La Casa de los Siete Tejados introduccion






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NATHANIEL HAWTHORNE

La Casa de los Siete Tejados





INTRODUCCION



I
DESDE la fundación de las colonias de Nueva Inglaterra en el primer tercio del siglo XVII por ingleses puritanos que huían de la patria buscando libertad para la práctica de sus creencias religiosas, la vida espiritual e intelectual de esas colonias estuvo dominada por sus dirigentes religiosos, que inculcaron a esas comunidades comportamientos y hábitos de pensamiento y de juicio que se extendieron a toda la sodedad norteamericana por el prestigio intelectual y social de Nueva Inglaterra y que aún perduran, a pesar de los esfuerzos de épocas posteriores por liberarse de ellos. Las obras de los puritanos de la época colonial, sermones en su mayor parte, tienen un valor literario desigual, pero la literatura norteamericana posterior está marcada por el puritanismo y por el gran debate a favor o en contra de él. Nathaniel Hawthorne, descendiente de uno de los primeros colonos de Salem, estudioso de la historia colonial, admirador del valor y entusiasmo de los que implantaron en América una civilización y crearon instituciones democráticas, crítico de su intransigencia religiosa y de la contradicción de la espiritualidad que confesaban y el materialismo que profesaban, de la libertad religiosa que buscaban, huyendo de la persecución en Inglaterra, y el anatema que lanzaban contra los que disentían de sus creencias, es heredero consciente, dos siglos después, de ese puritanismo que produjo en su propia familia la sombría grandeza del primer antepasado que llegó a Nueva Inglaterra con su Biblia y su espada, soldado y dirigente religioso, legislador y perseguidor de cuáqueros, y la terrible intolerancia de otro antepasado de la generación siguiente que tomó parte, como juez, en la persecución y ejecución en Salem de los sospechosos de brujería1. Nathaniel Hawthorne siente esas persecuciones como una vergüenza y una maldición que pesan sobre su estirpe y aunque disienta de la ortodoxia calvinista o mantenga respecto a ella una postura ambigua, hereda de sus mayores la preocupación por el mal, por el pecado y las consecuencias del pecado, que hace centro de su obra literaria.

Esta preocupación por el mal, que inspiraría asimismo a Melville, quince años más joven que él, contrasta con las corrientes de la época, en que la filosofía de Emerson (1803-1882), el trascendentalismo, lejanamente basado en teorías kantianas, niega la existencia misma del mal, se rebela contra toda autoridad y proclama la independencia religiosa y moral de América, especialmente en su Ensayo sobre la Naturaleza (1836), y la independencia intelectual, en su famoso Llamamiento a los estudiantes americanos (1837), que es una llamada a la conciencia de la individualidad, al espíritu nacional, a la ruptura del seguimiento servil de la cultura europea.

Hawthorne no fue ajeno a la influencia de Emerson; vinculado a su grupo, aunque no compartía sus creencias filosóficas y religiosas compartió su entusiasmo por una literatura nacional; se inspiró en la historia y en las tradiciones de su Nueva Inglaterra natal y en ellas encontró la fuente de sus mejores relatos, los que le merecieron el título de primer gran novelista norteamericano y le dieron un puesto de honor en la literatura del «Renacimiento Americano» junto a Emerson, Thoreau, Melville y Whitman.
II
Nathaniel Hawthorne nació en Salem, Massachusetts, el 4 de julio de 1804. En Salem recibió su educación, que completó más tarde en Brunswick, Maine, y a Salem volvió y allí vivió con su madre —su padre había muerto cuando tenía cuatro años— de 1825 a 1836, llevando una vida bastante solitaria, dedicada a escribir artículos e historias. En 1836 se trasladó a Boston para dirigir The American Magazine of Useful and Entertaining Knowledge, y tres años después y en la misma ciudad desempeñó varios puestos de responsabilidad en la aduana, que abandonó en 1841 para tomar parte activa, durante ese año y el siguiente, en la experiencia comunal de Brook Farm, en West Roxbury, Massachusetts.

En 1842 se casó con Sophia Peabody, que le daría tres hijos. Con ella se estableció durante tres años en Concord, Massachusetts, donde formó parte del círculo intelectual en el que participaban Emerson, Thoreau y Longfellow. En 1845 regresó a Salem y en su aduana trabajó hasta 1849, en que fue destituido por razones políticas, según nos cuenta irónicamente en «The Custom House», introducción a The Scarlet Letter, que se gestó entonces, aunque tenga claros precedentes en escritos anteriores, publicados en 1837, en Twice-Told Tales.

