Descubrir tu pasión lo cambia todo






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MENTOR/National Mentoring Partnership y la Corporation for National and Community Service. Los patrocinadores de la campaña (con siete años de antigüedad en enero de 2009) incluyen a muchas grandes empresas. Además, numerosos medios de comunicación hacen las veces de socios de diferentes formas, desde ofreciendo cientos de millones de dólares en anuncios gratuitos hasta incorporar historias sobre tutelas entre los temas principales de los programas de televisión.

Public/Private Ventures, una organización nacional benéfica, se centró en perfeccionar «la eficacia de las políticas sociales, de los programas y de las iniciativas de la comunidad, especialmente aquellas que afectan a los jóvenes», realizaron un importante estudio de impacto sobre la tutela comenzado en 2004. Emparejando al azar a 1.100 estudiantes, de cuarto a noveno curso, en más de setenta colegios de todo el país con voluntarios de Big Brothers and Big Sisters de Estados Unidos, llegaron a una conclusión esperanzadora sobre el valor de tutelar. Los estudiantes que tuvieron un consejero mejoraron su rendimiento académico en conjunto, la calidad de su trabajo en clase y la entrega de los deberes. Asimismo, se metieron en menos problemas en el colegio y faltaron menos a clase.

Me gustó ver estos resultados, pero no me sorprendieron en absoluto. Es probable que a muchos de estos chavales les fuese mejor en el colegio simplemente porque apreciaban que alguien se interesase por ellos. Esta es una cuestión fundamental y volveré a ella cuando considere el asunto y los desafíos de la educación. Como mínimo, una buena tutela eleva la autoestima y la motivación. Pero un mentor tiene un papel fundamental cuando implica la dirección o inspiración en la búsqueda del Elemento. Lo que el psicólogo vio en Gillian Lynne y lo que Wiley Pittman vio en Ray Charles fue la oportunidad de orientar a alguien hacia la realización de sus sueños. Lo que Howard Zinn vio en Marian Wright Edelman, y Ben Graham en Warren Buffett, fue un talento excepcional que si se fomentaba podía convertirse en algo extraordinario. Cuando los mentores cumplen esta función —ya sea encendiendo la luz a un mundo nuevo o avivando las llamas del interés en una auténtica pasión— realizan un trabajo sublime.

El papel de los mentores

Los mentores conectan con nosotros y nos acompañan de múltiples formas y durante diversos períodos. Algunos están con nosotros durante décadas cumpliendo un papel que puede evolucionar; tal vez comenzó siendo una relación de profesor-alumno y acabó en una estrecha amistad. Otros entran en nuestra vida en un momento crucial, se quedan con nosotros el tiempo necesario para impulsar un cambio trascendental y siguen adelante. No obstante, los mentores suelen desempeñar alguno de los cuatro papeles siguientes, si no todos.

El primero es el reconocimiento. Charles Strafford cumplió esta función en mi vida al identificar aptitudes en las que mis profesores no se habían fijado. Uno de los principios fundamentales del Elemento es la tremenda diversidad de nuestros talentos y aptitudes individuales. Tal como hemos visto antes, el objetivo de algunos tests es ofrecer a las personas una indicación general de sus puntos fuertes y débiles a partir de una serie de preguntas estándares. Pero las sutilezas y los matices de las aptitudes y talentos individuales son más complejos que lo que puede llegar a detectar cualquier test.

Algunas personas tienen aptitudes generales para la música, para la danza o para la ciencia, pero lo más frecuente es que sus aptitudes sean mucho más específicas dentro de una disciplina determinada. Una persona puede tener una habilidad especial para un particular estilo de música o para un determinado instrumento: la guitarra y no el violín; la guitarra acústica y no la guitarra eléctrica. No conozco ningún test ni programa de ordenador que lleve a cabo estas sutiles distinciones personales que marcan la diferencia entre un interés y una pasión potencial. Eso puede hacerlo un mentor que ya haya encontrado el Elemento en una disciplina en particular. Los mentores reconocen la chispa de interés o la fascinación, y pueden ayudar a un individuo a ejercitar los componentes específicos de la disciplina que concuerde con la capacidad y la pasión de esa persona.

