Descubrir tu pasión lo cambia todo






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raf) británica, pero cuando dejó el servicio decidió dedicarse a su verdadera pasión, la escritura. Para cumplir su sueño, se instaló con su familia en una barcaza en el río Támesis, en Kent, donde vivieron tres años. La hermana de Mick, Sally, se trasladó a Londres para hacerse escultora, y su hermana Susan hizo carrera en el teatro. Dentro de la familia Fleetwood todos entendían que el esplendor del éxito podía llegar de formas diferentes y que no ser muy bueno en matemáticas, o incapaz de recitar el abecedario hacia atrás, difícilmente condenaba a nadie a llevar una vida insignificante.

Y Mick podía tocar la batería. «Probablemente tocar el piano sea un indicio mucho más impresionante de que ahí pueda haber creatividad —me dijo—. Yo lo único que quería era darle palizas a la batería o a los cojines de las sillas. Eso no parece demasiado creativo. Es casi como “Bueno, cualquiera puede hacer eso. No hace falta ser muy listo”. Pero comencé a tocar la batería y aquello me cambió la vida.»

El momento epifánico de Mick —el punto en el que «tocar la batería» se convirtió en la ambición que conformaría su vida— llegó cuando siendo un chaval visitó a su hermana en Londres y fue a «un sitio pequeño en Chelsea en el que actuaba un pianista. Había gente tocando lo que, ahora lo sé, era música de Miles Davis y fumando Gitanes. Los observé y comencé a ver el principio de ese otro mundo; la atmósfera me absorbió. Me sentí cómodo y libre. Ese era mi sueño. De vuelta al colegio, me aferré a esas imágenes para salir de aquel mundo. Ni siquiera sabía si podría tocar con otra gente, pero aquella visión me permitía escapar de la pesadilla de la puñetera vida escolar. Yo le ponía mucho empeño en mi interior, pero a la vez era increíblemente infeliz porque todo en el colegio me indicaba

que era un inútil según la norma».

El rendimiento de Mick en el colegio confundía a sus profesores. Sabían que era brillante, pero sus notas indicaban lo contrario. Y si las notas decían lo contrario, poco podían hacer. La experiencia resultó muy frustrante para el chico que soñaba con tocar la batería. Finalmente, al llegar a la adolescencia decidió que ya había tenido suficiente. «Un día salí del colegio y me senté en el suelo debajo de un árbol enorme. No soy una persona religiosa, pero con lágrimas en los ojos le dije a Dios que no quería seguir más tiempo en ese lugar. Quería vivir en Londres y tocar en un club de jazz. Era algo completamente ingenuo y ridículo, pero me hice a mí mismo la firme promesa de ser batería.»

Los padres de Mick entendieron que la escuela no era el lugar adecuado para alguien con el tipo de inteligencia de Mick. A los dieciséis años les dijo que quería dejar el colegio y ellos, en lugar de insistir en que siguiera adelante hasta su graduación, le metieron en un tren rumbo a Londres con una batería y le dejaron que persiguiera sus sueños.

Lo que vino después fue una serie de «oportunidades» que tal vez nunca habrían llegado si Mick se hubiese quedado en el colegio. Un día, mientras practicaba con la batería en el garaje, el vecino de Mick, un teclista llamado Peter Bardens, llamó a su puerta. Mick pensó que Bardens iba a pedirle que dejara de armar tanto ruido, pero en lugar de eso le invitó a tocar con él en un concierto que iba a dar en un club juvenil local. Esto llevó a Mick al corazón de la escena musical londinense a principios de los años sesenta. «De niño nunca me sentía realizado, pero entonces empecé a recibir señales de que estaba bien ser quien era y hacer lo que estaba haciendo.»