Los tres años siguientes, en que vivió sucesivamente en Lenox, West Newton y Concord, dedicado a una intensa labor literaria, le consagraron como escritor. De esa época son sus mejores obras: The Scarlet Letter (1850), The House of the Seven Gables (1851), The Blithedale Romance (1852) entre sus novelas, y The Snow-Image and Other Twice-Told Tales (1851) entre sus colecciones de relatos breves.

En 1853 dejó Massachusetts y vivió en Europa hasta 1860; primeramente en Inglaterra, en Liverpool, como cónsul de su país, luego en Francia e Italia, que le inspiró The Marble Faun, y, finalmente, en Londres; de allí regresó a su Massachusetts natal que tanto amó y describió, a Concord, donde vivió hasta su muerte, acaecida mientras viajaba, el 17 de mayo de 1864.

Dejó varias novelas inconclusas que se publicaron después de su muerte: Septimius Felton, The Ancestral Footstep, Dr. Grimshawe's Secret, The Dolliver Romance.

Escritor romántico de estilo cuidado y melodioso, es creador de parábolas y alegorías, a veces difíciles de interpretar, y precursor del simbolismo en la literatura norteamericana.

La mejor fuente biográfica de este gran escritor son sus propias notas y su diario, cuyos manuscritos originales se encuentran en la Pierpont Morgan Library y han sido publicados como The American Notebooks, The English Notebooks y The French and Italian Notebooks.
III
The House of the Seven Gables, La Casa de los Siete Tejados, o de las Siete Torres, en la traducción de H. C. Granch, que es la de la presente edición, fue escrita y publicada en 1851, un año después de The Scarlet Letter, La Letra Escarlata, que ganó para Nathaniel Hawthome la fama de gran escritor y que se considera su obra maestra.

En La Letra Escarlata Hawthorne revivía el mundo colonial de Nueva Inglaterra en la época de los asentamientos del siglo XVII, y en ese fondo histórico de una sociedad centrada en Dios, narraba una historia de delito y soledad, de pasión en lucha desesperada con la conciencia propia y la intransigencia ajena, de hipocresía, de celos, de odio y de venganza. Una historia de culpa en la que la crítica ha visto una alegoría moral: la brecha irreparable que el pecado abre en el alma, la incapacidad del hombre de purificarse una vez manchado; una visión desoladora, ensombrecida por el pesimismo calvinista en cuanto al perdón, tanto para el pecador que arrastra en público las consecuencias de su pecado como para el que oculta arrepentido el delito en su corazón, o el que comete el pecado imperdonable, el de profanar la intimidad del corazón humano. Una alegoría de la naturaleza pecadora del hombre después de la primera caída, de la participación de todos en el mal.
La historia que Hawthorne narra después en La Casa de los Siete Tejados es también una historia de pecado y de culpa y, asimismo, ocurre en Nueva Inglaterra, pero a diferencia de la anterior, que se desarrolla en el espacio de siete años y se concentra en días, ésta perpetúa durante dos siglos las consecuencias de un primer delito en las generaciones de una familia, en tanto que esa familia habita en la casa construida en un terreno injustamente apropiado, del que se desposeyó a un primer morador.

La casa es protagonista en esta narración; la casa con su jardín que acota el espacio de una calle, que primero se llamó de Maule y luego de Pyncheon según los diferentes propietarios del terreno de la casa, en una ciudad que se ha tomado por Salem porque allí tuvo lugar la persecución y ejecución de brujos y de brujas que la narración recuerda, pero que Hawthorne nunca nombra como tal, porque el lugar es simbólico y la casa es simbólica en una Nueva Inglaterra que se da como real2.