Lou Aronica, coautor de este libro, pasó los primeros veinte años de su vida profesional trabajando en el mundo editorial. Su primer trabajo cuando acabó la universidad fue para Bantam Books, una de las editoriales punteras de Nueva York. Al poco tiempo se fijó en un hombre marchito como un gnomo que deambulaba por las salas. No parecía que tuviese ningún trabajo en particular, pero todo el mundo le prestaba mucha atención. Al final, Lou preguntó acerca del hombre y supo que se trataba de Ian Ballantine: no solo había fundado Bantam Books y, más tarde, Ballantine Books, sino que había introducido los libros de bolsillo en Estados Unidos en la década de los cuarenta. A lo largo de los dos años siguientes, cuando Lou se cruzaba con Ballantine en el vestíbulo, inclinaba cortésmente la cabeza; se sentía un poco intimidado en presencia de un hombre que era una leyenda en la profesión que había escogido.

Por aquella época, Lou consiguió su primer trabajo «de verdad» en Bantam, un puesto en el departamento editorial: debía organizar un programa que conjuntase la ciencia ficción y la literatura fantástica. Un día, poco después, Lou estaba sentado a su mesa cuando Ian Ballantine entró pausadamente en su despacho y se sentó. Aquello ya fue suficiente sorpresa para Lou. Sin embargo, los minutos siguientes le dejaron atónito. «Ian tenía una forma de hablar peculiar —me contó Lou—. Tenías la sensación de que cada reflexión era una perla, pero su lenguaje era tan indirecto que parecía que la perla seguía dentro de la ostra.» Sin embargo, lo que quedó claro mientras Ballentine hablaba fue que —para sorpresa de Lou— la leyenda del mundo editorial quería meter a Lou bajo su ala. «En realidad nunca dijo: “Oye, seré tu mentor”. Ian no hacía afirmaciones de ese estilo. Pero apuntó que le gustaría pasar por allí de vez en cuando, y yo le dejé bien claro que podía hacerlo siempre que quisiese, y que estaría encantado de atravesar medio mundo para encontrarme con él si no tenía ganas de venir hasta mí.»

Durante los años siguientes, Lou e Ian pasaron mucho tiempo juntos. Ballantine le explicó a Lou muchas cosas acerca de la historia y, más importante aún, de la filosofía de la industria editorial. Una de las lecciones que Ballantine le dio fue: «Haz zig cuando todo el mundo haga zag». Era su forma de decirle que a menudo el camino más rápido para alcanzar el éxito es ir a contracorriente. Este consejo tocó la fibra sensible de Lou. «Desde que empecé en el negocio siempre había oído hablar de las “convenciones” del mundo editorial. Parecía que había muchas reglas sobre lo que podías y no podías hacer, lo cual no tenía demasiado sentido para mí, ya que los lectores no leen siguiendo unas normas.» Ian no creía en nada de eso, y había tenido muchísimo más éxito que las personas que peroraban sobre estas reglas. «En ese mismo instante decidí llegar a ser un editor que publicase los libros que amaba teniendo solo ligeramente en cuenta “las normas”.»

Este método le fue muy útil. Lou editó su primer libro a los veintiséis años y llegó a ser subdirector de Bantam y, más tarde, editor de Berkley Books y Avon Books, antes de fijar su atención en la escritura. Con anterioridad a que Ian Ballantine decidiera ser su mentor, Lou ya sabía que quería hacer carrera dentro del mundo editorial. Pero además de enseñarle los matices de la industria, Ballentine le ayudó a dar forma e identificar aquella parte del mundo editorial que le llevó verdaderamente a su Elemento.

El segundo papel de un mentor es el de estimular. Los mentores nos llevan a creer que podemos conseguir algo que, antes de conocerlos, a nosotros nos parecía improbable o imposible. No nos permiten sucumbir a la falta de confianza en nosotros mismos durante demasiado tiempo, ni a la idea de que nuestros sueños son inalcanzables. Están cerca para recordarnos las habilidades que poseemos y lo que podemos llegar a conseguir si continuamos trabajando duro.

