Capítulo 1






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EL SEÑOR DE LA MEDIANOCHE

Laura Kinsale



ARGUMENTO

Una vez fue el Seigneur de Minuit, el señor de la medianoche, un hombre al margen de la ley, un aventurero que imponía su ley y su justicia en los caminos de Inglaterra. Una vida peligrosa y heroica de la que tuvo que alejarse por la traición de una mujer. Ahora S.T. Maitland vive exiliado en un castillo francés en ruinas, apartado de todo y de todos. Hace tres años que cerró la puerta a un pasado que, sin embargo, la joven Leigh Strachan quiere hacerle revivir a su pesar. Por ella, que ha perdido todo cuanto amaba y solo piensa en vengarse, tal vez sea capaz de hacerlo.

Este tampoco es para David.

Nunca habrá un libro lo suficientemente bueno para él.

Índice


Capítulo 1 4

Capítulo 2 11

Capítulo 3 20

Capítulo 4 29

Capítulo 5 39

Capítulo 6 53

Capítulo 7 63

Capítulo 8 71

Capítulo 9 79

Capítulo 10 89

Capítulo 11 100

Capítulo 12 109

Capítulo 13 119

Capítulo 14 129

Capítulo 15 142

Capítulo 16 154

Capítulo 17 162

Capítulo 18 171

Capítulo 19 181

Capítulo 20 189

Capítulo 21 199

Capítulo 22 208

Capítulo 23 217

Capítulo 24 226

Capítulo 25 236

Capítulo 26 244

Capítulo 27 254

Epílogo 263

Reseña Bibliográfica 273



Capítulo 1


La Paire, en las estribaciones
de los Alpes franceses, 1772


El muchacho tenía la mirada profunda y abrasadora de un fanático religioso. S.T. Maitland se revolvió incómodo en el taburete de madera en el que estaba sentado y volvió a mirar por encima de la jarra de vino hacia la tenebrosa profundidad de la taberna. Le resultó muy molesto y desconcertante comprobar que aquella mirada escrutadora seguía fija en él; se sintió como si estuviese esperando a entrar en el Cielo pero no hubiera muchas probabilidades de que fuese a ser admitido.

S. T. levantó la jarra y saludó sin ninguna señal de provocación. Sabía que la posibilidad de que entrara en el Paraíso era muy remota, pero tampoco perdía nada por un mero saludo. Si al final resultaba que ese apuesto joven de sorprendentes pestañas negras e intensos ojos azules era san Pedro hijo, mejor ser educado.

Pero, para su asombro, la mirada del joven se agudizó aún más. Sus oscuras y rectas cejas se fruncieron y el chico, delgado y silencioso, se puso en pie; con su figura de terciopelo azul y su porte de cuna gentil venida a menos, destacaba de entre la habitual masa de campesinos que charlaban en piamontés y provenzal. S.T. se rascó la oreja y se atusó la peluca, nervioso. La idea de tomarse el déjeuner mientras caía en las garras de un adolescente santurrón hizo que terminara el vino de un trago y se pusiera rápidamente en pie.

Se agachó para coger el paquete de pinceles de pelo de marta que había ido a comprar al pueblo, pero la cinta que los sujetaba se soltó. Maldijo en voz baja mientras intentaba recuperar aquellas valiosas varillas antes de que se desperdigaran por el sucio suelo.

Seigneur.

La suave voz parecía provenir de su espalda. S. T. se incorporó y se volvió rápidamente hacia la izquierda con la intención de escapar, pero su oído malo lo engañó en medio de todo aquel barboteo de risas y conversación. Perdió el equilibrio durante un instante y, cuando se cogió instintivamente a la mesa, se encontró de cara con el joven.

Monseigneur de Minuit?

Una sensación de alarma le recorrió el cuerpo. El acento de aquellas palabras en francés sonó muy forzado; además, hacía tres años que nadie le llamaba así.

Llevaba tiempo esperando oírlas, tanto que ni siquiera se sorprendió demasiado. Era la voz en sí, bronca y apagada, lo que le resultó extraño, ya que procedía de un infante de rostro bisoño y encendido. Cuando S.T. pensaba en los posibles cazadores que podrían buscarlo por la recompensa que se daba por su cabeza, nunca habría imaginado que pudiera tratarse de un mozalbete al que ni siquiera le había salido la barba.