Su amigo Peter Green le propuso como batería sustituto de los Bluesbreakers de John Mayall, un grupo del que en diferentes momentos formaron parte Eric Clapton; Jack Bruce, de Cream, y Mick Taylor, de los Rolling Stones. Más tarde, junto con Green y otro ex alumno de los Bluesbrakers, John McVie, formó Fleetwood Mac. El resto es la historia de álbumes multiplatinos y de estadios con las entradas agotadas. Pero incluso siendo uno de los baterías más famosos del mundo, el análisis que Mick hace de su talento natural sigue llevando la marca de sus experiencias en el colegio: «Mi estilo carece de estructura matemática. Me quedaría completamente paralizado si alguien me preguntase: “¿Sabes lo que es un compás 4/8?”. Los músicos con los que trabajo saben que en realidad soy como un niño. Si me dicen: “Ya sabes, en el estribillo, en el segundo compás...”, yo respondo: “No lo sé”, porque no veo la diferencia entre un estribillo y una estrofa. Los reconoceré si tocas la canción porque entonces podré escuchar la letra».

Para Mick Fleetwood, alejarse del colegio y de los exámenes, que solo juzgaban una variedad muy limitada de tipos de inteligencia, fue el camino hacia el éxito. «Mis padres vieron que sin duda la luz que iluminaba a esta pequeña y divertida criatura no eran los estudios.» Esto sucedió porque entendió de forma innata que tenía grandes aptitudes para algo que la nota de un examen nunca habría reflejado. Ocurrió porque eligió no aceptar que era «inútil según la norma».

Darlo todo por hecho

Uno de los principios clave del Elemento es que tenemos que cuestionar aquello que damos por sentado acerca de nuestras habilidades y de las habilidades de otra gente. No es tan fácil como parece. Parte del problema a la hora de identificar las cosas que damos por sentado es que no sabemos cuáles son, precisamente porque las damos por hecho. Se convierten en suposiciones que no cuestionamos, en parte del tejido de nuestro razonamiento. No las cuestionamos porque las vemos como fundamentales, como parte integral de nuestra vida. Como el aire. Como la gravedad. Como la televisiva Oprah

Winfrey.

Un buen ejemplo de algo que mucha gente da por sentado sin darse cuenta es el número de sentidos que tenemos. A veces, cuando hablo en público, propongo a la audiencia un sencillo ejercicio para ilustrar este punto. Les pregunto cuántos sentidos creen que tienen. La mayoría de la gente contestará que cinco: gusto, tacto, olfato, vista y oído. Algunos dirán que hay un sexto sentido: la intuición. Es raro que alguien proponga alguno más.

Sin embargo, hay una gran diferencia entre los primeros cinco sentidos y el último. Los primeros están relacionados con un determinado órgano: la nariz con el olfato, los ojos con la vista, las orejas con el oído, etc. Si uno de esos órganos sufre algún tipo de lesión, ese sentido quedará deteriorado. No está claro qué hace la intuición. Es un tipo de sentido alucinante que al parecer está más presente en las mujeres. Así, la mayoría de la gente con la que he hablado a lo largo de los años presupone que tenemos cinco sentidos «fuertes» y uno «alucinante».

La antropóloga Kathryn Linn Geurts explica en un libro fascinante, titulado Culture and the Senses, su trabajo con el pueblo Anlo-Ewe del sudeste de Ghana. Debo decir que siento cierta debilidad por los grupos étnicos marginados de la actualidad. Parece como si los antropólogos siempre estuviesen acechándolos, como si su unidad familiar media comprendiera tres hijos y un antropólogo que se sienta con ellos y les pregunta qué están desayunando. Aun así, el estudio de Geurts fue revelador.

Una de las cosas que aprendió sobre los Anlo-Ewe es que no piensan acerca de los sentidos como lo hacemos nosotros. En primer lugar, nunca se les había ocurrido contarlos. El concepto en sí mismo les parecía irrelevante. Además, cuando Geurts enumeró los cinco sentidos que nosotros damos por seguros, ellos le preguntaron acerca del otro. El principal. No se referían a un sentido «alucinante». Ni a un sentido secundario que hubiera sobrevivido entre los Anlo-Ewe pero que nosotros hubiésemos perdido. Se referían a un sentido que todos tenemos y que es fundamental para desenvolvernos en el mundo: el sentido del equilibrio.