Cuando Jackie Robinson llegó a Brooklyn para jugar en la Liga Mayor de béisbol con los Dodgers, experimentó, por parte de aquellos que creían que no se debía permitir a un hombre negro jugar en una liga de hombres blancos, abusos y penalidades dignos de una tragedia griega. Robinson resistió, pero llegó un momento en que las cosas se pusieron tan mal que apenas podía jugar. Las burlas y las amenazas lo ponían tan nervioso que perdía la concentración y acabó vacilando en la base del bateador y en el campo de juego. Pee Wee Reese, el jardinero central de los Dodgers, pidió tiempo muerto, se dirigió hacia Robinson y le dio ánimos diciéndole que era un gran jugador de béisbol destinado a estar en el Salón de la Fama. Años más tarde, durante la ceremonia introductoria de Robinson al Salón de la Fama, Robinson recordó ese momento: «Aquel día salvó mi vida y mi carrera —dijo Robinson desde el podio en Cooperstown—. Había perdido la confianza en mí mismo y Pee Wee me dio ánimo con sus

palabras de aliento. Me dio esperanza cuando no me quedaba ninguna».

El tercer papel de los mentores es el de facilitar. Los mentores pueden ayudarnos a dirigirnos hacia nuestro Elemento ofreciéndonos consejos y técnicas, allanándonos el camino e incluso permitiéndonos vacilar un poco; están dispuestos a ayudarnos a que nos recuperemos y aprendamos de nuestros errores.

Puede que estos mentores sean contemporáneos nuestros, como fue el caso de Paul McCartney: «Recuerdo un fin de semana en que John y yo tomamos el autobús y atravesamos la ciudad para ir a ver a alguien que sabía tocar el acorde Si7 en la guitarra. Los tres acordes básicos que tenías que conocer eran el Mi, el La y el Si7. Nosotros no sabíamos producir el Si7, pero un chaval sí sabía. Así que cogimos el autobús para ir a verle, aprendimos el acorde y volvimos a casa. A partir de entonces también nosotros pudimos tocarlo. Pero en el fondo, los amigos te enseñaban a hacer cualquier riff. Recuerdo una noche en la que estaba viendo un programa de televisión llamado ¡Oh Boy!, Cliff Richards y los Shadows tocaron “Move it”. Tenía un gran riff. Me encantó pero no sabía cómo tocarlo. Al final lo conseguí y corrí hasta la casa de John y le dije: “Lo tengo. Lo tengo”. Esta era nuestra única experiencia educativa: enseñarnos mutuamente a hacer las cosas.

»Al principio solo copiábamos e imitábamos a todo el mundo. Yo era Little Richard y Elvis. John era Jerry Lee Lewis y Chuck Berry. Yo era Phil de los Everly Brothers, y John era Don. Simplemente imitábamos a otras personas y nos enseñábamos el uno al otro. Esta fue una cuestión muy importante para nosotros cuando planeamos los principios del lipa: el hecho de que es fundamental que los estudiantes estén muy cerca de la gente que ya ha hecho o está haciendo aquello que los alumnos están aprendiendo. En verdad, no tienen que explicar un montón de cosas, tan solo mostrar lo que hacen».

El cuarto papel de los mentores es el de exigir. Los mentores eficaces nos empujan más allá de lo que nosotros consideramos que son nuestros límites. Por mucho que no nos dejen sucumbir a la falta de confianza en nosotros mismos, también nos impiden que hagamos menos de lo que podemos. Un verdadero mentor nos recuerda que nuestra meta nunca debe ser «el promedio» de nuestras ambiciones.

James Earl Jones es conocido por ser un excelente actor y una de las grandes «voces» de los medios de comunicación actuales. Aun así, si no hubiera contado con la ayuda de un mentor, la mayoría de nosotros nunca habríamos escuchado su voz. Solo podríamos imaginar cómo habría sido la voz de Darth Vader si Donald Crouch no hubiese entrado en la vida de Jones.

De niño, Jones sufría una timidez abrumadora, en gran parte porque tartamudeaba y le resultaba muy difícil hablar delante de la gente. Cuando entró en la escuela secundaria, se encontró con que Crouch —antiguo profesor de universidad que había trabajado con Robert Frost— era su profesor de inglés. Crouch descubrió que Jones escribía poesía, un hecho que este se guardaba para sí por miedo a hacer el ridículo delante de los otros chicos del colegio: «Me preguntó por qué, si amaba tanto las palabras, no podía decirlas en voz alta —explica Jones en el libro The Person Who Changed My Life: Prominent Americans Recall Their Mentors—. Un día le enseñé uno de los poemas que había escrito, y reaccionó diciéndome que era demasiado bueno para que lo hubiese escrito yo, que debía de haberlo copiado de algún sitio. Para probar que no lo había plagiado, quiso que recitara el poema de memoria delante de toda la clase. Hice lo que me pidió; logré llegar hasta el final sin tartamudear, y desde aquel momento me obligué a escribir y hablar más. Esto tuvo un fuerte impacto en mí, y la seguridad en mí mismo fue creciendo a medida que aprendía a expresarme con comodidad en voz alta.