La casa protagonista tiene un rostro, «como si fuera un rostro humano», envejecido por los años, por las inclemencias del tiempo y de las luchas y vicisitudes sufridas en el curso de su larga existencia. Esas huellas del tiempo, que cuentan por sí mismas su historia, permiten al narrador retroceder dos siglos o avanzarlos, hacer que pasado y presente pierdan sus contornos y se confundan, detener el pasado irrevocable, proyectar en él el presente, o proyectar en éste aquél; para, finalmente, neutralizar a ambos en un futuro que ya no estará condicionado por el pasado, sino que será una nueva posibilidad de renacer, en un nuevo Edén en que inocencia o culpa serán elección y no predestinación. Hawthorne, que ha hecho que generaciones de Pyncheon expíen sucesivamente la culpa primera del fundador de la casa, que les ha predestinado a muerte violenta por la maldición que un primer delito arrancó a la víctima desesperada, les ha dado la posibilidad de opción individual entre el bien y el mal. Si a todos se extiende la desgracia, consecuencia del pecado original de la familia, no todos participan de la culpa. Entre los Pyncheon, fundadores, herederos y habitantes de la casa, los hay angelicales, como Phoebe; inocentes, como Clifford y Hepzibah; arrepentidos de un único pecado, el del orgullo, como Alice, y culpables también, pero por elección personal y libre albedrío, como Gervayse Pyncheon o el juez.
El espacio, decíamos, es protagonista en esta narración. La casa da título a la obra, una casa construida en Nueva Inglaterra de material perecedero, pero que resiste sol y viento durante siglos. Una casa de varios pisos y múltiples cuerpos de edificio —siete, que es número simbólico—, rematados por sendos aguilones o gabletes, con la enorme chimenea de un gran hogar central que debiera acoger a los miembros de una familia, primero próspera y numerosa; que recibió con espléndido festín a una multitud de invitados en épocas pasadas, que brillaba al sol, es decir a la alegría, a la esperanza, en el simbolismo de Hawthome, pero que al cabo de los tiempos ha decaído tanto que el hogar apenas tiene una función. La casa, casi desierta de vivos, alberga sólo fantasmas y desaparecidos; la cal y cristal de sus muros, que recibían y reflejaban el sol, ya sólo cobijan e irradian sombras.

Las sombras y los fantasmas no son enteramente fruto de la maldición que pesa sobre la familia, puesto que, a pesar de la muerte del coronel y de su presencia permanente en el retrato, la casa sigue intacta, llena de vida e incluso embellecida en el interior, aunque anticuada externamente. Dos generaciones después, Gervase Pyncheon llama al descendiente del Maule despojado y del Maule constructor, que no facilita a los Pyncheon el dominio de las posesiones del este que reclaman, pero que se adueña del espíritu de la hija de la casa hasta su muerte. Esta muerte de la bella, aristocrática y orgullosa Alice Pyncheon sí parece que inicia la decadencia de la mansión y de la familia, aunque el autor de la historia no lo diga explícitamente y aunque silencie los hechos acaecidos a varias generaciones y tome la cadena familiar varios eslabones después. Alice Pyncheon sería así un personaje clave en la historia de la casa, lo que justificaría la inclusión de su historia, rompiendo la estructura del tiempo y de la narración, las frecuentes alusiones a ella, antes y después de que se relate su trágico destino, a través de las flores y de la música, y que sea ella, la visión de su espíritu, la que cierra el relato. La posesión de ese espíritu por Maule habría dejado así la casa desierta y sin función, un cuerpo sin alma, cuya muerte anuncia la muerte del cuerpo de Alice; y si su espíritu vuelve a la casa no es ya para animarla con su vida, sino para convertirla en morada de fantasmas, del espíritu del pasado. Y es ese espíritu purificado, y no el del coronel ni el del juez ni el de los otros muertos, el que vuela al cielo y deja la casa definitivamente abandonada.

Mientras, Maule, el descendiente de los propietarios del terreno, tiene que volver a la casa y conseguir su espíritu de nuevo; su triunfo, que es el triunfo de los Maule sobre los Pyncheon, es el triunfo de su herencia y la identificación de su espíritu. Holgrave no se apodera violentamente del alma de los Pyncheon ni se burla de ella, como su antepasado; la respeta y la gana. Para llegar a esa identificación los Pyncheon han tenido que despojarse, en Phoebe, de su orgullo y sus pretensiones de aristocracia, y los Maule, en Holgrave, de su odio y su voluntad de dominio, para construir juntos una realidad diferente, una casa que no sería edificada en un terreno usurpado ni discutido, una casa que, a pesar de todas las invectivas de Holgrave y Clifford contra la estabilidad que representa y que podemos interpretar como dirigidas exclusivamente a La Casa de los Siete Tejados, al pasado abominable, ellos, lo mismo que Hawthome, desean sólida y duradera, perpetuada en los tiempos. Ese deseo y esa esperanza que la unión de Pyncheons y Maules hace posible es el verdadero final feliz de la obra; el deseo y la esperanza de un futuro asentado sobre el amor y la comprensión, no sobre la culpa y el remordimiento.
La estructura peculiar de la casa la caracteriza y le da nombre; no obstante, la vida del pasado y la supervivencia del presente se centran en la sala baja. La vida colectiva tiene lugar en la tienda, en contacto con el exterior; en el jardín, que admite a escasos amigos o allegados, y en la sala, santuario familiar donde no se admite a intrusos y a cuya puerta se habían detenido años atrás los más altos invitados, hasta el mismo vicegobernador. De la enorme mansión, la sala es la única habitación que se nos describe plena y reiteradamente con sus muebles y adornos. Allí está el retrato que preside y vigila, allí el mapa de las perennes ambiciones, allí los muebles que cambian según los moradores y los que permanecen en el correr del tiempo; allí el sillón que es el centro de la sala como la sala es el centro de la casa; y si el mapa y lo que representa pertenece al mundo de los sueños, lo que podría haber sido y no fue, el sillón pertenece al de las realidades, es lo más real de la morada y es su posesión lo que da vida o mata. Amplio y cómodo, a pesar de los años, es el asiento del dueño de la casa: sentarse en él equivale a adueñarse de ella.

