Descubrir tu pasión lo cambia todo






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tdah) y le recetarían Ritalin o algo parecido. Pero en los años treinta todavía no se había diagnosticado el tdah. Esa enfermedad no se conocía y las personas que la padecían no sabían, por tanto, que estaban enfermas.

Los padres de Gillian recibieron la carta del colegio con gran preocupación y se pusieron en marcha. La madre de Gillian le puso su mejor vestido y sus mejores zapatos, le hizo dos coletas y, temiendo lo peor, la llevó al psicólogo para que la evaluara.

Aún hoy Gillian recuerda que la hicieron pasar a una amplia habitación con estanterías de madera de roble llenas de libros encuadernados en piel. De pie, junto a un gran escritorio, se encontraba un hombre imponente que llevaba una chaqueta de tweed. Llevó a Gillian hasta el otro extremo de la habitación y le pidió que se sentara en un enorme sofá de piel. Los pies de Gillian apenas tocaban el suelo; estaba tensa. Nerviosa por la impresión que pudiera causar, se sentó sobre las manos para dejar de moverlas.

El psicólogo regresó a su escritorio y durante los siguientes veinte minutos le preguntó a la madre de Gillian acerca de los contratiempos en el colegio y los problemas que decían que estaba causando. Aunque no dirigió ninguna de estas preguntas a Gillian, no dejó de observarla con atención en todo momento. Esto hizo que Gillian se sintiera incómoda y confusa. Incluso a tan tierna edad supo que ese hombre desempeñaría un papel importante en su vida. Sabía lo que significaba ir a una «escuela especial» y no quería saber nada de ellas. Creía sinceramente que no tenía ningún problema, pero al parecer todo el mundo opinaba lo contrario. Y viendo cómo su madre contestaba a las preguntas, era posible que incluso ella lo creyera.

«Puede que tengan razón», pensó Gillian.

Finalmente, la madre de Gillian y el psicólogo dejaron de hablar. El hombre se levantó del escritorio, caminó hacia el sofá y se sentó al lado de la pequeña.

Gillian, has tenido mucha paciencia y te doy las gracias por ello —dijo—, pero me temo que tendrás que seguir teniendo paciencia durante un ratito más. Ahora necesito hablar con tu madre en

privado. Vamos a salir fuera unos minutos. No te preocupes, no tardaremos.

Gillian asintió, intranquila, y los dos adultos la dejaron allí sentada, sola. Pero antes de marcharse de la habitación, el psicólogo se reclinó sobre el escritorio y encendió la radio.

En cuanto salieron y llegaron al pasillo, el doctor le dijo a la madre de Gillian:

—Quédese aquí un momento y observe lo que hace.

Se quedaron de pie al lado de una ventana de la habitación que daba al pasillo, desde donde Gillian no podía verles. Casi de inmediato, Gillian se levantó y comenzó a moverse por toda la estancia siguiendo el ritmo de la música. Los dos adultos la observaron en silencio durante unos minutos, deslumbrados por la gracia de la niña. Cualquiera se habría dado cuenta de que había algo natural — incluso primigenio— en los movimientos de Gillian. Y cualquiera se habría percatado de la expresión de absoluto placer de su cara.

Por fin, el psicólogo se volvió hacia la madre de Gillian y dijo:

—Señora Lynne, Gillian no está enferma. Es bailarina. Llévela a una escuela de danza.

Le pregunté a Gillian qué pasó a continuación. Me explicó que su madre hizo lo que le habían recomendado. «Me resulta imposible expresar lo maravilloso que fue —me contó—. Entré en esa habitación llena de gente como yo. Personas que no podían permanecer sentadas sin moverse. Personas que tenían que moverse para poder pensar.»

Iba a la escuela de danza una vez por semana y practicaba todos los días en casa. Con el tiempo, hizo una prueba para el Royal Ballet School de Londres y la aceptaron. Siguió adelante hasta ingresar en la Royal Ballet Company, donde llegó a ser solista y actuó por todo el mundo. Cuando esta parte de su carrera terminó, Gillian formó su propia compañía de teatro musical y produjo una serie de espectáculos en Londres y en Nueva York que tuvieron mucho éxito. Con el tiempo, conoció a Andrew Lloyd Webber y crearon juntos algunas de las más célebres producciones musicales para teatro de todos los tiempos, entre ellas Cats y El fantasma de la ópera.