»El último día de colegio dimos la clase fuera, en el césped, y el profesor Crouch me hizo un regalo: una copia del libro Confía en ti mismo* de Ralph Waldo Emerson. Para mí fue un regalo de un valor incalculable porque resumía lo que él me había enseñado: a confiar en mí mismo. Su influencia fue tanta que se extendió a todos los ámbitos de mi vida. Él es la razón por la que me convertí en actor».

Los mentores prestan una ayuda inestimable a la hora de contribuir a que las personas alcancen el Elemento. Decir que la única manera de alcanzar el Elemento es con la ayuda de un mentor puede que sea exagerar las cosas, pero solo ligeramente. Todos encontramos en el camino múltiples obstáculos y límites cuando buscamos lo que tenemos que hacer. Sin un guía experimentado que nos ayude a identificar nuestras pasiones, que aliente nuestros intereses, que nos allane el camino y nos dé un empujón para que saquemos el mejor partido de nuestras habilidades, el camino es exponencialmente más duro.

La tutela es, desde luego, una vía de doble sentido. Es tan importante tener un mentor en la vida como cumplir este papel con otras personas. Incluso es posible que uno descubra que su verdadero Elemento es ser mentor de otras personas.

Anthony Robbins es uno de los preparadores personales y mentores de mayor éxito del mundo; a menudo se dice de él que sentó las bases de la profesión, un sector que está creciendo de manera exponencial en todo el mundo; se ha convertido en una industria que mueve muchos millones de dólares. Todo ello habla elocuentemente del deseo de que nos tutelen y aconsejen y de las importantes funciones que estas personas pueden desempeñar en la vida de muchos de nosotros. Cada vez hay más gente que ha descubierto que ser mentor significa estar en el Elemento.

Esto fue lo que le sucedió a David Neils. Su mentor fue el señor Clawson, un vecino que se dedicaba a hacer inventos de gran éxito. De niño, Neils solía visitarle mientras Clawson trabajaba. En vez de echarlo, Clawson le pedía consejo y críticas sobre su trabajo. Esta interacción hizo crecer la autoestima de Neils: sus opiniones eran importantes. Ya adulto, Neils fundó el International Telementor Program, una organización que facilita consejos entre profesionales y estudiantes a través de medios electrónicos. Desde 1995, el programa ha ayudado a más de quince mil estudiantes de todo el mundo a recibir orientación profesional. David Neils hizo del asesoramiento el trabajo de su vida.

Más que héroes

Estoy seguro de que algunos de los mentores aquí mencionados, incluidos muchos de los Big Brothers and Big Sisters, se convirtieron en héroes para aquellas personas a las que dieron consejos. Todos tenemos nuestros héroes personales —un padre, un profesor, un entrenador, incluso un compañero de clase o de profesión— cuyas acciones idolatramos. Además, todos tenemos héroes a los que no conocemos personalmente cuyas hazañas despiertan nuestra imaginación. Consideramos un héroe a Lance Armstrong por la forma en la que venció una grave enfermedad y llegó a dominar un deporte muy duro físicamente, y a Nelson Mandela por su papel decisivo para terminar con el apartheid en Sudáfrica. Al mismo tiempo, siempre asociamos actos heroicos con determinadas personas: la victoriosa oposición de Rosa Parks contra la intolerancia, o el primer paso que Neil Armstrong dio en la Luna.

Estas personas nos inspiran y nos llevan a maravillarnos de los prodigios del potencial humano. Nos abren los ojos a nuevas posibilidades y avivan nuestras aspiraciones. Puede que incluso nos empujen a seguir su ejemplo, haciendo que pasemos a dedicarnos al servicio público, a la exploración, a romper barreras o a reducir las injusticias. De esta forma, estos héroes desempeñan una función parecida a la de los mentores.