Los fluidos y los huesos de nuestro oído interno median en el sentido del equilibrio. Basta que pienses en el impacto que tu vida sufriría si tu sentido del equilibrio se dañara —debido a una enfermedad o al alcohol— para que te hagas una idea de lo importante que es en nuestra existencia diaria. A pesar de todo, casi nadie lo incluye en la lista de los sentidos. No es que la mayoría carezca del sentido del equilibrio, sino que se ha acostumbrado tanto a la idea de que tenemos cinco sentidos (y puede que uno alucinante) que ha dejado de pensar en ello. Se ha convertido en una cuestión de sentido común. Simplemente se da por sentado.

Uno de los enemigos de la creatividad y la innovación, en particular en relación con nuestro propio crecimiento, es el sentido común. El dramaturgo Bertolt Brecht dijo que cuando algo nos parece lo más evidente del mundo no hacemos ningún esfuerzo por entenderlo.

Si no supusiste de inmediato que el otro sentido era el del equilibrio, no te lleves un mal rato. El hecho es que la mayoría de la gente con la que hablo tampoco lo adivina. Aun así, este sentido es, como mínimo, tan importante como los cinco que damos por sabidos. Y no es el único que olvidamos tomar en consideración.

Los psicólogos están en buena parte de acuerdo con que además de los cinco sentidos que todos conocemos hay cuatro más. El primero es nuestro sentido de la temperatura (termocepción). Se trata de un sentido diferente al del tacto. No necesitamos tocar algo para sentir frío o calor. Este sentido es fundamental, pues los seres humanos solo podemos sobrevivir dentro de una banda de temperatura relativamente estrecha. Esta es una de las razones por la que llevamos ropa. Una de ellas.

Otro es el sentido del dolor (nocicepción). En general, hoy día los científicos están de acuerdo con que se trata de un sistema sensorial diferente al del tacto o al de la temperatura. También parece haber sistemas separados que registran si el dolor se origina en el interior o en el exterior de nuestro cuerpo. El siguiente es el sentido vestibular (equilibriocepción), que incluye nuestro sentido del equilibrio y la aceleración. Y por último está el sentido kinestésico (propriocepción), que nos proporciona información acerca de dónde están nuestras extremidades y el resto de nuestro cuerpo en el espacio y en relación con los demás. Este sentido es fundamental para levantarnos, caminar y regresar de nuevo al punto inicial. El sentido de la intuición no parece dar la talla para la mayoría de los psicólogos. Volveré a ello más tarde.

Todos ellos contribuyen a la sensación que tenemos de formar parte del mundo y a nuestra habilidad para desenvolvernos en él. Incluso en determinadas personas hay ciertas variaciones anómalas: algunas experimentan un fenómeno conocido como sinestesia, en el que sus sentidos parecen entremezclarse o superponerse; puede que vean sonidos y escuchen colores. Se trata de anomalías que parecen poner en cuestión aún más la concepción ordinaria que tenemos de los cinco sentidos. Pero ilustran lo profundamente que nuestros sentidos, por muchos que tengamos y sin importar cómo funcionan, afectan a nuestra comprensión del mundo y de nosotros mismos. No obstante, muchos de nosotros no los conocemos o nunca hemos pensado en ellos.

No todos damos por hecho nuestro sentido del equilibrio o cualquier otro sentido. Pensemos, por ejemplo, en Bart. Cuando era un bebé, en Morton Grove, Illinois, Bart no era especialmente activo. Pero aproximadamente a los seis años comenzó a hacer algo fuera de lo común: podía caminar sobre las manos casi tan bien como con los pies. No era una habilidad lo que se dice elegante, pero le procuró muchas sonrisas, carcajadas y aprobación por parte de su familia. Siempre que iban visitas a su casa, y en las fiestas familiares, la gente incitaba a Bart para que realizara su peculiar ejercicio. Sin que se lo pidieran dos veces —al fin y al cabo disfrutaba tanto haciéndolo como de la atención que le prestaban— se echaba sobre las manos, lanzaba las piernas al aire y se balanceaba con orgullo de un sitio a otro cabeza abajo. Más adelante, llegó a entrenarse para conseguir subir y bajar escaleras sobre las manos.