La pequeña Gillian, la niña cuyo futuro estaba en peligro, llegó a ser conocida en todo el mundo como Gillian Lynne, una de las coreógrafas de mayor éxito de nuestro tiempo, alguien que ha hecho disfrutar a millones de personas y que ha ganado millones de dólares. Y eso ocurrió porque hubo una persona que la miró profundamente a los ojos: alguien que ya había visto antes a niños como ella y que sabía interpretar los síntomas. Cualquier otra persona le habría recetado un medicamento y le habría dicho que tenía que calmarse. Pero Gillian no era una niña problemática. No necesitaba acudir a ninguna escuela especial.

Solo necesitaba ser quien era realmente.

A diferencia de Gillian, a Matt siempre le fue bien en el colegio: sacaba unas notas aceptables y aprobaba todos los exámenes importantes. Sin embargo, se aburría mortalmente. Para distraerse, comenzó a dibujar durante las clases. «Me pasaba el tiempo dibujando —me contó—, y acabé siendo tan bueno que podía hacerlo sin mirar el papel; así la maestra pensaba que estaba prestando atención.» La clase de arte le brindó la oportunidad de desarrollar su pasión sin miedos. «Estábamos pintando en libros de colorear y pensé: “Nunca consigo pintar sin salirme de la línea. ¡Bueno, no me importa!”.» Esto cambió cuando empezó la escuela secundaria. «En la clase de arte los niños se quedaban sentados sin hacer nada, el profesor se aburría y nadie utilizaba los materiales de dibujo. Así que hacía tantos como podía: treinta en una sola clase. Observaba cada dibujo una vez terminado para ver a qué se parecía, y entonces le ponía título. Delfín con algas, ¡muy bien! ¡El siguiente! Recuerdo haber hecho montones de dibujos, hasta que se dieron cuenta de que estaba gastando demasiado papel y me pidieron que lo dejara. Sentía la emoción de crear algo. A medida que mi destreza técnica mejoraba, me resultaba estimulante decir: “Vaya, esto se parece un poco a lo que tiene que parecerse”. Por entonces me di cuenta de que mi estilo no estaba progresando demasiado y empecé a concentrarme en las historietas y en los chistes. Me parecía más divertido.»

Matt Groening, conocido en todo el mundo por ser el creador de Los Simpsons, encontró su verdadera inspiración en la obra de otros artistas cuyos dibujos no tenían mucha calidad técnica pero que sabían combinar su estilo personal con una narración ingeniosa. «Lo que me dio esperanzas fue saber que había otras personas que no sabían dibujar y que vivían de ello, como James Thurber. También John Lennon fue muy importante para mí. Sus libros, In His Own Write y A Spaniard in the Works, están llenos de dibujos horribles pero divertidos, poemas en prosa e historias locas. Pasé por una etapa en la que intenté imitar a John Lennon. Robert Crumb también me influyó muchísimo.»

Sus profesores y sus padres —incluso su padre, que era dibujante y director de cine— intentaron convencerle para que hiciera otra cosa. Le aconsejaron que fuera a la universidad y que se labrase una profesión más seria. De hecho, hasta que entró en la universidad (un centro poco convencional, sin calificaciones ni obligación de asistir a clase), solo un profesor le había motivado. «Mi profesora de primero guardó algunos de los dibujos que hice en clase. Los conservó durante años. Aquello me emocionó pues por allí pasaban cientos de chavales. Se llama Elizabeth Hoover. Puse su nombre a uno de los personajes de Los Simpsons.»

La desaprobación de quienes encarnaban la autoridad no lo desanimó porque en su interior Matt sabía qué era lo que en realidad le motivaba.

«De niño, cuando jugábamos a inventar historias utilizando pequeñas figuritas (dinosaurios y cosas por el estilo) ya sabía que pasaría el resto de mi vida haciendo aquello. Veía a los adultos dirigirse hacia los edificios de oficinas con sus maletines en la mano y pensaba que yo no podría hacerlo, que lo que yo quería hacer era aquello. Estaba rodeado de otros chavales que pensaban igual que yo, pero poco a poco cada uno se fue por su lado y se volvieron más serios. Para mí todo consistía en jugar y en contar historias.

»Conocía las etapas por las que se suponía que tenía que pasar: ir a la escuela secundaria, ir a la universidad, licenciarme y luego salir al mundo y conseguir trabajo. Sabía que en mi caso no iba a ser así, que no iba a salir bien. Sabía que yo me pasaría la vida dibujando.