Sin embargo, los mentores hacen algo más que los héroes en la búsqueda del Elemento. Los héroes pueden estar lejos y ser inaccesibles. Pueden vivir en otro mundo. Pueden estar muertos. Si los conocemos, es posible que nos quedemos mudos de asombro y no consigamos establecer con ellos una relación como es debido. También es posible que los héroes no sean buenos mentores para nosotros. Puede que sean competitivos o que se nieguen a tener algo que ver con nosotros. Los mentores son diferentes. Asumen un lugar personal e insustituible en nuestra vida. Los mentores nos abren puertas y se implican directamente en nuesto viaje. Nos muestran cuáles deben ser los siguientes pasos y nos proporcionan el valor para que los demos.

¿Demasiado tarde?

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S usan Jeffers es la autora del libro Aunque tenga miedo, hágalo igual,* y de muchos otros best sellers. No se dedicó en serio a escribir hasta que tuvo más de cuarenta años. Cómo lo hizo es una historia extraordinaria.

A Susan le encantaba leer cuando era niña. Para ella, el mejor momento del día era aquel en que podía acurrucarse con un libro en la quietud de su habitación. «Siempre fui curiosa, y mi padre era muy bueno a la hora de explicar las cosas. A veces profundizaba tanto en los detalles que yo acababa poniendo los ojos en blanco. Recuerdo que una vez escuché algo en la radio que no entendí. La palabra era “circuncisión”. Como era de esperar, ¡no me dio una corta explicación! Era como un profesor. Creo que se equivocó de profesión. Siempre quiso tener un hijo, así que me proponía que hiciéramos todas las cosas que habría hecho con un chico. ¡Tuve que ir a un montón de combates de lucha libre!»

Susan fue la universidad, donde conoció al que enseguida se convirtió en su primer marido. Dejó la carrera cuando se quedó embarazada del primero de sus dos hijos. Después de cuatro años en casa, decidió que tenía que volver a la universidad. Esta decisión le provocó mucha ansiedad: «Los años que había pasado en casa habían minado mi confianza y no estaba segura de poder conseguirlo». Con el tiempo se hizo a la vida universitaria y llegó a licenciarse summa cum laude. Cuando se enteró de este honor, comenzó a llamar a todos sus conocidos: «Al final dejé el teléfono y me puse a llorar. Me di cuenta de que la única persona con la que quería hablar era con mi padre, que había muerto unos años antes. Habría estado tan orgulloso...».

Con el estímulo de uno de sus profesores, Susan se matriculó en un curso de posgrado y por último se doctoró en psicología. Luego, en un giro inesperado en el curso de los acontecimientos, le pidieron que fuera directora ejecutiva del Floating Hospital en Nueva York. Al principio tuvo dudas; era un trabajo muy importante y no sabía si sería capaz de asumirlo. Pero al final aceptó.

Por entonces tenía problemas en su matrimonio y solicitó el divorcio. Fue una época difícil para Susan: «Ni siquiera me ayudó tener un doctorado en psicología. Aunque mi trabajo era mucho más gratificante de lo que hubiera soñado nunca, me sentía muy desdichada. Pronto me cansé de sentir lástima de mí misma y supe que tenía que encontrar una nueva forma de “estar” en el mundo. Y así comenzó mi viaje espiritual».

Durante los diez años en los que dirigió el Floating Hospital, Susan se convirtió en lo que ella llama «adicta a los talleres». En su tiempo libre, estudió filosofías orientales y asistió a toda clase de talleres de crecimiento personal y New Age. «Descubrí que la causa de mi “mentalidad victimista” y de mi actitud negativa era el miedo. Me impedía responsabilizarme de mi experiencia vital. También me impedía ser una persona verdaderamente afectuosa. Poco a poco aprendí a abrirme camino a través del miedo y me desplacé desde la parte más débil de mí hasta la más fuerte. Al final sentí una sensación de poder como nunca antes había sentido.»