Claro, que esto no tenía demasiada aplicación práctica. Después de todo, la habilidad para caminar sobre las manos no le ayudaría a sacar mejores notas en los exámenes ni era algo que pudiese comercializar de alguna forma. Sin embargo, hizo maravillas en cuanto a su popularidad: es divertido estar cerca de una persona que puede subir escaleras cabeza abajo.

Un día, cuando Bart tenía diez años, su profesor de educación física de primaria le llevó, contando con la aprobación de su madre, a un gimnasio. Cuando Bart entró y vio lo que allí había, puso unos ojos como platos. Nunca había visto nada tan maravilloso. Había cuerdas, barras paralelas, trapecios, escaleras, trampolines, vallas: todo tipo de cosas sobre las que poder subirse, hacer cabriolas y columpiarse. Era como visitar el taller de Santa Claus y Disneyland al mismo tiempo. También era el lugar ideal para él. En aquel momento su vida dio un giro de ciento ochenta grados. De repente, sus habilidades innatas servían para algo más que divertirse y entretener a los demás.

Ocho años más tarde, tras incontables horas de saltar, estirarse y elevarse, Bart Conner pisó la colchoneta del pabellón de gimnasia de los Juegos Olímpicos de Montreal para representar a Estados Unidos. Siguió adelante hasta convertirse en el gimnasta estadounidense más condecorado de todos los tiempos y el primero en ganar medallas en todos los niveles de las competiciones nacionales e internacionales. Ha sido campeón de Estados Unidos, campeón nacional universitario, campeón de los Juegos Panamericanos, campeón mundial, ganador de la Copa del Mundo y campeón olímpico. Fue miembro de los equipos olímpicos de 1976, 1980 y 1984. En una actuación legendaria en los Juegos de Los Ángeles de 1984, Bart reapareció después de una lesión de rotura de bíceps y acabó ganando dos medallas de oro. En 1991 fue admitido en el Salón de la Fama del deporte olímpico estadounidense, y en 1996 en el Salón de la Fama de la gimnasia internacional.

En la actualidad, Conner contribuye a que otras personas desarrollen su pasión por la gimnasia. Junto a su mujer, la campeona olímpica Nadia Comaneci, es dueño de una boyante escuela de gimnasia. También poseen la revista International Gymnast y una productora de televisión.

Gimnastas como Bart Conner y Nadia Comaneci tienen una profunda percepción de las posibilidades de su cuerpo; sus logros demuestran cuán limitadas son nuestras ideas comunes acerca de la habilidad humana. Si observas a atletas, bailarines, músicos y otros artistas en plena actuación, verás que mientras trabajan están pensando de una manera extraordinaria. Cuando practican, todo su cuerpo desarrolla y memoriza los movimientos a los que están dando forma. Durante el proceso, confían en lo que algunas personas llaman el «músculo de la memoria». Por lo general, cuando actúan se mueven demasiado rápido y de manera demasiado compleja como para confiar en los usuales procesos conscientes de pensamiento y toma de decisiones. Sus movimientos se basan en las profundas reservas de sentimiento e intuición, de reflejo físico y coordinación que utiliza todo el cerebro y no solo las partes frontales asociadas al pensamiento racional. Si lo hicieran, sus carreras no despegarían y ellos tampoco.

De este modo, los atletas y todo tipo de intérpretes ayudan a que nos cuestionemos algo más acerca de las capacidades humanas que demasiada gente da por supuesto y que también se entienden mal: las ideas que tenemos acerca de la inteligencia.

¿Cómo eres de inteligente?

Otra cosa que hago cuando hablo a grupos de gente es pedirles que evalúen su inteligencia en una escala del uno al diez, siendo diez el máximo. Normalmente, una o dos personas se califican con un diez. Cuando estas levantan la mano, les aconsejo que se marchen a casa; tienen cosas más importantes que hacer que escucharme.