Se relajó mientras seguía apoyado en la mesa y miró con desánimo al joven. ¿Era eso todo lo que valía? Por Dios, pero si podría matar a ese pobre crío con una sola mano.

—Sois el Seigneur de Minuit, el señor de la medianoche —afirmó el muchacho al tiempo que asentía con la cabeza y conseguía pronunciar las palabras francesas con cierta dignidad, tras lo que añadió—: ¿No es así?

S.T. pensó en contestar con un torrente de palabras en francés que sin duda serían incomprensibles para el joven, ya que su acento escolar no parecía gran cosa. Pero esos ojos de un azul profundo y ardiente no dejaban de impresionarlo y abrumarlo. Bisoño o no, lo cierto era que el chico había conseguido localizarlo, y eso era un hecho preocupante que no podía ignorar.

El muchacho era bastante alto para su edad, pero S.T. le sacaba una cabeza y también pesaba más. Su grácil elegancia y solemne boca parecían presagiar que, al crecer, aquel mocoso se convertiría en un dandi antes que en un cazador de ladrones. Desde luego vestía como un galán, por más que el encaje de sus puños y chorreras estuviera raído y sucio.

Qu'est-ce que c'est? —exigió S.T. con brusquedad.

Las oscuras cejas se unieron aún más.

S'il vous plaît —dijo el chico con una rápida inclinación de cabeza—, ¿os importaría hablar en mi lengua, señor?

S.T. le lanzó una mirada llena de desconfianza. En verdad el muchacho era de una belleza deslumbrante, con ese negro pelo recogido en una pequeña coleta que dejaba al descubierto sus pronunciados pómulos, su perfecta nariz clásica y esos ojos, alors, como la luz al atravesar aguas profundas: hierba mora, violetas y jacintos. S.T. había visto ese efecto en una ocasión, en una cueva rocosa en los confines del Mediterráneo; los rayos del sol atravesaban las sombras aguamarina y contrastaban con la piedra negro azabache, y todo contra una piel suave y bella como la de una chica. El rostro tan bien modelado del joven mostraba un intenso color rosáceo que parecía casi febril. Aun a sabiendas de que obraba mal, S.T. no pudo evitar sentir curiosidad por aquel mocoso.

—Yo hablar poco inglés —dijo poniendo el peor acento que pudo y en voz muy alta por encima del barullo de la taberna—. Poco. Buenos días.

El joven vaciló mientras lo seguía mirando fijamente desde debajo de sus inclinadas cejas. S.T. se sintió un tanto avergonzado por aquella farsa. ¡Qué lengua tan tonta el francés! Hacía que un hombre sonara como un tahúr que intenta imitar adecuadamente las inflexiones galas.

—No sois el Seigneur —dijo el chico con su voz ronca y monocorde.

Seigneur! —¿Acaso aquel zopenco pretendía que S.T. lo proclamara ante el primer forastero inglés que pasara por allí?—. Mon petit bouffon. ¿Yo un seigneur? No. ¿Un lord? ¡Sí! —Se señaló las botas altas y los pantalones manchados de pintura—. Bien sûr! ¡Un príncipe, por supuesto!

Je m'excuse —dijo el joven con una segunda inclinación de cabeza—. Busco a otro.

Tras vacilar un instante, miró de nuevo fijamente a S.T. y comenzó a volverse. Este puso la mano sobre su fino hombro para detenerlo. No podía dejar que se fuera con tanta facilidad.

—¿Otro? ¿A otro? Pardon, pero yo no entender.

El muchacho frunció más el ceño.

—A un hombre —dijo al tiempo que hacía un leve gesto de frustración con la mano—. Un homme.

Le Seigneur de Minuit? —S.T. adoptó un ligerísimo tono de paciente tutela—. El señor… de la medianoche. ¡Vaya! Absurdo nombre. Yo no conocer. ¿Vos buscar? Pardon, pardon, ¿por qué buscar, monsieur?

—Tengo que encontrarle —explicó el joven mientras observaba a S.T. con la misma intensidad de un gato ante la guarida de un ratón—. El porqué no importa. —Tras una pausa, dijo lentamente—: A lo mejor aquí ha cambiado de nombre.