Un día, sentada a su escritorio, le vino a la mente la idea de pasar por la New School for Social Research, donde nunca había estado. Como estaba aprendiendo a confiar en su intuición, decidió que

pasaría por allí a echar un vistazo: «Pensé que tal vez tendrían algún taller que me iría bien hacer. Cuando llegué, miré el directorio y me fijé en el Departamento de Recursos Humanos, que parecía adecuado a mis intereses. Me dirigí hacia sus oficinas. En recepción no había nadie. Entonces oí que una mujer del despacho que tenía a mi derecha decía: “¿Puedo ayudarte en algo?”. Entré y de repente dije: “Estoy aquí para impartir un curso acerca del miedo”. ¡No tengo ni idea de dónde vino aquello! Me miró atónita y dijo: “Caramba, he estado buscando a alguien que quisiera impartir un curso sobre el miedo, hoy es el último día para incluirlo en el programa y yo tengo que irme dentro de quince minutos”. Satisfecha con mis credenciales me dijo: “Escribe rápidamente el título del curso y su descripción en setenta y cinco palabras”. Sin ninguna premeditación, titulé el curso “Aunque tenga miedo, hágalo igual” y redacté la descripción. La mujer, encantada, colocó la información sobre el curso en el escritorio de su ayudante con una nota para que lo incluyera en el programa. Me dio las gracias efusivamente y se marchó. Me quedé sola pensando: “¿Qué ha pasado?”. Creía firmemente en la ley de la atracción, pero para mí aquello fue alucinante».

Durante la primera sesión del curso, de doce semanas de duración, Susan estuvo muy nerviosa. Las dos horas fueron bien, pero tuvo que hacer frente a un nuevo temor: «Pensé: “Ya está. Esto es cuanto sé sobre el tema. ¿Qué enseñaré la semana que viene? ¿Y en las siguientes diez sesiones?”. Pero cada semana descubría que tenía algo nuevo que decir. Y mi nivel de confianza aumentó. Me di cuenta de que a lo largo de los años había aprendido muchísimas cosas acerca de abrirse paso a través del miedo. Y a mis estudiantes les gustaba. Les asombraba darse cuenta de que si cambiaban su manera de pensar podían cambiar de verdad su vida. Dar este curso me convenció de que las técnicas que habían transformado mi vida eran las mismas que podían transformar la de cualquiera, independientemente de la edad, el sexo o el entorno».

Con el tiempo, Susan decidió escribir un libro basado en el curso que había impartido. Se enfrentó a muchos obstáculos. Y tras pasar por cuatro agentes literarios y quince negativas editoriales, guardó de mala gana la propuesta en un cajón. Una de las peores cartas que recibió decía: «Aunque Lady Di regalara el libro pedaleando desnuda por la calle en una bicicleta, ¡no lo leería nadie!».

Durante este período, decidió dejar el Floating Hospital y centrarse en serio en convertirse en escritora. «Recuerdo que una tarde iba en un taxi y el conductor me preguntó a qué me dedicaba. Me escuché a mí misma decir: “Soy escritora”. Supongo que hasta aquel momento pensaba en mí como en psicóloga o gestora, pero ahí estaba: era escritora.»

Después de tres años escribiendo artículos para revistas, un día rebuscó en el cajón que contenía su propuesta de libro tantas veces rechazada. «Lo cogí y sentí que tenía entre mis manos algo que muchas personas necesitaban leer. Así que me propuse encontrar un editor que creyese en mi libro como creía yo. Esta vez, todo fue bien. Es más, fue mucho mejor de lo que hubiera soñado nunca.»

Aunque tenga miedo, hágalo igual ha vendido millones de ejemplares. Está disponible en cientos de países y se ha traducido a más de treinta y cinco idiomas. Susan ha escrito otros diecisiete libros que también han tenido gran aceptación en todo el mundo. Susan era escritora; el Times de Londres llegó a llamarla «la reina de la autoayuda». Es una conferenciante muy solicitada; la han invitado a participar en muchos programas de radio y de televisión internacionales. Sobre Aunque tenga miedo, hágalo igual, dice: «Mi web recibe e-mails de personas de todas partes del mundo que me cuentan cómo les ha ayudado mi libro. Algunas incluso le conceden el mérito de haberles salvado la vida. Estoy tan contenta de no haber desistido... Mi padre se hubiera sentido realmente orgulloso».

¿Demasiado tarde?

Todos conocemos a personas que se sienten atrapadas en su vida. Desearían sinceramente hacer algo más significativo y satisfactorio, pero a los treinta y nueve años o a los cincuenta y dos o a los sesenta y cuatro, creen que su oportunidad pasó. Tal vez creas que es demasiado tarde; que es poco realista dar un giro a tu vida en una nueva dirección. Tal vez creas que perdiste la única oportunidad que tuviste de seguir los deseos de tu corazón (y ello debido quizá a alguno de los límites de los que hablamos antes). Tal vez tiempo atrás no tuviste la suficiente seguridad en ti mismo para perseguir tu anhelo y ahora crees que el momento ha pasado.