Aparte de esto, obtendré unos cuantos nueves y una gran concentración de ochos. Invariablemente, sin embargo, la mayor parte del público se califica con un siete o un seis. Las respuestas disminuyen a partir de ahí, aunque admito que nunca he terminado la encuesta. Me detengo en el dos, prefiero que cualquiera que crea tener una inteligencia de uno no tenga que pasar la vergüenza de confesarlo en público. ¿Por qué siempre obtengo una curva acampanada? Creo que se debe a que hemos llegado a dar por sentadas ciertas ideas acerca de lo que es la inteligencia.

Lo interesante es que la mayoría de la gente levanta la mano y se evalúa de acuerdo con la pregunta formulada. No parece que la pregunta les plantee ningún problema y están encantados de posicionarse en algún lugar de la escala. Solo unos pocos la han puesto en cuestión y me han preguntado qué entiendo yo por inteligencia. Creo que eso es lo que debería hacer todo el mundo. Estoy convencido de que dar por sabida la definición de inteligencia es una de las razones principales por la que muchas personas infravaloran sus verdaderas habilidades intelectuales y fracasan a la hora de encontrar su Elemento.

La opinión general dice algo así: todos nacemos con cierta cantidad fija de inteligencia. Es una particularidad, como tener los ojos verdes o azules, o tener las extremidades largas o cortas. La inteligencia se manifiesta en ciertas actividades, especialmente en las matemáticas y en la manera de utilizar las palabras. Es posible medir cuánta inteligencia tenemos mediante cuestionarios de lápiz y papel, y expresarlo con dígitos. Ya está.

Espero que, dicho de un modo tan contundente, esta descripción de la inteligencia suene tan discutible como en realidad es. Pero en esencia esta descripción aparece en gran parte de la cultura occidental y buena parte de la oriental. Se encuentra en el centro de nuestros sistemas educativos y sostiene buena parte de la multimillonaria industria que se dedica a la preparación y elaboración de exámenes y que vive de la educación pública en todas las partes del mundo. Se encuentra en el centro de la noción de habilidad académica, domina los exámenes de acceso a la universidad, sostiene la jerarquía de asignaturas en la educación y representa la base del concepto de coeficiente intelectual.

Esta manera de pensar acerca de la inteligencia tiene una larga historia en la cultura occidental y se remonta, como mínimo, a los días de los grandes filósofos griegos, Aristóteles y Platón. Su más reciente florecimiento tuvo lugar durante el gran período de adelantos intelectuales de los siglos xvii y xviii que conocemos como la Ilustración. Los filósofos y eruditos aspiraban a establecer las bases del conocimiento humano y a acabar con las supersticiones y mitologías acerca de la existencia humana que creían que habían eclipsado la mente de las generaciones anteriores.

Uno de los pilares de este nuevo movimiento era la firme convicción de la importancia de la lógica y del razonamiento crítico. Los filósofos sostenían que no debíamos aceptar como conocimiento nada que no pudiese probarse mediante el razonamiento lógico, sobre todo con palabras y pruebas matemáticas. El problema estaba en dónde empezar este proceso sin dar por sentado nada que tal vez fuese cuestionable lógicamente. La famosa deducción del filósofo René Descartes decía que la única cosa que se podía dar por segura era la propia existencia; de lo contrario, no podríamos tener estos pensamientos. Su tesis era: «Pienso, luego existo».

El otro pilar de la Ilustración era la creciente convicción de la importancia de los datos como apoyo a las ideas científicas —pruebas que podían observarse mediante los sentidos humanos— en lugar de la superstición o de las habladurías. Estos dos pilares, la razón y las pruebas, se convirtieron en la base de una revolución intelectual que transformó la perspectiva y los logros del mundo occidental. Condujo al desarrollo del método científico y a una avalancha de conocimientos profundos y de clasificación de ideas, objetos y fenómenos que han incrementado el alcance del conocimiento humano hasta las profundidades de la tierra y los extremos más alejados del universo conocido. También llevó a espectaculares avances en la tecnología práctica, los cuales dieron lugar a la Revolución Industrial y al dominio supremo de estas formas de pensamiento en la erudición, la política, el comercio y la educación.