—Claro. Yo ayudar. Eh… pelo —dijo S.T. tirándose de la coleta de la peluca—. ¿Saber color?

—Sí, castaño, monsieur. Tengo entendido que no le gustan las pelucas ni los polvos. Pelo castaño oscuro pero con algo de dorado. Reflejos dorados, como un león, monsieur.

S.T. puso los ojos en blanco actuando como un francés.

Alors, le beau.

El joven asintió con mucha seriedad.

—Sí, dicen que es apuesto. Bastante atractivo. Alto y con ojos verdes. ¿Comprenez «verde», monsieur? ¿Esmeralda? Con algo de dorado. Y también tiene oro en las cejas y las pestañas. —El muchacho lanzó una mirada muy expresiva a S.T.—. Sí, dicen que es algo muy poco corriente, como si alguien hubiese espolvoreado polvo de oro sobre él. Y también dicen que sus cejas son muy peculiares —añadió al tiempo que se tocaba las suyas—, con un rizo en el arco como los cuernos de un demonio.

S.T. dudó unos instantes. Aquellos ojos azules se mantenían imperturbables, sin cambio alguno de expresión, tan solo un poco más relajados al igual que el tono de voz, que se había vuelto ligeramente más suave. Miró al joven y de pronto vio a alguien de mil años de edad contemplándolo desde ese rostro imberbe.

Eso lo asustó. Parecía que hubiera un diablo dentro del chico que supiera perfectamente quién era él; no obstante, había decidido seguir el juego que S.T. había iniciado.

Aun así, este continuó con la pantomima. La única alternativa posible era abalanzarse sobre el pobre cachorrillo y clavarle un estilete en la garganta. S.T. necesitaba averiguar cómo lo había encontrado y por qué.

Tras darse una palmada en la frente, dijo con aire de haber caído en la cuenta:

—Sí, cejas, je comprends. Vos ver mi ceja y pensar que yo ser él, el Seigneur. ¿Sí?

—Sí —contestó el joven con una leve sonrisa—, pero estaba equivocado. Lo siento.

Aquella sonrisa borró todo rastro de subterfugio. Era una sonrisa dulce, nostálgica y femenina; S.T. tuvo que sentarse para intentar disimular la intensa y repentina impresión que sintió.

Por el amor de… ¡era una chica!

Estaba totalmente seguro. Esa voz ronca y baja que no modulaba en los tonos habituales sino que siempre permanecía obstinadamente áspera; esa piel, esos labios, esa complexión grácil… Era una mujer, ¡la muy taimada! Su rostro, limpio, deslumbrante y espléndido, la ayudaba a mantener la impostura gracias a su recta mandíbula y serio ceño, a lo que se añadía su estatura y pose, que le permitían pasar por un joven de dieciséis años. S.T. apostaría una guinea de oro a que se había cortado las pestañas para hacerlas menos afiladas; por ese motivo tenían ese aspecto tan oscuro y grueso.

Y apostaría cien para saber qué hacía allí. No sintió la amenaza de estar a punto de ser capturado. No se veía víctima de una encarnizada persecución que lo arrastraría de vuelta a Inglaterra a cambio de la recompensa que había puesto el rey por su cabeza. Tan solo se trataba de otra dama en apuros que, como tantas otras, buscaba ayuda y había hecho un largo viaje con el único fin de molestarlo. Pero era muy hermosa, mucho.

—Sentar —dijo S. T. de repente señalando la tosca mesa—, sentar, sentar, mon petit monsieur. Yo ayudar. Yo pensar. ¡Marc! —exclamó para llamar al tabernero por encima del bullicio de la hora del almuerzo—. Vin… hé! Vin pour deux. —Dejó el manojo de pinceles sobre la mesa y se sentó en el taburete—. ¿Cómo llamar, monsieur?

—Leigh Strachan —contestó ella con una inclinación de cabeza—. A vuestro servicio.

—Sra-hon. Srah-hen —pronunció S.T. con una sonrisa—. Difficile. Leigh, ¿eh? —Se golpeó el pecho—. Yo Este. —No valía la pena intentar ocultarlo, ya que todo el mundo lo conocía por ese nombre en el pueblo, y pensaban que era muy italiano por su parte llamarse como un punto cardinal del mapa—. Sentar, sentar. Très bien. ¿No comer? Queso.