Existen muchísimas pruebas de que las oportunidades de descubrir nuestro Elemento se dan con mucha más frecuencia en nuestra vida de lo que creemos. Durante el proceso de escritura de este libro hemos encontrado literalmente cientos de ejemplos de personas que perseguían su pasión en un momento tardío de su vida. Por ejemplo, Harriet Doerr, la autora de best sellers, solo escribía por afición mientras sacaba adelante a su familia. Cuando tenía sesenta y cinco años volvió a la universidad para sacarse la licenciatura en historia. Pero con el tiempo los cursos de escritura que tomó habían mejorado sus habilidades para la prosa y acabó matriculándose en el programa de escritura creativa de Stanford. En 1983, a los setenta años de edad, publicó su primera novela, Stones for Ibarra, ganadora del National Book Award.

Más o menos a la mitad de esa edad, a los treinta y seis años, Paul Potts todavía parecía atrapado en una vida oscura y poco satisfactoria. Siempre supo que tenía buena voz, por lo que había seguido cursos de canto. Sin embargo, un accidente de moto segó su sueño de subir a un escenario. En lugar de eso, se convirtió en vendedor de teléfonos móviles en Nueva Gales del Sur y continuó luchando contra el gran problema de su vida: la falta de confianza en sí mismo. Entonces oyó decir que en la televisión estaban haciendo audiciones para el concurso de talentos Britain’s Got Talent, creado por Simon Cowell, del famoso American Idol. Potts tuvo la oportunidad de cantar «Nessun Dorma» de Puccini en la televisión nacional, y su hermosa voz fue muy aplaudida e hizo llorar de emoción a uno de los miembros del jurado. Durante las semanas siguientes, Potts se convirtió en internacional: el vídeo de su primera actuación se ha descargado en YouTube más de dieciocho millones de veces. Al final ganó el concurso y tuvo la oportunidad de cantar delante de la reina. La pérdida de Carphone Warehouse ha sido una ganancia para los amantes de la ópera de todo el mundo, ya que Potts sacó su primer álbum, One Chance, a finales de 2007. Cantar ha sido siempre su Elemento. «Mi voz —dijo— siempre ha sido mi mejor amiga. Si en el colegio tenía problemas con algún abusón, recurría a mi voz. No sé muy bien por qué la gente se metía conmigo. Siempre fui un poco distinto. Así que creo que esa era la razón por la que a veces tenía problemas de falta de confianza en mí mismo. Cuando canto no tengo ese problema. Estoy en el lugar en el que tengo que estar. Toda mi vida me sentí insignificante. Después de aquella primera audición, me di cuenta de que soy alguien. Soy Paul Potts.»

Julia Child, la chef a la que se le atribuye el mérito de haber revolucionado la cocina casera estadounidense y de reinventar los programas de cocina en televisión, trabajó primero como publicista y luego desempeñó varias labores para el gobierno de Estados Unidos. Cuando andaba por los treinta y pico años, descubrió la cocina francesa y comenzó a formarse profesionalmente. No publicó Mastering the Art of French Cuisine hasta que tenía casi cincuenta años, y entonces fue cuando despegó su celebrada carrera.

A los sesenta y cinco años, Maggie Kuhn era la organizadora de una iglesia y no tenía ninguna intención de dejar su trabajo. Desafortunadamente, sus jefes la obligaron a jubilarse. Enfadada por cómo su jefe le había mostrado la puerta, decidió formar un grupo de apoyo con amigos que se encontraban en la misma situación. Sus intentos por sacar adelante los problemas corrientes de los jubilados la llevaron a un activismo cada vez más comprometido que culminó en la constitución de las Panteras Grises, un grupo de abogados nacional.