La tienda, otro espacio importante, vergüenza de los Pyncheon y consecuencia de su decadencia, situada como un mal augurio bajo el piso que proyecta pesadez y melancolía, es casi el único modo posible de comunicación con el exterior, de contacto con la vida, cuando el acceso a la casa por el amplio portón como de iglesia está reservado estrictamente a los dos hermanos que la usufructúan y a Phoebe, a su llegada. El juez mismo ha de entrar por la tienda, ni siquiera por la puerta del jardín, entrada de Holgrave, porque el jardín, que recibe al tío Venner, le está prohibido.

El jardín es el lugar de los encuentros de Phoebe y Holgrave y objeto de sus cuidados, de la distracción de Clifford, de las charlas amistosas y descanso en las tardes dominicales. Jardín y huerto, silvestre y cultivado; vibrante de vida con pájaros que anidan e insectos que zumban, pero dominio de una raza decadente representada en la decadencia de sus aves de corral; es para los jóvenes protagonistas, como el jardín del Edén donde se ha deslizado el mal; las aguas del manantial, primero puras, están envenenadas, y acecha un gato negro, figura del mal y de la muerte.
El tiempo es también esencial en el relato: los tiempos, más bien. La supervivencia de un pasado que revive intermitentemente, como el coronel en algunos de sus descendientes; pasado, para ellos, de culpa. El pasado misterioso y terrible de Clifford que esconde inocente en el otro pasado culpable y doloroso de la casa; el pasado que para Holgrave, el pensador, es como el cuerpo muerto de un gigante que yace sobre el presente; un pasado, un cuerpo muerto familiar, «que sólo necesita ser enterrado decentemente».

Hawthorne, que respecto al espacio asegura que su ficción está «relacionada más con las nubes del cielo que con el suelo real de Salem»3, marca unos hitos de tiempo para situar su narración en la Historia, pues «el aspecto histórico del relato no por ser ligero es menos esencial en el plan de la obra», según nos dice en el prefacio. La construcción de la casa cuya inauguración coincide con la muerte del coronel tiene lugar «ciento sesenta años antes» —el libro se publica en 1851—, durante el reinado del rey Guillermo de Orange (1689-1702), puesto que se da al vicegobernador tratamiento de representante suyo en Massachusetts. Esto sería coherente con el tiempo de la ejecución de Maule, pues los procesos por brujería de Salem tuvieron lugar en 1692. El desenlace de la historia ocurre «en una época no muy alejada de la actual», es decir no muy alejada de 1851. El autor nos da número de años, pero habla más de generaciones que de fechas4, en esos eslabones que ha elegido en la cadena de los hechos que, contados en su totalidad, ocuparían más volúmenes «de lo que sería prudente añadir a los anales de Nueva Inglaterra» —y aquí nuevamente sugiere el carácter histórico de su relato. Esos eslabones elegidos son los momentos en que un personaje del carácter del primer Pyncheon —su inmortalidad intermitente—, origina una crisis en la historia de la familia y de la casa, crisis a la que inexorablemente está vinculado o de la que es testigo un Maule. Sabemos así que Gervayse Pyncheon es el nieto del coronel, niño a la muerte de su abuelo y padre de la joven Alice, casi anciano, cuando la expone a su ambición, y que hay luego un salto de tres generaciones hasta el desenlace, puesto que Phoebe es biznieta de una hermana de Alice. Si los hechos fueran históricos o se tratara de una alegoría histórica, sobre estos hitos de tiempo, tanto como sobre los hechos mismos, habría que basar su interpretación.
Un estudio de los personajes de la obra nos llevaría a su clasificación entre principales y secundarios y, siendo la casa la protagonista, la importancia de los personajes dependería de su relación con ella; por tanto serían principales los que habitaron y habitan en ella o pretendieron y pretenden su posesión. Tendríamos pues Pyncheons y Maules. De ambas ramas familiares el autor selecciona, en el paso de las generaciones, personajes de tres momentos claves en la historia de esas familias y en su mutua relación.