La influencia de la lógica y de las pruebas se extendió más allá de las ciencias «duras». Configuraron asimismo las teorías normativas de las ciencias humanas, incluidas la psicología, la sociología, la antropología y la medicina. A medida que la educación pública fue desarrollándose durante los siglos XIX y XX, se basó también en estas recientes ideas predominantes sobre el conocimiento y la inteligencia. Según se extendía la educación a toda la sociedad para cumplir con las crecientes exigencias de la Revolución Industrial, también surgió la necesidad de crear formas rápidas y fáciles de selección y valoración. La nueva ciencia de la psicología estaba disponible, con nuevas teorías acerca de cómo se podía examinar y medir la inteligencia. En la mayoría de los casos, se definió la inteligencia desde el punto de vista del razonamiento verbal y matemático. Estos procesos también se utilizaron para cuantificar los resultados. La idea más significativa en medio de todo esto fue la del coeficiente intelectual (ci).

Así es como acabamos pensando en la verdadera inteligencia en términos propios del análisis lógico: creyendo que las formas racionalistas de pensamiento eran superiores a los sentimientos y a la emoción, y que las ideas que en realidad cuentan son las que pueden comunicarse con palabras o mediante expresiones matemáticas. Además, creímos que podíamos cuantificar la inteligencia y confiar en los tests del coeficiente intelectual o en pruebas estandarizadas, como el sat,* para

identificar quién es verdaderamente inteligente y digno de un trato destacado.

Irónicamente, Alfred Binet, uno de los creadores del test del coeficiente intelectual, pretendía que el test sirviera precisamente para todo lo contrario. De hecho, en un principio lo diseñó (por encargo del gobierno francés) para identificar a niños con necesidades especiales, para que pudiesen recibir una educación adecuada. No lo proyectó para identificar grados de inteligencia o «valores mentales». De hecho, Binet afirmó que la escala que había creado «no permitía la medición de la inteligencia porque las características intelectuales no son idénticas y por consiguiente no pueden medirse tal como se mide una superficie».

Tampoco pretendió insinuar que una persona no podía llegar a ser más inteligente con el paso del tiempo. «Algunos pensadores recientes —dijo— [han afirmado] que la inteligencia que tiene cada persona es una cantidad fija, una cantidad que no puede aumentar. Debemos protestar y reaccionar contra este brutal pesimismo; debemos intentar demostrar que no se fundamenta en nada.»

Aun así, los pedagogos estadounidenses y los psicólogos llevaron los resultados de los tests del coeficiente intelectual —y continúan llevándolos— a un extremo absurdo. En 1916, Lewis Terman, de la Universidad de Stanford, publicó una revisión del test del coeficiente intelectual de Binet. Conocido como el Test Stanford-Binet, hoy día en su quinta versión, es la base de los tests del coeficiente intelectual modernos. Sin embargo, es interesante resaltar que Terman tenía una visión tristemente radical de las capacidades humanas. Estas son sus palabras, del libro The Measurement of Intelligence:* «Entre los hombres de la clase trabajadora y las criadas, hay miles de ellos que son débiles mentales. Son los siervos que “cortan la leña y sacan el agua para la casa” (Josué, 9,23). Con todo, en lo concerniente a la inteligencia, los tests han dicho la verdad... Por mucha instrucción escolar que reciban, nunca se convertirán en votantes inteligentes ni cualificados, en el verdadero sentido de la palabra».

Terman tuvo un papel activo en una de las etapas más oscuras de la educación estadounidense y del orden público; tal vez no hayas oído hablar de ello porque la mayoría de los historiadores prefieren no mencionarlo, como tampoco hablarían de una tía loca o de un desafortunado incidente relacionado con la bebida en sus años universitarios. El movimiento eugenésico buscó descalificar a sectores enteros de la población sosteniendo que rasgos como la criminalidad y la pobreza eran hereditarios, y que era posible identificarlos mediante pruebas de inteligencia. Quizá la afirmación más horrible del movimiento era la idea de que todos los grupos étnicos, incluidos los europeos del sur, los judíos, los africanos y los latinos, entraban en estas categorías. Terman escribió:
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