Todos hemos oído hablar de que los cincuenta son los nuevos treinta y de que los setenta son los nuevos cuarenta (si el algoritmo se extiende en ambas direcciones, eso explicaría el comportamiento adolescente de algunos treintañeros que conozco). Pero existen importantes cambios que deberíamos considerar seriamente. La esperanza de vida se ha incrementado; en los últimos cien años se ha más que duplicado y sigue aumentando a un ritmo acelerado. La calidad de la salud de las personas mayores ha mejorado. Según un estudio de la fundación MacArthur, casi nueve de cada diez estadounidenses de edades comprendidas entre los sesenta y cinco años y los setenta y cuatro dicen vivir sin ningún tipo de minusvalía. Muchas personas mayores del mundo desarrollado cuentan con mucha más estabilidad económica que en el pasado. En la década de los cincuenta, el 35 por ciento de las personas mayores estadounidenses vivían en la miseria; hoy esa cifra es del 10 por ciento.

Estos días se habla mucho acerca de una «segunda mediana edad». Lo que una vez consideramos mediana edad (aproximadamente entre los treinta y cinco años y los cincuenta) auguraba un rápido declive hacia la jubilación y una muerte inminente. Hoy día el final de esa primera mediana edad indica una serie de puntos de referencia: cierto grado de realización profesional, hijos que han terminado la universidad, la indispensable adquisición de capital se ha reducido. Lo que viene tras eso es un segundo tramo en el que las personas hábiles y que gozan de buena salud pueden ponerse en marcha para alcanzar otra serie de objetivos. Es aleccionador o edificante —no estoy seguro de cuál de las dos cosas— escuchar a las estrellas del rock echar por tierra sus predicciones acerca de lo que estarían haciendo «cuando tuviesen sesenta y cuatro años» o que todavía intenten conseguir alguna «satisfacción».

Si en la actualidad tenemos una completa «mediana edad» extra, a buen seguro que tenemos oportunidades adicionales de hacer algo más con nuestra vida como parte del paquete. Pensar que cuando tengamos treinta años debemos haber cumplido nuestros mayores sueños (o al menos estar en el proceso de cumplirlos) está pasado de moda.

Desde luego, con esto no quiero decir que todos podemos hacer cualquier cosa en cualquier momento de nuestra vida. Si estás a punto de cumplir cien años, tienes pocas probabilidades de clavar el papel principal en El lago de los cisnes, especialmente si no tienes conocimientos previos de danza. A los cincuenta y ocho, con un sentido del equilibrio inestable, estoy haciéndome a la idea de que es probable que nunca gane la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de invierno en patinaje de velocidad (en especial porque nunca he visto unos patines de hielo en la vida real). Algunos sueños son realmente «sueños imposibles». Pero otros muchos no lo son. A menudo, entender la diferencia es uno de los primeros pasos para encontrar el Elemento, porque si no ves la posibilidad de que un sueño se haga realidad, es probable que tampoco veas los pasos necesarios que tienes que dar para conseguirlo.

Una de las razones fundamentales que nos llevan a pensar que es demasiado tarde para ser quienes realmente somos capaces de ser, es la creencia de que la vida es lineal. Como si nos encontrásemos en una concurrida calle de una sola dirección, pensamos que la única opción es seguir hacia delante. Si la primera vez desaprovechamos alguna cosa, no podemos volver sobre nuestros pasos a echar un vistazo porque mantener el paso con el tráfico requiere de todo nuestro esfuerzo. Sin embargo, en muchas de las historias de este libro hemos podido ver una clara indicación de que la vida humana no es lineal. Las exploraciones de Gordon Parks y el dominio de múltiples disciplinas no eran lineales. Sin duda, Chuck Close no ha vivido una vida lineal; la enfermedad le obligó a reinventarse.

Por supuesto, la aproximación de sir Ridley Scott al mundo del cine no fue lineal. Me contó que al comienzo, cuando dejó la escuela de arte, «no tenía absolutamente ninguna intención de hacer películas. Las películas eran algo que iba a ver los sábados. Era imposible pensar en cómo dar ese salto y llegar a la industria del cine a partir de la vida que estaba llevando. Más tarde decidí que el arte no estaba hecho para mí. Necesitaba algo más específico. Necesito tener un objetivo, instrucciones. Así que anduve de aquí para allá, probé otras formas de prácticas de arte y al final acabé junto al señor Ron Store haciendo serigrafía. Me encantaba el proceso de impresión. Me encantaba moler piedras para obtener cada color de la litografía. Todos los días solía trabajar hasta tarde, iba al pub a tomar un par de cervezas y cogía el último autobús de regreso a casa. Lo hice durante cuatro años, cinco días a la semana. Me encantaba».

Poco después empezó a trabajar pluriempleado en la
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