La primera crisis se genera en el litigio por la posesión del terreno de la casa. Los dos protagonistas de la acción morirán violentamente y ninguno está enteramente libre de sospechas respecto a la muerte del otro, si no ante la ley, al menos en las habladurías del pueblo. Matthew Maule y el Coronel Pyncheon, tienen en común además el perpetuar en su descendencia sus propias características personales. Si Maule era considerado brujo terrible en su día y como tal sentenciado y ejecutado, su nieto, que siguió el oficio y estatus social de su padre, heredó la características cuestionables del abuelo; como a un brujo se le tenía y como tal se le consultó, y el último Maule, Holgrave, que tiene como él poderes de hipnotización, comparte su heterodoxia en cuanto a la ley y a la política. Todos ellos mantienen el orgullo que les da la conciencia de la superioridad de su espíritu y sus derechos sobre los Pyncheon.

En cuanto al coronel, avaricioso, sensual y ceñudo, tiene su réplica siglo y medio después en el juez, aunque oculte lo negativo de ese parecido bajo su fingida benignidad. Gervayse, nieto del primer Pyncheon, no comparte algunas de sus características, no se ajusta fielmente a ese primer modelo, perenne en el retrato, pero mantiene la pretensión familiar al dudoso territorio del este.

Los antepasados de las dos familias tienen pues en común el perpetuarse en sus descendientes, aunque con grados diferentes de identificación o evolución.

Para los Maule, esa evolución va, respecto a su actividad, de la roturación y cultivo de la tierra a la artesanía, y, finalmente, al arte y a toda la inquietud profesional e intelectual que Holgrave representa. Su evolución sería cultural: primero conquistar la tierra, convertir el bosque primitivo en terreno laborable, luego construir la choza y más tarde la casa —que sea para otro, ese es su agravio— y, finalmente, adornarla. En otro orden de cosas, pero íntimamente relacionado, su evolución va de la libertad en la paz de Matthew, el primer colono, a la rebeldía suya y de su descendencia. Esta rebeldía será junto a su orgullo, el rasgo permanente de los Maule, por eso su pérdida, en Holgrave, ha sido considerada frecuentemente por la crítica como la pérdida de su identidad y, por tanto, una quiebra del personaje, si bien podría considerarse igualmente en esa pérdida la identificación final con el carácter de su antepasado antes de su rebeldía, su paz en la libertad, penosamente reconquistada en un Edén que primero sería la tierra de Nueva Inglaterra y, más tarde, la tierra prometida que Phoebe, «la flor del Edén», encarna.

Para los Pyncheon, la evolución social sigue dos líneas: una, manteniendo su rango, consistiría en la diversificación aparente de las funciones. Así, si el coronel es a la vez soldado y caballero, dirigente militar, religioso y político y como tal exhibe las insignias de espada, Biblia y bastón, los espíritus de la media docena de descendientes suyos que se reúnen a media noche en torno al retrato ostentan cada cual una sola de esas prerrogativas. Uno será clérigo puritano vestido de negro; un segundo, oficial con casaca roja; otro, caballero vestido de brocado y un último será juez. Este juez, el juez Pyncheon, volverá a reunir todos los poderes del viejo antepasado: influirá en la iglesia, en la política y en la vida social. Encubrir este hecho bajo una aparente fundón única de juez, pretender que ejerce la justicia cuando practica la arbitrariedad de su lejano antecesor, lo mismo que disimula la identidad de su carácter, visible sólo para sus víctimas y para los ojos clarividentes del artista, constituye su hipocresía radical, al menos la hipocresía que Hawthome le atribuye.

El juez, epílogo de todos los Pyncheon, tiene también las características de los que siguen diferente evolución, de los que pierden el pretendido rango aristocrático de la familia. Como el Pyncheon que abre una tienda en la casa solariega, para vergüenza de su descendencia, el juez tiene intereses comerciales, aunque sus transacciones sean de la clase que borra la pretendida afrenta con lo sustancioso de las ganancias.

Es Hepzibah, la Pyncheon empobrecida, quien reanuda la «afrentosa» tradición del comercio al por menor, con ganancias de a perra chica, la que nacida señora acepta ser plebeya para que su hermano siga siendo aristocrático. Es esa evolución la que en Phoebe, insertada en el pueblo antes de su nacimiento, va a producir finalmente la Pyncheon despojada de orgullo y de pretensiones de aristocracia capaz de curar de ellos a Pyncheons y a Maules. Una flor, como Alice, nacida del viejo tronco familiar —y a flor compara reiteradamente Hawthome a ambas—, pero no como aquélla una flor exótica, exquisita y frágil, sino la flor sencilla y espontánea de la naturaleza primitiva, «la flor del Edén».
En esta división de los personajes de la obra en Maules y Pyncheons es digno de observar que mientras los representantes de los Maule son siempre masculinos, los Pyncheon seleccionados son hombres y mujeres, lo que podría llevarnos a otra posterior clasificación de éstos y al estudio de otra evolución, la de los caracteres femeninos.

