la imaginación hacemos lo mismo. De hecho, si bien aceptamos plenamente los datos de nuestros sentidos, somos muy reticentes a aceptar los de nuestra imaginación. Incluso criticamos las percepciones de ciertas personas diciendo que tienen una «imaginación desbocada» o que lo que creen es «cosa de su imaginación». La gente se enorgullece de tener «los pies en la tierra», de ser «realista» y «sensata», y se burla de aquellos que «están en las nubes». Sin embargo, mucho más que cualquier otra facultad, la imaginación es lo que distingue a los seres humanos de cualquier otra especie del planeta.

La imaginación sustenta todo logro singularmente humano. La imaginación nos llevó de las cavernas a las ciudades, de las asociaciones estudiantiles a los clubes de golf, de la carroña a la cocina y de la superstición a la ciencia. La relación entre la imaginación y la «realidad» es complicada y profunda. Y esta relación tiene un papel importante en la búsqueda del Elemento.

Si te centras en las cuestiones actuales de carácter material que te rodean, estoy seguro de que por regla general das por hecho que lo que percibes es lo que realmente hay. Por eso podemos conducir por carreteras muy transitadas, encontrar lo que buscamos en una tienda y despertarnos en compañía de la persona apropiada. Sabemos que en determinadas circunstancias —enfermedad, delirio o consumo excesivo de estupefacientes, por ejemplo— esta presunción puede ser errónea. Pero vayamos un poco más lejos.

También sabemos que podemos salir sin dificultad de nuestro ámbito sensorial e inmediato y evocar imágenes mentales de otros lugares y otras épocas. Si te pido que pienses en tus mejores amigos del colegio, en tu comida preferida o en la persona más pesada que conoces, lo harás sin necesidad de tenerlo delante. Este proceso de «ver en nuestra mente» es el acto fundamental de la imaginación. Así que mi definición inicial de la imaginación es «el poder de evocar cosas que no están presentes en nuestros sentidos».

Tu reacción a esta definición puede ser: «¡No me digas!». Sería una reacción apropiada, pero la siguiente observación ayuda: la imaginación es quizá la capacidad que más damos por supuesta. Esto es algo deplorable porque la imaginación tiene una importancia vital en nuestra vida. Mediante la imaginación podemos darnos una vuelta por el pasado, contemplar el presente y prever el futuro. También podemos hacer algo de una trascendencia única y profunda.

Podemos crear.

Por medio de la imaginación, no solo evocamos cosas que hemos experimentado en el pasado, sino también cosas que nunca hemos experimentado. Podemos hacer conjeturas, hipótesis, podemos especular y podemos suponer. En suma, podemos ser imaginativos. En cierto sentido, en cuanto podemos liberar nuestra mente del inmediato aquí y ahora somos libres. Libres para volver a visitar el pasado, libres para transformar el presente y libres para prever los futuros posibles. La imaginación es la base de todo lo que es singular y característicamente humano. Es la base del lenguaje, de las artes, de las ciencias, de los sistemas filosóficos y de toda la inmensa complejidad de la cultura humana. Puedo ilustrar esta facultad con un ejemplo de proporciones cósmicas.

¿Importa el tamaño?

¿Cuál es la finalidad de la vida? Esta es otra buena pregunta. A otras especies no parece importarles demasiado, pero es algo que importa mucho a los seres humanos. El filósofo británico Bertrand Russell planteó esta cuestión de forma simple y brillante. Está dividida en tres partes y merece la pena leerla dos veces: «¿Es el hombre lo que le parece al astrónomo, un minúsculo conjunto de carbono y agua que se agita en un pequeño e insignificante planeta? ¿O es lo que le parece a Hamlet? ¿O es acaso las dos cosas a la vez?».

Habrá que perdonar aquí el lenguaje machista. Russell escribió esto hace mucho tiempo, no sabía que más adelante la gente podría no verlo con buenos ojos. Las tres preguntas de Russell captan algunos de los misterios fundamentales de la filosofía occidental, aunque no necesariamente de la oriental. ¿Es la vida, en esencia, casual y carente de sentido? ¿O es profunda y misteriosa como lo creía el gran héroe trágico shakesperiano? Volveré a Hamlet enseguida. Veamos primero la idea de que habitamos en un planeta pequeño e insignificante.

Desde hace años, el telescopio Hubble ha estado emitiendo a la Tierra miles de imágenes deslumbrantes de galaxias lejanas, enanas blancas, agujeros negros, nebulosas y púlsares.

Todos hemos visto documentales espectaculares sobre los detalles de viajar por el espacio, enmarcados en estadísticas incomprensibles sobre miles de millones de años luz y distancias infinitas. Hoy en día, la mayoría de nosotros comprendemos que el universo es gigantesco. También comprendemos que la Tierra es relativamente pequeña.

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Pero ¿cómo de pequeña?

Es muy difícil hacerse una idea clara del tamaño de la Tierra porque con los planetas, como con cualquier otra cosa, el tamaño es relativo. Dadas las inmensas distancias entre nosotros y los demás cuerpos celestes, cuesta tener una base a partir de la cual poder comparar.
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