Se incorporó y se sirvió un trozo de la longaniza que, junto con el queso, colgaba de una viga sobre la mesa. Tras cortar una generosa porción de ambos, empujó el plato hacia ella junto con una vasija que contenía mostaza. Marc les llevó pan caliente y lanzó a S.T. una mirada muy expresiva mientras dejaba con un golpe otra botella de vino sobre la mesa. Con una mueca de derrota, S.T. le prometió en francés que haría un retrato de su fea hija antes de que terminara el invierno, lo cual era una considerable capitulación que bastó para que el aubergiste se marchara con expresión petulante y sin pedir cobrar, lo cual de todos modos habría sido inútil.

Monsieur Leigh Strachan observó el pan, que olía muy bien, mientras S.T. lo partía en humeantes pedazos. Parecía hambrienta, pero negó con la cabeza.

—Ya he comido, merci.

S.T. la miró, se encogió de hombros y le sirvió vino. Estaba seguro de que estaba muerta de hambre, pero esas jovencitas siempre eran muy orgullosas. Se reclinó contra la pared y untó mostaza en un gran trozo de queso. Nunca venía mal reponer fuerzas, ya que le esperaba un largo paseo colina arriba hasta llegar a su castillo.

Sus miradas se encontraron y S.T., que estaba mordiendo el pan, sonrió. Ella estaba muy pálida pero le devolvió la sonrisa con arrojo. Él se sorprendió de haber creído en un principio que era un hombre.

Tenía unos ojos magníficos, pero ¿cómo demonios podía cortejarla mientras llevase ese atuendo?

—Ese seigneur —dijo S.T. terminándose el pan—. Pelo bronce. Ojos esmeralda. Alto.

—Apuesto —añadió ella con su voz ronca y plana.

La muy picarona. S.T. se sirvió más vino.

—¿Qué significar «apuesto»?

Ella tomó un gran trago de vino, imitándolo a él bastante bien. Durante un instante S. T. pensó en eructar para ver si también lo hacía.

Un bel homme —explicó—. Apuesto.

—¿Él francés?

—Es de padres ingleses —dijo la joven, tras lo que volvió a beber—. Pero habla francés muy bien. Por eso lo llamaban seigneur en Inglaterra.

Quelle stupidité —dijo S.T. al tiempo que hacía un barrido con el brazo para señalar la abarrotada taberna—. Todos hablar francés. ¿Todos lores aquí?

Ella no se inmutó.

—No es muy frecuente en Inglaterra. Dicen que tiene… cierto aire. Un periódico le puso ese mote y con él se quedó.

«El Seigneur de Minuit», pensó él negando con la cabeza. Había confiado en que ese sobrenombre hubiese muerto junto con su reputación.

—Absurdo —dijo—. Medianoche. Pourquoi?

Ella levantó su vino y dio un largo trago. La jarra de porcelana desportillada hizo un ruido contundente cuando volvió a dejarla sobre la mesa. Miró a S.T. fijamente.

—Creo que vos sabéis por qué lo de medianoche, monsieur Este.

Él esbozó una ligera sonrisa.

—¿Yo?

La joven observó en silencio a S.T. mientras este le servía más vino y volvía a apoyarse en la pared. Él no quería oír su triste historia. No quería oír sus súplicas. Solo quería mirarla y fantasear sobre lo que era la gran carencia de su vida en esos momentos.

Ella tomó aliento y otro trago. Por su expresión, en la que había empezado a dibujarse una ligera nota de desesperación, se notaba que estaba pensando e intentando decidir algo. Tras otra generosa ingestión de vino, lo abordó directamente.

Monsieur Este —dijo—, comprendo que el Seigneur no quiera aparecer ante extraños. Conozco el peligro que eso entraña.

S.T. abrió los ojos de par en par.

—¿Peligro? ¿Qué? A mí no gustar peligro.

—No hay ninguno para él.

S.T. soltó un bufido.

—Él no importar —replicó indignado—. Importar yo. Creo que yo no conocer a ese seigneur malo. Creo que yo no poder ayudar a buscar.

La joven pareció algo desconcertada. El vino estaba empezando a hacerle efecto, ya que el fuego de sus encantadores ojos se había vuelto algo más turbio.