En efecto, de la Pyncheon primera en el tiempo, aunque introducida la última en la narración, Alice, la Pyncheon de la leyenda de Holgrave, a la Pyncheon última y definitiva, Phoebe, pasando por la vieja Hepzibah, eslabón intermedio entre el antiguo espíritu aristocrático de la primera y el nuevo espíritu democrático de la última, hay una línea de evolución que no corresponde exclusivamente a la evolución de la condición de la mujer ni del ideal de mujer en el tiempo que abarca la narración y que desemboca en lo que podría ser lo que Hawthome propone como ideal femenino de su época, que no corresponde con el modelo de las mujeres intelectuales de ese tiempo representado por Margaret Fuller, del grupo emersoniano, y que en cualquier caso podría ser exigido por necesidades del sentido alegórico de la obra.

Tres mujeres elegidas y las tres solteras. La vieja Hepzibah, presentada primero, podría representar la vieja tradición de Nueva Inglaterra, con hábitos puritanos que, desprovistos de su primer sentido religioso, se reducen a un vestido, un tocado y un ceño poco atractivos, que la impiden ser amada, y que ocultan la entereza y la ternura de su naturaleza. La joven Alice, hermosa, pero altiva en demasía, sería como un ensayo, un intento antes de tiempo, de esa novia final capaz de unir a Maules y Pyncheons para que inicien juntos un futuro. Podría representar también el espíritu aristocrático frente al democrático que triunfaría finalmente en Phoebe5.

Hawthome da a las tres un tratamiento especial. Duro con sus personajes masculinos, con sus defectos y debilidades, aunque haga justicia a sus cualidades, con excepción del juez, expresa ternura repecto a las mujeres, reconocible incluso en la enumeración de sus defectos, que no oculta. Piadoso con la fealdad de Hepzibah, tolerante con sus peculiaridades, cuida muy bien de hacernos ver la bondad de su corazón y la belleza de sus sentimientos. Respecto a Alice, antes que su pecado de orgullo sea expiado y perdonado, hace que lo perdone y olvide el lector, conmovido por su belleza, su gracia y su patético destino. Phoebe es resumen de todas las cualidades femeninas, demasiado perfecta para ser real, en opinión de muchos críticos, a pesar de que su autor insiste repetidas veces en que es lo único real en un mundo de irrealidades.

A diferencia también de la mayoría de los personajes masculinos de la obra, las mujeres evolucionan en el transcurso de la narración. Hepzibah encuentra en el amor por su hermano la fuerza necesaria para vencer sus prejuicios sociales, tratar de salir de su aislamiento y enfrentarse con un trabajo para el que está mal dotada. Alice convierte su orgullo en humildad a través de la locura y de la muerte. Phoebe madura por el amor y la compasión y gana en profundidad lo que pierde en alegría.

Ciertamente hay personajes masculinos que cambian, pero su cambio, exigido por la dinámica del relato o del sentido total, parece brusco más que evolutivo. Cambia Clifford violenta y momentáneamente después de la muerte del juez y cambia Holgrave, inexplicablemente para muchos críticos, lo mismo que para Phoebe.
Si consideramos la relación de los personajes entre sí, sus enfrentamientos en las diferentes crisis de la historia que se narra, vemos que en la primera el conflicto estalla entre un Maule y un Pyncheon, personajes masculinos los dos, y que la victoria de éste sobre aquél no es absoluta, sino transitoria.

En la segunda crisis la situación es más compleja. Como en la primera, la origina un Pyncheon, en términos igualmente altivos, aunque más amistosos. En la anterior, un Pyncheon exigía a un Maule, en ésta le ruega, pero ahora es Maule quien pone sus condiciones, exige la propiedad de la casa e impone la relación: el conflicto ya a ser entre un Maule y una Pyncheon; triunfará el espíritu más fuerte, el de Maule, pero su triunfo tampoco va a ser definitivo, sólo va a satisfacerle momentáneamente.