»En el colegio hice amigos que tenían los mismos intereses que yo. Salíamos juntos, dibujábamos cómics y luego los llevábamos al colegio para enseñárnoslos. A medida que fuimos creciendo y nos volvimos más ambiciosos, comenzamos a hacer películas. Era estupendo. En parte, esta actividad nos permitía olvidarnos de nuestra timidez. En lugar de pasarnos el fin de semana en casa, salíamos y hacíamos películas. En lugar de ir los viernes por la noche a ver el partido de fútbol, íbamos a la universidad local y veíamos películas underground.

»Decidí que intentaría vivir de mi ingenio. Y debo decir que no pensé que fuera a salir bien. Creía que acabaría teniendo un trabajo de mala muerte y haciendo algo que odiaría. Me veía trabajando en un almacén de neumáticos. No tengo ni idea de por qué. Pensaba que me pasaría el día haciendo rodar neumáticos y que dibujaría cómics durante el descanso.»

Las cosas acabaron siendo bastante diferentes. Matt se trasladó a Los Ángeles. Con el tiempo consiguió publicar su tira cómica Life in Hell en L.A. Weekly, y comenzó a hacerse un nombre. Esto desembocó en una proposición de la Fox: crear pequeños segmentos animados para The Tracey Ullman Show. Mientras negociaba con la cadena televisiva creó Los Simpsons; antes de la reunión no tenía ni la más remota idea de lo que iba a hacer. El espacio televisivo evolucionó hasta convertirse en un programa de media hora que lleva diecinueve años emitiéndose en la Fox todos los domingos por la noche. Además, ha dado lugar a películas, cómics, juguetes e innumerables derivados. En otras palabras, en un imperio de la cultura pop.

No obstante, nada de esto habría ocurrido si Matt Groening hubiera seguido los consejos de aquellos que le decían que tenía que dedicarse a una carrera «de verdad».

No a todas las personas que han tenido éxito les desagradaba el colegio ni les fue mal en los estudios. Paul era un estudiante de secundaria que sacaba muy buenas notas cuando entró por primera vez en la sala de conferencias de la Universidad de Chicago. No sabía que esta universidad era una de las principales instituciones del mundo en el estudio de las ciencias económicas. Lo único que le importaba era que estaba cerca de su casa. Minutos más tarde, había «vuelto a nacer», tal como escribió en un artículo. «La conferencia de ese día se centraba en la teoría de Malthus según la cual la población crecía de forma geométrica, mientras que los recursos lo hacían de forma aritmética, lo que provocaría crisis de subsistencia y el manteniento de los salarios en un nivel próximo a esta. Entender aquella simple ecuación diferencial era tan fácil que supuse (erróneamente) que me estaba perdiendo algo misteriosamente complejo.»

La vida como economista del doctor Paul Samuelson comenzó en ese momento. Se trata de una vida que él describe como «pura diversión»: fue profesor en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (mit), presidente de la International Economic Association, ha escrito varias obras (incluido el libro sobre economía más vendido de todos los tiempos) y cientos de artículos, ha tenido una influencia significativa en política, y en 1970 se convirtió en el primer estadounidense que ganó el premio Nobel de Economía.

«Cuando era joven se me daban bien los problemas de lógica y la solución de los acertijos de los tests de coeficiente intelectual. Así que si la economía estaba hecha para mí, también puede decirse que yo estaba hecho para la economía. No hay que subestimar la importancia vital de encontrar pronto el trabajo al que quieres dedicarte. Esto hace posible que los alumnos que no rindan al nivel exigido puedan convertirse en guerreros felices.»

Tres historias, un mensaje

Gillian Lynne, Matt Groening y Paul Samuelson son tres personas distintas con historias diferentes. Lo que los une es un mensaje sin lugar a dudas convincente: los tres alcanzaron el éxito y la satisfacción personal tras descubrir aquello que, de forma natural, se les da bien y les entusiasma. Llamo a las historias como las suyas «historias epifánicas» porque tienden a implicar cierto grado de revelación, un punto de inflexión entre un antes y un después. Estas epifanías cambiaron completamente sus vidas, les marcaron una dirección y un objetivo, y los transformaron como nada lo había hecho antes.

Tanto ellos como las otras personas que conocerás en este libro han encontrado su lugar. Han descubierto su Elemento: allí donde confluyen las cosas que te encanta hacer y las que se te dan bien. El Elemento es una manera diferente de delimitar nuestro potencial. Se manifiesta de distinta forma en cada persona, pero los componentes del Elemento son universales.