Mon cher ami —dijo S.T. con gentileza—, volver a casa. Vos no buscar peligro. Ese seigneur absurdo.

Una llamarada de un intenso y gélido fuego volvió a surgir en los ojos de ella.

—No tengo casa.

—Por eso… —dijo él mientras se examinaba la uña del pulgar—, vos buscar. Creo que yo conocer a ese «señor». Oír «medianoche» y «seigneur» y saber clase de hombre ser. Mal hombre. Mal peligro. Él bandolero, ¿no? Huir de Inglaterra como chien, con rabo entre patas, ¿no? Nosotros no querer aquí. Solo hombres buenos. Buenos súbditos. No peligro. No problemas. Ir a casa, mon petit.

—No puedo.

Por supuesto que no. Estaba claro que no iba a deshacerse de ella tan fácilmente, aunque tampoco estaba seguro de querer hacerlo. Observó cómo tomaba de un trago el resto del vino. Al no ofrecerle más, ella misma se sirvió de la nueva botella que había llevado Marc.

Mon dieu, ¿qué querer, chico? —preguntó S.T. de repente—. ¿Ser criminal? ¿Ladrón? ¿Por qué buscar a ese bastardo?

—No es ningún bastardo —afirmó ella al tiempo que levantaba la cabeza y fruncía el ceño. Cuando volvió a hablar, resultó evidente que el vino ya comenzaba a dificultarle el habla—: Vos no sois él, así que no podéis comprenderlo.

S.T. se frotó la frente, tras lo que dio un profundo trago y se apoyó sobre un codo.

—Es un buen hombre —prosiguió ella elevando el tono de voz. Apuró la jarra y se sirvió más. Bajo el harapiento encaje del puño, su muñeca resultaba conmovedora, tan pálida y delgada—. No es ningún ladrón.

S.T. sonrió con desdén.

—La gente dar joyas a él, oui? Cubrir a él de oro.

La joven torció el gesto y le lanzó una mirada de fuego azul.

—Vos no lo entendéis —dijo olvidándose por completo de su papel masculino, pese a lo cual su verdadera voz tenía una cautivadora y suave ronquera—. Él podría ayudarme.

—¿Cómo?

—Quiero que me enseñe.

La joven levantó la jarra y bebió. Tuvo que sujetarla con ambas manos, pues ya estaba medio ebria. Cuando volvió a dejarla, se enroscó un mechón de pelo suelto alrededor de un dedo con un gesto tan delicado y femenino que S.T. sonrió. Con suavidad, preguntó:

—¿Enseñar qué, ma belle?

Ella no reparó en el adjetivo.

—A manejar la espada —afirmó con pasión. S.T. dejó su jarra sobre la mesa con un golpe—. A usar una pistola —añadió ella—. Y a montar. Es el mejor del mundo. Puede conseguir que un caballo haga cualquier cosa.

Contempló con expresión febril a S.T., que estaba negando con la cabeza y maldiciendo para sus adentros. Cuando sus ojos se encontraron, él apartó los suyos de aquella mirada tan intensa y se llevó la mano al pelo en señal de incomodidad.

Pero fue un gran error. Había olvidado que se había puesto la peluca para realizar su incursión al pueblo de La Paire, y esta se deslizaba hacia un lado entre sus dedos, por lo que tuvo que quitársela. Maldijo en francés y lanzó aquel rasposo incordio sobre la mesa. ¡A manejar la espada! ¡Valiente locura! Se apoyó sobre los codos y se pasó las manos por el pelo.

Cuando levantó la cabeza, se dio cuenta de que el error era mayor de lo que se imaginaba. Ella lo estaba mirando fijamente con ojos de borracha.

—Sois el Seigneur —consiguió decir—. Lo sabía. Lo sabía.

Allons-y! —exclamó él al tiempo que se ponía en pie y la levantaba a ella. Estaba claro que era una de esas mujeres que no aguantaban el clarete. Había rebasado ya el límite de la discreción y en breves instantes se echaría a llorar o realizaría cualquier otra típica hazaña femenina. Quienquiera que fuese y estuviese allí por la razón que fuera, sería poco caballeroso dejarla sola mientras se ponía en evidencia en un lugar público. S.T. agarró la botella de vino, se echó el tricornio a la cabeza y cogió a la joven de la cintura. Esta se acurrucó contra su cuerpo.