En las crisis finales, cuya complejidad aumenta aún más, el antagonismo cambia de rumbo. Es cierto que en la ocasión anterior, porque un Pyncheon cede, y cede por ambición, no por debilidad, una Pyncheon sucumbe: un Pyncheon expone a otro Pyncheon a la derrota —situación agravada por la relación padre-hija de los vencidos—, pero la lucha no es entre ellos. Posteriormente, los enfrentamientos serán entre los Pyncheon, y los Maule, meros espectadores, tendrán sólo que esperar su autodestrucción y recoger el botín.

En Jaffrey y Clifford se enfrentan por vez primera dos ramas de la familia, dos primos, y se enfrentan, como antes Pyncheons y Maules, por la herencia familiar, real o imaginaria. Dos partes desiguales: en Jaffrey está la fuerza, la sensatez, el prestigio, la riqueza; en Clifford la debilidad, la locura, la deshonra, la pobreza. Jaffrey es el hombre de las realidades, Clifford el de los sueños. En su enfrentamiento Jaffrey es el juez y Clifford el juzgado; juzgado y condenado, pero éste es el inocente y el culpable es aquél.

En lucha tan desigual, a uno le apoya la ley y la sociedad entera, a otro sólo una mujer, su hermana, débil y pobre como él, y como él reclusa, aunque voluntaria, pero que en su amor generoso encuentra fuerza para la debilidad de su hermano, y bienestar, si no riqueza, para su indigencia. Ayuda de los dos hermanos, será finalmente su prima Phoebe, que aportará además la juventud, la belleza, la laboriosidad y la alegría que necesitan.

Esta relación familiar no generacional de hermanos y de primos y su rivalidad, elemento nuevo en la narración, hace posible la clasificación de los Pyncheon en fuertes, dominadores y culpables, por una parte, representados siempre por personajes masculinos; e inocentes, aunque no todos débiles y dominados, por otra, con exponentes casi exclusivamente femeninos —y «casi femenino» es el carácter de Clifford. Todos los Pyncheon inocentes tienen algo en común: ninguno es heredero directo de la casa, aunque habite en ella; la culpa no se hereda por la sangre, sino por la posesión; por eso el autor da a cada generación de Pyncheons la elección de asumir libremente esa culpa o ser inocente; y por eso, cuando la herencia corresponde a los inocentes, la garantía de que van a conservar su inocencia es que abandonan la vieja mansión6.
La casa es, en cualquier caso, centro de la relación de todos los personajes y hay pues que considerarlos respecto a ella. Un estudio de la situación de los personajes con referencia a la casa nos lleva a conclusiones asimismo interesantes. Si en el curso del tiempo Maules y Pyncheons mantienen unas constantes familiares, su actitud con respecto a la mansión cambia con las generaciones.

Para el primer Maule la causa del litigio no es la casa, sino el terreno en que se asienta; por eso lo que pide insistente más allá de la tumba es la renta del suelo, o la casa si se le niega la renta, o en último caso, el derecho a intervenir en los asuntos de los Pyncheon y turbar sus sueños.

El segundo Maule adquirirá sobre la casa otro poder y otro derecho: continuador de las pretensiones sobre el terreno, él será el constructor; la casa será más suya; no sólo poseerá el resorte secreto que guarde el territorio de los Pyncheon, y será así, como su padre, dueño de los sueños de sus rivales; sino que dejará además en ella su carácter y la marca familiar, las extrañas figuras que decoran el exterior.

El Maule de la tercera generación, hijo del que construyó la casa y nieto del primer propietario del suelo, que como legítimo dueño agraviado entra altivo por la puerta principal, a pesar de su condición de artesano, tiene ocasión de reclamar la casa a cambio de sus servicios, pero cuando es suya renuncia a ella; deja de interesarle porque consigue lo que alberga de más precioso, el alma de Alice. A partir de ahí los Maule abandonan la casa a su maldición. Cuando vuelva el último Maule sin pretensión alguna de poseerla, atraída su curiosidad por la inminencia del desenlace del drama de los Pyncheon, no entrará por la entrada principal, vivirá en ella como huésped sin reclamar perdidos derechos, pero, lo mismo que su antepasado el artesano, querrá poseer el alma de una Pyncheon.

Paralelamente, el interés de los Pyncheon por la casa decrece en la tercera generación. El coronel atropello derechos por edificarla y será su guardián perenne desde el retrato. Su nieto no querrá vivir en ella, por el recuerdo del abuelo muerto y porque no la juzga digna de él; la confía primero a parientes y, cuando regresa, la cambiaría por otro espacio, por un sueño de grandeza y de dominio: por el perdido derecho del territorio del este. Desde entonces, un Pyncheon propietario piensa en restituirla —y muere a pesar de ello o quizás por ello de muerte violenta—; se confía otra vez de por vida a parientes, y cuando finalmente un Pyncheon que encarna a los viejos Pyncheon intente entrar en la casa y lo haga por la puerta de la tienda —no por la principal—, no es por la mansión misma, que piensa va a ser suya, sino por el dominio del territorio, del espacio de los sueños por la que había cambiado su antepasado aristócrata.