Lynne, Groening y Samuelson han conseguido muchas cosas en su vida. Pero no son los únicos capaces de lograrlo. Lo que los hace especiales es que han descubierto lo que les encanta hacer y están haciéndolo. Han encontrado su Elemento. Según mi propia experiencia, la mayoría de las personas no lo han descubierto.

Encontrar el Elemento es imprescindible para el bienestar y el éxito a largo plazo y, por consiguiente, para la solidez de nuestras instituciones y la efectividad de nuestros sistemas educativos.

Creo firmemente que cuando alguien encuentra su Elemento, adquiere el potencial para alcanzar mayores logros y satisfacciones. Con ello no quiero decir que haya una bailarina, un dibujante de cómics o un premio Nobel de Economía en cada uno de nosotros. Lo que digo es que todos tenemos habilidades e inclinaciones que pueden servirnos de estímulo para alcanzar mucho más de lo que imaginamos. Entender esto lo cambia todo. También nos ofrece la mejor, y quizá única, posibilidad de conseguir el auténtico y perdurable éxito en un futuro muy incierto.

Estar en nuestro Elemento depende de que descubramos cuáles son nuestras habilidades y pasiones personales. ¿Por qué la mayoría de las personas no lo han hecho? Una de las razones más importantes es que la mayoría de la gente tiene una percepción muy limitada de sus propias capacidades naturales. Esto es así en varios sentidos.

La primera limitación está en nuestra comprensión del alcance de nuestras posibilidades. Todos nacemos con una capacidad extraordinaria para la imaginación, la inteligencia, las emociones, la intuición, la espiritualidad y con conciencia física y sensorial. En la mayoría de los casos solo utilizamos una mínima parte de estas facultades, y algunas personas no las aprovechan en absoluto. Hay mucha gente que no ha descubierto su Elemento porque no conoce sus propias capacidades.

La segunda limitación está en nuestra comprensión de cómo todas estas capacidades se relacionan entre sí de forma integral. Por lo general, creemos que nuestra mente, nuestro cuerpo y los sentimientos y las relaciones con los demás funcionan de manera independiente, como sistemas separados. Muchas personas no han encontrado su Elemento porque no han entendido su carácter orgánico.

La tercera limitación está en nuestra escasa comprensión del potencial que tenemos para crecer y cambiar. Generalmente, la gente parece creer que la vida es lineal, que nuestras capacidades menguan a medida que nos hacemos mayores y que las oportunidades que desaprovechamos las perdimos para siempre. Muchas personas no han encontrado su Elemento porque no comprenden su permanente potencial para renovarse.

Nuestros coetáneos, nuestra cultura y las expectativas que tenemos de nosotros mismos pueden agravar esta visión limitada de nuestras capacidades. Sin embargo, uno de los factores más importantes para todo el mundo es la educación.

No todos estamos cortados por el mismo patrón

A algunas de las personas más geniales y creativas que conozco no les fue bien en el colegio. Muchas de ellas no descubrieron lo que podían llegar a hacer —y quiénes eran en realidad— hasta que dejaron el colegio y superaron la educación que habían recibido.

Nací en Liverpool, Inglaterra, y en la década de los sesenta iba al Liverpool Collegiate. Al otro lado de la ciudad se encontraba el Liverpool Institute. Uno de sus alumnos era Paul McCartney.

Paul pasó la mayor parte del tiempo que estuvo en el Liverpool Institute haciendo el tonto. En lugar de estudiar cuando llegaba a casa, dedicaba la mayoría de las horas a escuchar rock y aprender a tocar la guitarra. Resultó que aquella fue una elección muy inteligente, especialmente cuando conoció a John Lennon en una fiesta del colegio, en otra parte de la ciudad. A cada uno le impresionó el otro, y con el tiempo decidieron formar un grupo musical, con George Harrison y, más tarde, Ringo Starr, llamado los Beatles. Fue una gran idea.

Hacia mediados de los ochenta, tanto el Liverpool Collegiate como el Liverpool Institute habían cerrado. Los edificios seguían ahí, pero vacíos y abandonados. Desde entonces, ambos han vuelto a cobrar vida de maneras muy diferentes. Los promotores inmobiliarios convirtieron mi vieja escuela en apartamentos de lujo; un gran cambio, ya que el Collegiate no tenía nada de lujoso cuando yo estudiaba ahí. El Liverpool Institute se ha convertido en el Liverpool Institute for Performing Arts (
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