—Un jovencito que no sabe beber —dijo con aire de disgusto a Marc al pasar ante él. El tabernero, que llevaba un delantal mugriento, sonrió benevolente.

—No os olvidéis del retrato de mi Chantal —exclamó mientras se marchaban. S.T. levantó la botella medio vacía por todo saludo, sin tan siquiera molestarse en volverse mientras cargaba con monsieur Leigh Strachan.

La dejó durmiendo la borrachera en un granero a las afueras de La Paire y emprendió el camino de regreso a casa. Seguro que muy pronto volvería a verla, tan cierto como que existían la muerte y los impuestos del rey.

El sol se estaba poniendo, y S.T. respiraba con dificultad tras el ascenso, cuando al fin aparecieron las torres en ruinas de Col du Noir ante él, aferradas al precipicio que presidía el desfiladero y perfiladas contra el despejado y fresco cielo. Los patos salieron a recibirle y comenzaron a mordisquearle los pies hasta que les echó un pedazo de pan para que se apartaran. A continuación, se detuvo en el jardín para cavar entre los hierbajos secos en busca de ajos con los que condimentar la cena; tras limpiarse la tierra de las manos en los pantalones, cruzó las puertas con almenas de su castillo y atravesó tranquilamente el patio, en el que crecían por doquier plantas de lavanda silvestre.

Silbó y Nemo surgió de un salto de alguna oscura cavidad en la que estaba escondido. El enorme lobo se enderezó sobre sus patas traseras y le lamió la cara con entusiasmo, tras lo que volvió al suelo para festejar con felicidad su regreso, lo que le valió un buen pedazo de queso. Saltó en círculos alrededor de su amo mientras este subía con dificultad por los irregulares escalones de piedra por los que se entraba al castillo.

S.T. se detuvo en la armería y contempló un enorme cuadro, que ya apenas era visible a la luz del crepúsculo. Mientras Nemo resoplaba en sus botas, dio al retrato de un imponente caballo negro una rápida pincelada en un costado que había perdido lustre.

—Ya estoy en casa, viejo amigo —dijo en voz baja—. Ya he vuelto.

Siguió contemplando el cuadro durante un instante. Cuando Nemo gimió, se volvió bruscamente y se agachó para rascarlo con fuerza. El lobo se restregó contra su pierna mientras gozaba, se agitaba y gruñía de placer ante tantas atenciones.

La cena fue escasa y sencilla: una cazuela de guisado de conejo cazado por Nemo, que compartió con este, junto con lo que quedaba del buen vino tinto de Marc. S.T., sentado frente al fuego de la cocina y reclinado contra la mesa sobre dos de las patas de un taburete de tres, se preguntó si debería intentar plantar vides y si tenía en esos momentos las suficientes ganas de pintar como para encender las antorchas del gran salón. Decidió que no, así que volvió a cavilar sobre el misterioso proceso de la producción de vino, que según Marc era de una complejidad incomprensible. A saber qué cuidados necesitarían las viñas. Bastante tenía ya con quitar las malas hierbas de los ajos. También había algo que siempre se comía los pimientos en cuanto nacían si él no se tomaba la maldita molestia de tumbarse junto a ellos y pasar allí toda la noche.

S.T. suspiró. La luz del fuego titiló sobre los bustos de escayola y los cacharros con pigmentos, formando sombras que hacían que la estancia pareciese llena de una silenciosa multitud en lugar de estar solo ocupada por libros, lienzos y emborronados bosquejos a carboncillo. Se llevó las manos tras la cabeza y contempló las pinturas a medio acabar y los esbozos de esculturas que reflejaban el desorden de lo que había sido su vida esos últimos tres años. Se entregaba a cada nuevo proyecto con gran energía, pero lo único que había terminado desde que estaba allí era el cuadro de la armería.

En un oscuro rincón una espada envainada yacía contra la pared. Había dejado que se oxidara junto con el par de pistolas que descansaban a su lado envueltas en unos trapos polvorientos, pero siempre tenía limpias y engrasadas la silla y la brida de montar, que colgaban de unos ganchos como si estuviese a punto de utilizarlas.

Frotó la cabeza de Nemo con la bota. El lobo, estirado cuan largo era junto a sus pies, suspiró de puro placer, pero no se movió.


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