El abandono de esa herencia por Pyncheons y Maules, que se consuma con la marcha de Hepzibah, Clifford, Phoebe y Holgrave, comienza realmente varias generaciones antes; por eso la historia de Alice, que parece romper el relato, es esencial para su comprensión. La casa tiene tres pisos y «vive» tres generaciones, en perfecta identificación; las flores de Alice coronan su tejado; a partir de entonces se inicia su decadencia, arrastra su existencia como la arrastran los viejos moradores y las viejas aves del gallinero. El derecho final que le discuten el último Maule y el último Pyncheon varón superviviente no es el de asentarse en ese suelo, sino el derecho de existir siendo cadáver; albergando a un cadáver llegará otra vez a la perfecta identificación.

Y va a enterrársele en el corazón mismo de la casa, en la sala familiar que preside el retrato; en la sala de todas las ambiciones, todas las crisis y todas las muertes violentas de los Pyncheon; en el viejo sillón de roble.
Ninguno de los extraños tiene acceso a esa sala, si no son los Maule, en ocasiones excepcionales, ni tampoco los escasos personajes secundarios de la obra. Entrar en esa sala equivaldría a ser protagonista, un protagonismo que busca el juez y consigue a la fuerza para encontrar la muerte; un protagonismo que se concede generosamente a Phoebe, pero que se niega al tío Venner, «especie de familiar de la casa», a quien se acoge amistosamente en el jardín y en la tienda.

De los personajes secundarios es el tío Venner el más interesante y el que más participa en la acción. Si no tiene acceso a la sala sí lo tiene al jardín, que es el segundo espacio protagonista, un espacio propiedad de los Pyncheon, pero dominio de los Maule: de Maule se sigue llamando el pozo cuando todo el resto se llama de Pyncheon, y el Maule contemporáneo, el de todas las profesiones y todas las inquietudes, gana sobre el jardín con su trabajo bien hecho un segundo derecho, paralelo al derecho que había conquistado sobre la casa el Maule constructor; un derecho que le autoriza a organizar y a disfrutar las tareas de cultivo y encomendar parte de ellas a una Pyncheon.

El tío Venner, curioso personaje «misceláneo» —así le llama Hawthorne—, hecho de diferentes modas como de diferentes tiempos, vestido de antiguo y de moderno, viejo como hoja seca, fuerte para resistir los vientos que matan a los jóvenes, cansado hasta pensar siempre en retirarse a descansar, activo para hacer mil trabajos penosos, humilde para recoger las sobras de las puertas de veinte casas, digno para tratar familiarmente a las familias más aristocráticas, considerado necio en su juventud, sabio de viejo, práctico en sus consejos y en su quehacer y poeta en sus ocios, está en relación de autoridad con todos los protagonistas, si exceptuamos al juez, pero incluso el juez le saluda obsequioso y sonriente, aunque dado su carácter no pueda tomarse su saludo como prueba de amistad.

Hepzibah le respeta con una especie de «reverencia familiar» porque es respetable y viejo; acepta sus servicios y su compañía, pide o sufre sus consejos y comparte con él las pequeñas fiestas dominicales. A Clifford, que detesta lo vulgar y lo viejo, le gusta «como el aroma de una manzana», disfruta con su simple ingenio, hace planes para su futuro bienestar cuando carece de recursos, y le llevará con él en los tiempos de abundancia. Holgrave, el rebelde social, reconoce en sus principios los de Fourier, y acepta que le aconseje sobre su futuro. Phoebe, que es para el tío Venner «como su propio aliento», camina junto a él. Con todos ellos disfrutará la nueva herencia. Y es él quien oye la música feliz que anuncia el fin de la maldición y el comienzo de una nueva etapa de esperanza.

Un personaje secundario en relación con Hepzibah y Phoebe y a través de la tienda —el tercer espacio en importancia—, favorito entre los clientes, es el pequeño Ned, más descuidado que pobre, más sano que descuidado, el pequeño devorador de hombres, de animales y de cosas, «emblema del tiempo», nos dice el autor, emblema quizás de la vitalidad americana, de la hora que marca otro tiempo.

Otros personajes son interlocutores para los protagonistas, relacionantes u observadores de su actividad, solicitantes de su atención y recursos.
La casa es un símbolo central en
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